Alberto Cruz: Pensar dibujando

viernes, 5 enero 2018

A cien años de su nacimiento, la fundación que lleva su nombre celebró al destacado y revolucionario arquitecto con una exposición en el Mavi y con el lanzamiento de un libro que recoge su intenso quehacer, uno que fue mucho más allá de su disciplina y que lo inscribe como uno de los nombres más relevantes de la arquitectura chilena del siglo XX. Sin duda, uno de los lanzamientos más notables del año.

Por: Catalina Plaza S.

Escritos y dibujos referidos a la arquitectura, el urbanismo, la pintura, la filosofía y la historia, entre muchos otros temas… Alberto Cruz plasmaba todo esto y más en sus cuadernos, verdaderos laboratorios de experimentación que entregan luces sobre su basto imaginario, el que le permitió dar un giro a la enseñanza de la arquitectura y fundar una nueva aproximación a la profesión, resignificando lo que puede ser un arquitecto. El libro “Alberto Cruz. El cuerpo del arquitecto no es el de un solo hombre” reúne parte de este material inédito e invita a un viaje alucinante por su mente. Lanzado a raíz de los 100 años de su nacimiento, por la fundación que lleva su nombre y que fue creada en 2016, también se vincula a la exposición que se realizó en el MAVI entre septiembre y noviembre de este año.

Revisar la trayectoria del Premio Nacional de Arquitectura 1975 es un ejercicio que invita a la observación y a una nueva manera de pensar. Es también una conexión directa con sus dibujos, “dibujos que piensan en voz alta. Dibujos que hablan, que aprenden. Dibujos que declaran que no existen materiales privilegiados, que se utilizará lo que esté a mano, aunque habrá cierta preferencia por colores vivos y luminosos, como si todo lo trazado, delineado, rellenado y transparentado, como si cada figura partiese secretamente con la luz del sol”, escribe la socióloga María Berríos, curadora de la mencionada exhibición. Sostiene, además, que para Cruz dibujar “no era nunca solo dibujar; trazar con el lápiz formaba parte de una manera de aprender, de enseñar y de exponerse a los ‘actos’ de la vida. El dibujo de Cruz no buscaba actuar en aislamiento, sino que en conexión con otros. Él planteaba que dibujaba en sucesión, que cada dibujo tomaba algo que otro dibujo le reservó. Y al mismo tiempo, su dibujo salía al mundo, a la posibilidad del encuentro con otros”. Y el encuentro de Cruz no se daba solo con sus cuadernos, aunque hoy se cuenten más de dos mil como legado, sino que estrechamente con los artistas, poetas y arquitectos y, más importante aún, con sus alumnos. No en vano se dedicó por más de medio siglo a la pedagogía. ¿Por qué enseñar? “Simplemente por la hermosura de hablar con otros”, respondía Cruz en un discurso improvisado en la Primera Conferencia Latinoamericana de Escuelas y Facultades de Arquitectura en 1959.

Alberto Cruz fue un revolucionario. Su nombre está estrechamente ligado a la creación de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica en Valparaíso y a la Ciudad Abierta en Ritoque, y también como gestor de las llamadas travesías, viajes geopolíticos que emprendieran poetas, arquitectos y filósofos por el continente americano.

Su pasión por la disciplina comenzó como estudiante en la Universidad Católica de Santiago entre 1934 y 1939. Tras recibirse trabajó, entre 1940 y 1942, asociado con los arquitectos Jorge Elton y J. López, realizando encargos de viviendas en distintos lugares del país. Volvió luego a la que fuera su universidad como ayudante del Taller de Composición Decorativa y en conjunto con el arquitecto Alberto Piwonka, dio un giro al curso, tanto en su sentido como en su metodología. El resultado fue el Curso del Espacio, que muy revolucionario para la época influiría en la posterior modificación de la enseñanza clásica propia de la facultad. “La plástica que estudie este ramo deberá ser abstracta, es decir, no narrativa, no anecdótica. El profesor cuidará que los alumnos en sus ejercicios eviten recurrir a relaciones con objetos concretos que expresen ideas ajenas a la intuición del espacio en cuanto espacio, fin último de esta plástica”, explicaban los profesores en los fundamentos del curso de Composición Pura.

En 1952, Cruz se trasladó a Valparaíso junto al poeta Godofredo Iommi, el escultor Claudio Girola, los arquitectos Miguel Eyquem, Fabio Cruz, Francisco Méndez, Jaime Bellalta, José Vial y Arturo Baeza para formar el Instituto de Arquitectura de la Universidad Católica. Este buscaba que la enseñanza de dicha profesión se conjugara con el arte y la poesía, creando una nueva visión de la arquitectura, generando un campo de acción más basto, un terreno más fértil para la experimentación y, más importante, para unir vida, trabajo y estudio. El mejor ejemplo de esto se concretó con la Ciudad Abierta de Ritoque. Fundada en 1971, se convirtió en un espacio dedicado a la acción poética y la experimentación lúdico-constructiva en 270 hectáreas de dunas y quebradas, al borde de la costa a pocos kilómetros de Viña del Mar. En la actualidad, la Ciudad Abierta sigue siendo epicentro de la enseñanza y los alumnos de la escuela coparticipan activamente en la permanente construcción de ella mediante los talleres de obra. Los alumnos de diseño industrial cuentan con un Taller de Prototipos para formular materialmente sus proyectos. Cada miércoles también asisten a estos terrenos los alumnos a la asignatura de Cultura del Cuerpo.

Antes, en 1965, otro hito relevante: La primera travesía, un viaje conjunto de poetas, arquitectos, artistas y filósofos, europeos y americanos. La expedición partió en Tierra del Fuego y se dirigió por la Pampa hacia Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, ciudad declarada por el grupo como “capital poética” de América. La travesía es una cruzada por el continente para penetrar sus zonas poco habitadas y misteriosas. En el trayecto hicieron actos poéticos, conferencias e intervenciones artísticas. La experiencia se tradujo en el poema Amereida de Godofredo Iommi, creado a partir de la bitácora de viaje de Alberto Cruz. El título es el resultado de la contracción de las palabras América y Eneida, el célebre poema épico del siglo I a. C. compuesto por Virgilio. El poema, en tanto, invita a redescubrir América del Sur con la Cruz del Sur como guía y a develar una posible realidad para el continente sudamericano.

A cien años de su nacimiento, no hay dudas de que el legado de Alberto Cruz trasciende a sus escritos y dibujos y la mejor prueba es el interés que despierta su ideario. El libro “Alberto Cruz. El cuerpo del arquitecto no es el de un solo hombre” permite tener un encuentro íntimo con el arquitecto y encontrar un testimonio vivo de las travesías, de la conexión con el territorio, de la arquitectura vinculada a la poesía y al arte, y de la enseñanza como una experiencia conjunta.

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