57º Bienal de arte de Venecia

Jueves, 29 Junio 2017

El titulo de una nueva versión de esta fiesta del arte alude a la pasión del artista y a una ciudad que se siente viva, albergando arte contemporáneo de primer nivel. Este se deja ver en cada esquina, entre laberintos sorpresivos, bajo los árboles, sobre el agua y en misteriosos palacios abiertos para la ocasión.  

La Bienal de Arte de Venecia se desarrolla principalmente en el tranquilo y desconocido barrio o sestiere de Castello que, alejado del circuito turístico, despierta durante esta fiesta del arte y se siente vibrante y bullicioso. Cafés y pequeños bares se convierten en espacios de diálogo y reflexión, y en el escenario perfecto para observar geniales personajes dignos de The Sartorialist. Una pasarela de tendencias y propuestas, un verdadero carnaval del arte. El Giardino, sede de la exhibición desde 1895, congrega 29 pabellones de diferentes países construidos a partir de 1907, algunos diseñados por connotados arquitectos, como el de Holanda, proyectado por Gerrit Rietveld, o el de Finlandia, realizado por Alvar Aalto. Se emplazan entre medio de árboles, por lo que descansar un momento en el parque o almorzar bajo la sombra, lo convierten en una excelente excusa para reflexionar o simplemente hacer una pausa.

A muy corta distancia se encuentra el Arsenale, antiguo arsenal de guerra de La Sereníssima. Este gran espacio se suma como área expositiva a la bienal solo a partir de 1980, y es donde hoy podemos apreciar la muestra Viva Arte Viva, curada por la francesa Christine Macel, además de otros pabellones, como el de México, China, Sudáfrica, el recién estrenado italiano y el chileno, entre otros.

Al entrar al Arsenale, se empieza a sentir un acento casi antropológico que nos habla de culturas no occidentales. También nos saluda la instalación audiovisual del artista chileno Juan Downey. Se trata de “El círculo de fuego”, obra de 1979 que refleja su estancia junto a una tribu indígena del Amazonas en los años 70. El medio cinematográfico o videoarte es una tendencia que se deja ver constantemente durante la bienal, como una forma de llevar, o más bien de generar un choque entre diversas realidades y el espectador. Avanzando es posible encontrarse con el trabajo participativo del alemán Franz Erhard Walther (1939), quien recibió el León de Oro como el mejor artista de la muestra curada por Macel y quien en los días inaugurales nos deleitó con una performance de tiempo y espacio, la que refleja una profunda relación entre la acción y el uso de los materiales, el rol de espectador y los objetos.

De este modo, nos vemos sumergidos entre periodistas, curadores, artistas y público de todo el mundo, observando y experimentando trabajos colaborativos como el del filipino David Medalla y “A Stitch in time”, obra de 1968 que invita al espectador a ser parte cosiendo una idea. Se perciben obras de gran formato, donde apoderarse del espacio es prioridad y los artistas no se ven inhibidos por las posibilidades de expandir sus ideas fuera de una tela. Pareciera que la pintura colgada al muro ya no es suficiente y la diversidad de materiales se transforma en la manera de comunicar o expresar un pensamiento, una preocupación. En un mundo lleno de conflictos, el arte se presenta como una preciosa parte del ser humano, de esa que realmente nos hace seres humanos. Esta bienal, ha dicho Macel, está inspirada en el humanismo. “Viva Arte Viva es una exclamación, un grito apasionado por el arte y el estado del artista. Es una bienal diseñada con artistas, por artistas y para artistas”.

Los Pabellones

Más allá de un solo tema, la curadora ofrece un recorrido por 9 capítulos o familias de artistas, con la idea de generar interacciones y diálogos entre ellos. Por ejemplo, se encuentra el pabellón de la tierra, donde se aprecian trabajos que comulgan en una reacción casi científica o tecnológica acerca del estado de la naturaleza y de cómo utilizamos los recursos que nuestra propia casa nos proporciona.

Es posible observar también el quehacer desde las tradiciones ancestrales, así como trabajos realizados a partir de técnicas artesanales, muchas de ellas rechazadas durante muchos años y que hoy reaparecen con una especie de nostalgia, generando un diálogo entre presente y pasado. Es aquí donde se puede apreciar la obra de la portuguesa Leonor Antunes (1979), que invade el entorno arquitectónico poniendo en cuestión los elementos modulares de escala, tamaño y volumen, y examinando, a la vez, las nociones de repetición y duplicación del espacio circundante.

Continuando, llegamos al pabellón “Los Shamanes”, donde el público se sumerge en una conexión espiritual poética. Aquí se intenta mostrar al artista como misionero, desde una necesidad de cuidado y espiritualidad mayor que nunca. Abre el espacio una obra monumental del artista brasilero Ernesto Neto, “Un lugar sagrado” (2007), especie de carpa donde tiene lugar un ritual ancestral a la tierra. El artista además propone una performance con indígenas Huni Kuin que lo han acompañado a la bienal para alertar de la difícil situación actual de esta tribu brasilera.

A su vez, el chileno Enrique Ramírez muestra el video “Un hombre que camina”, en donde se puede ver un prístino, casi mágico paisaje de el Salar de Uyunis, en el cual, un hombre enmascarado camina sobre el agua y arrastra, cantando en una suerte de ritual, antiguas ropas en un gesto poético, donde desde el paisaje se pierde la noción de realidad entre el cielo y la tierra.

Hay otro pabellón dedicado a los colores, otro al tiempo y al infinito, y así se van superponiendo armónicamente en comunión con el estado del mundo, el ser humano, el espacio y el artista ejecutor. Las obras se apoderan del espacio como lo vemos con el trabajo de la joven artista polaca Alicja Kwade, quien mezcla componentes de tiempo, espacio y percepción a través de materiales contradictorios que hablan de la casualidad y la realidad, el minimalismo y el surrealismo.

Si seguimos avanzando por el Arsenale, comienzan a sucederse algunos pabellones de diferentes países, de los cuales el chileno resalta por su impecable y sintética propuesta. Se presenta la obra “Werken” del artista Bernardo Oyarzún bajo la curaduría del paraguayo Ticio Escobar. La muestra se compone de mil máscaras ceremoniales mapuche, situadas al centro de la sala, que forman un círculo de alrededor de 10 metros de diámetro. En los muros se puede ver una línea de  luces LED roja, en donde se suceden 6.907 apellidos mapuche. No hay más iluminación que esta. Las máscaras fueron construidas por artesanos mapuche de diferentes comunidades en el sur de Chile.

Otro pabellón que llama la atención es el de Nueva Zelanda, donde la artista Lisa Reihana presenta una pantalla de gran tamaño, con una sucesión de imágenes que habla de descubrimientos científicos a partir de la colonización y el período de la iluminación europea. Siguiendo con la fuerte presencia de video, Sudáfrica presenta trabajos de Candice Breitz y Mohau Modisakeng, los que en un diálogo reflejan experiencias como exclusión, migración y xenofobia en contextos socio-políticos.

El pabellón de Italia “El mundo mágico” toma prestado el título del libro editado en 1948 por Ernesto de Martino, quien se refiere a la descripción de rituales, utilizando dispositivos para resetear la presencia humana en un mundo de incertidumbre. Túnez, por su parte, instala 3 casetas en diferentes sitios de la ciudad, a modo de puntos fronterizos en los que entregan una suerte de pasaporte; buscando generar una conciencia a partir de la libertad de desplazamiento actual.

En el Giardino, pabellones como el de Egipto, Brasil, Grecia e Israel, despiertan gran interés, logrando cautivar al público por medio de los sentidos como el olfato en el caso de Israel con un proyecto site-specific vivo, donde el artista Gal Weinstein explora críticamente desde el paso del tiempo, imágenes mitológicas y románticas del sionismo incrustado en la memoria colectiva de Israel o en el caso brasilero, donde la artista Cinthia Marcelle crea un entorno enigmático dirigido por la suspensión, la obsesión y la rebelión, provocando una sensación de inestabilidad. Egipto, en tanto, nos hace entrar en un espacio oscuro con suelo de tierra y mediante una gran pantalla al estilo hollywoodense presenta “The Mountain”, del artista egipcio Moataz Mohamed Nasr Eldin, la historia de un pequeño pueblo donde nuevamente se ve el tema del relato. Grecia apela a la confusión, refiriéndose a grandes dilemas científicos presentes en la humanidad. Alemania, ganador del León de Oro, presenta una performance de Anne Ihmof titulada “Faust”, que confronta la brutalidad de nuestro tiempo, revelando el espacio entre el cuerpo y la dura realidad donde nace nuestra personalidad.

Durante los seis meses que dura la bienal, se pueden visitar además diferentes muestras distribuidas en toda la ciudad, en antiguas iglesias, palacios o museos. De alguna forma, el arte se apodera de la isla y es así como se percibe la magnitud de una bienal con más de 100 años de historia. Con ella, Macel logra poner énfasis en el pensamiento mágico o el mito personal del artista, volviéndolo un síndrome reaccionario con respecto al estado del mundo contemporáneo.

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