El Desafío del cambio

viernes, 28 octubre 2016

El crítico de arte y coleccionista estadounidense Edward Shaw y la artista Bernardita Zegers nos abrieron las puertas de su departamento en el parque forestal. De la mano de su propio relato, muy íntimo y profundo, los convidamos a convertirse en un especial invitado a estos espacios llenos de tesoros y recuerdos.

Por: Ed Shaw / Fotos: Bárbara San Martín / Producción: Juan Pablo Nazar

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Mi historial con casas se divide en segmentos de veinte años. El primero y el último fueron impuestos por las circunstancias, las otras por mí, y dos de ellos, en complicidad con mi mujer, Bernardita. Viví mi vida frente al agua, grandes ríos y mares. Soñamos con una casa sobre el Pacífico, encontramos el sitio entre las rocas negras de Tunquén.

Soñamos más y creamos un hogar de madera y vidrio. Un espacio orgánico que iba creciendo y llenándose de arte y amigos. Casi 20 años rodeados por lo más cercano al paraíso.
Comenzando el quinto segmento de mi vida, me vino un bajón de salud que provocó ajustes en nuestras vidas. No más viajes largos. No cruzar más fronteras Mahindra. No más mar.

El médico decretó vida urbana: las posibilidades se redujeron a Santiago. ¿Pero dónde? ¿En qué comuna? Teníamos un departamento a una cuadra del Museo de Bellas Artes, pero no cabían todas las eclécticas cosas que habíamos coleccionado. Todavía estábamos absorbiendo las noticias médicas. Sabíamos una cosa, que el único sector de la ciudad que concentraba una buena parte de nuestras pasiones era el centro de Santiago.

No teníamos todavía la claridad de enfrentar la búsqueda. ¿Deberíamos seguir proyectando los anhelos o deberíamos empezar a reducirnos, como lo hacen los viejos sensatos?
Antes de ni poder buscarla, la perfecta solución nos esperaba a la vuelta de la esquina. Encontré un departamento de los sueños por puro curioso. Yendo a recoger exámenes de la clínica, me fijé en un modesto cartel “Se vende”.

El edificio me recordaba a París, hasta las réplicas parisinas en Buenos Aires. Este en cambio no era del siglo XIX, ni del 1910, sino de los 40´. Trate de ver lo que se vendía. Cuando llevé a Bernardita para verlo, la encargada dijo que tenía 300 metros cuadrados, recién restaurados, pero no estaban los dueños. Tampoco contestaron el teléfono.

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Finalmente logré contactarlos. Fue un domingo y partimos inmediatamente de Tunquén. Cuando abrieron la puerta, mi corazón se tranquilizó: habíamos encontrado nuestro nido urbano. Bernardita compartía mi precipitado impulso. Lo reservamos en el acto. Imposiuboe encontrar otro que cumplía con todos nuestros requisitos. A tres cuadras de la casa de los nietos y de su madre, que trabajaba al lado; cerca de amigos, quiosco de flores, puestos de fruta, pescadería, tienda de quesos, supermercado y el máximo circuito de cultura, galerias, librerías.

Empezó a producirse el milagro. Lo que parecía un emprendimiento demencial, de repente se convertía en una posibilidad realizable, y luego en un hecho. Las propiedades que teníamos que vender, se vendieron. Calzamos los pagos con las ventas y en abril nos mudamos con lo de Tuquén y del nuestro ´pied a terré´a un inmenso, luminoso espacio con puertas-ventanas francesas, techos altos y pisos de parquet de antaño. El escenario ideal para desplegar nuestros tesoros de África, Asia, Oceanía y las Américas. Lo único francés, un retrato de Napoleón pintado sobre porcelana del siglo XIX, herencia de mi abuela materna.

Las fotografías de esta nota son de la etapa de la ocupación de numerosas habitaciones. Los cálculos preliminares fueron acertados y cada mueble entraba, apenas, por la puerta, hasta el piano. Todo merecía desdoblarse para dar las vueltas necesarias dentro de los pasillos. Cada cuarto tenía su vista de verdor. Lucían los árboles del Cerro Santa Lucía agitándose sus hojas al ritmo de la brisa. Ventanas termopanel disminuyeron el tumulto del tráfico.

Además de todas las pertenencias ya mencionadas, había seis mil libros para ubicar. Diseñamos y construimos 23 grandes estanterías. En lo práctico, Berdardita quería un living con jardín de hierbas colgante en una ventana de la cocina. No lo tradicional mesa y sillas, sino un sofá y dos sillones enfrentando su mesa de operaciones donde prepara sus asombrosos platos. Se servirían las sorpresas culinarias en el comedor adyacente con una mesa art deco y 16 sillas de campo.

Después de seis meses de orientar, probar, instalar y revisar, tenemos todo el espacio ‘decorado’ en un estilo ecléctico insólito, una Naciones Unidas donde nadie pelea con nadie, y cada pieza tiene su voz y voto. Habitamos un mundo donde las memorias son plenas, recordando viajes en busca de tesoros y amigos con quienes compartir esta quinta etapa de la vida. Hemos creado dentro de los muros de este hogar, la base de nuestras vidas futuras.

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