CRISTIÁN FERNÁNDEZ “LA POLÍTICA Y EL DINERO SON LOS DUEÑOS DE LA CIUDAD”

martes, 18 noviembre 2014

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Autor de variadas obras públicas de gran envergadura como el GAM, el arquitecto hace un duro diagnóstico respecto de la ciudad de Santiago. Aún así, es positivo y cree firmemente que la arquitectura puede y debe hacer feliz a la gente.

Por: Catalina Plaza S . / Retrato: Bárbara san Martín S. /Fotos: Gentileza Cristián Fernanández.

2 3Hablar de arquitectura con Cristián Fernández es pasear por la ciudad, su lenguaje, sus hitos, sus aciertos y también por sus equívocos. El tema lo apasiona y lo hace reflexionar en torno al rol de la arquitectura y cómo ésta es capaz de generar distintas realidades. Y es a éstas justamente, a las que se ha tenido que enfrentar especialmente en el último tiempo, tras proyectar, por ejemplo, encargos tan disímiles como el GAM, el edificio corporativo de Deloitte, el estadio Chinquihue de Puerto Montt, casas particulares o bien, las estaciones del teleférico que unirá Providencia y Huechuraba. Esta diversidad de encargos lo obliga a estar preocupado tanto del diseño como de la gestión y, por lo mismo, vivir a un ritmo bastante acelerado. Lejos parecen haber quedado aquellos años en los que pescó camas y petacas y partió a vivir a Zapallar junto a su señora y sus cinco hijos. Como sea, se lo ve contento, entusiasmado y feliz con sus últimos proyectos. Varios con los que reconoce haberse encariñado particularmente.

–¿Cómo se organiza una oficina ante tal diversidad de encargos?
–Siento que los principios de cómo se abordan los encargos son súper transversales y la forma de aproximarse al problema es más o menos la misma. Ahí está la clave. La arquitectura es una disciplina que tiene como vocación la idea de conciliar variables que muchas veces pueden ser contradictorias entre ellas mismas. A veces, en un proyecto de ingeniería hay muchas variables que son muy complejas, pero que están alineadas en un objetivo nítido. Los objetivos de los encargos de arquitectura, en cambio, son muy abiertos, porque hay algunos muy medibles e “ingenieriles” y otros que son poco medibles, como los aspectos simbólicos o subjetivos de una obra. La arquitectura está siempre conciliando factores y, en ese sentido, es parecida a la cocina, porque un buen chef debe buscar el equilibrio de los sabores.
–¿Cuáles son las diferencias entre los proyectos públicos y privados?
–Los proyectos públicos tienen un origen y un objetivo que es distinto a los de los encargos privados. En éstos uno está más cerca del cliente, por lo que hay más interacción. En los proyectos públicos, en cambio, muchas veces el encargo es mucho más teórico y abstracto. Nosotros le damos la forma y tenemos que aprender a interpretar, porque no tenemos al cliente de carne y hueso al frente. Muchas veces para los encargos públicos se hacen focus group o estudios, pero finalmente lo que uno recibe son informes. Uno no conoce directamente al cliente, que puede ser el vecino, el peatón o el ciudadano. Es ahí cuando uno se mete en un ámbito muy distinto. Para mí como arquitecto es muy gratificante cuando uno puede contribuir de una manera más democrática, porque esas obras están abiertas al uso de todos. Es el caso, por ejemplo, del GAM, que recibe más de un millón de vistas al año.
–¿Te sientes más cómodo en el eje de lo público?
–Son cosas distintas y no me atrevería a tomar partido, lo que sí es cierto es que los proyectos privados quedan en un ámbito más restringido y los proyectos públicos quedan en uno más democrático que me genera mucha satisfacción. Mal que mal, en la arquitectura hay un componente ético muy importante. Creo firmemente que la arquitectura y la ciudad, en la medida en que se vayan desarrollando de una buena manera, mejoran la vida de la gente y pueden lograr que las personas sean más felices. En la oficina tenemos un área de proyectos de conjuntos habitacionales, los que normalmente no figuran en las revistas de arquitectura porque no tienen un atractivo desde el punto de vista arquitectónico, dadas las limitaciones de presupuesto o paradigmas que se han instalado. En estos casos, el aporte del arquitecto va mucho más allá. Por ejemplo, si uno logra consolidar a una buena escala pequeños condominios virtuales donde la vida de barrio se vuelve a expresar y la calle no se transforma en un elemento de riesgo, estás influyendo mucho en las personas. La arquitectura es un lenguaje y así como uno oye noticias y éstas te están influyendo todo el tiempo, la arquitectura nos está hablando siempre. No porque sea silenciosa y su presencia sea tácita, es menos relevante para la vida cotidiana.
–Pero en la actualidad abundan las obras que carecen de discurso…
–Una obra de arquitectura es una letra o es una palabra, es imposible hacer arquitectura que no tenga un discurso. Hay veces que es más consciente o inconsciente para el arquitecto. Ese discurso dice algo. La cuidad permanentemente nos está hablando. La palabra crea realidad y viceversa. Hay una retroalimentación. En ese ciclo, la dinámica de la ciudad y la arquitectura es muy relevante. Estos son los temas de los que no hay ninguna conciencia, salvo en los ámbitos académicos. El tema de la desintegración social y de la desigualdad que tenemos los chilenos están totalmente encarnados en nuestras ciudades.
–¿Qué nos está diciendo la ciudad de Santiago?
–La ciudad de Santiago es muy heterogénea. Octavio Paz decía que “la ciudad es un testigo insobornable de la historia”. Finalmente, la ciudad no tiene la capacidad de mentir, dice lo que pasa. Cada uno lo lee. Uno podría decir que Santiago es una ciudad que muestra la desigualdad, que es la ciudad de los poderes fácticos. La política y el dinero son los dueños de la ciudad y los que no están en ese mundo son piezas que pueden entrar o salir. ¿Cuáles son los monumentos de Santiago? El Costanera Center, La Moneda, la Alameda… hasta los nombres de los monumentos o de las avenidas reflejan siempre el poder.

4 5–¿Cómo evalúas el panorama de la arquitectura contemporánea chilena?
–En primer lugar creo que en Chile tenemos una excelente tradición de arquitectura, tenemos un nivel de rigurosidad y seriedad que hacen que la arquitectura chilena sea muy buena. Me ha tocado trabajar en Argentina y en Brasil, y la verdad es que el formateo que tenemos los arquitectos chilenos es bien distinto. Nosotros somos muchos más rigurosos y exigentes, somos más ingenieros que los arquitectos argentinos, que son mucho más despaturrados y probablemente muchas veces mucho más creativos, pero como la arquitectura tiene que ver con el verbo de encarnar, la creatividad sola no basta, tienes que lograr transformar eso en un edificio. Creo que hay varios casos de arquitectos chilenos que están en el estrellato internacional, Aravena, Radic, son arquitectos que están absolutamente internacionalizados. Pero fuera de eso, porque son excepciones, el nivel de arquitectura que tenemos en Chile es muy bueno.
–¿Crees que hay algún grado de identidad en la arquitectura chilena?
–Por supuesto. El tema de la identidad puede ser muy complejo, pero sin duda yo creo que si uno hace una cazuela en la que mezclas los modos constructivos chilenos, con la forma en que se construye, con los materiales y la mentalidad más rigurosa que nos caracteriza, sin duda que eso genera una identidad en nuestra arquitectura. Independiente que tengamos climas extremos, costa y cordillera, nosotros tenemos una manera de aproximarnos al tema de la arquitectura que nos es propio.
–¿Qué crees que le hace falta a nuestra arquitectura?
–Nos faltan tantas cosas, pero yendo a la arquitectura pública me encantaría que hubiera una especie de Banco Central, un ente autónomo que definiera las políticas de infraestructura del país. Con gobiernos de cuatro años, con las mejores voluntades que se puedan tener, no se alcanzan a terminar las obras importantes. Para el mundo político no hay mayor incentivo en las obras de infraestructura porque las genera uno y las inaugura el otro. Esa es una dinámica súper perversa que está dañando mucho la gestión de infraestructura en nuestro país. Deberíamos lograr, y eso tiene que ver con la modernización del Estado, que hubiera un ente que fuera capaz de hacer un diagnóstico sobre nuestros déficits para así desarrollar políticas de mediano y largo plazo que no queden al arbitrio de una administración o de otra. Si pudiera pedir un deseo, pediría que ojalá las políticas públicas no se hagan dependiendo de un gobierno.

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