Diálogo entre pasado y presente

viernes, 30 junio 2017

El nuevo edificio se apronta a abrir sus puertas después de una larga espera, cincuenta años estuvo abandonado. En ese periodo se dijeron cientos de historias, especialmente en los muros de las denominadas catacumbas hoy convertidas en un aula magna con 800 butacas. 

Por: Catalina Plaza S./Fotos: Matías Bonizzoni S.

Proyectado por HVH arquitectura y LATERAL arquitectura (Hernán Vergara H. + Sebastián Baraona R. + Christian Yutronic V.), el nuevo Centro de Extensión Instituto Nacional acaba de ser terminado y se espera su pronta inauguración. Tuvieron que pasar 50 años para que el proyecto se concretara, porque su historia se remonta a 1963, año en que el emblemático liceo celebró 150 años desde su creación. Para celebrarlos, las autoridades de la época soñaron en grande y planificaron la construcción de un nuevo edificio y de un gran teatro multifuncional, ampliando así la casa colonial con patios interiores en la que funcionaba el colegio. Tras convocar a un concurso dirigido por el arquitecto Juan Martínez, que recibió 103 propuestas, el proyecto del arquitecto José Llambías, destacado profesional, autor del gimnasio techado “La Tortuga de Talcahuano”, se llevó el primer lugar. En 1956, el Congreso Nacional había aprobado un proyecto de ley presentado por el senador y ex alumno Ángel Faivovich, que otorgaba los medios económicos para concretar la idea y aunque el inmueble se terminó de construir en 1975, del anfiteatro solo quedó proyectado el espacio y las obras de hormigón. Tuvo que pasar medio siglo para que el sueño se hiciera realidad. En 2015, tras un concurso público convocado por la Municipalidad de Santiago, la constructora Tasco Boetsch Ltda. y HVH arquitectura y Lateral arquitectura (Hernán Vergara H. + Sebastián Baraona R. + Christian Yutronic V.) se adjudicaron el proyecto que hoy se encuentra finalmente terminado. Cuesta creer la transformación que sufrieron los 5.780 m2 del subterráneo, que abandonados por 50 años, se convirtieron en las llamadas “catacumbas”, las que ueron usadas como bodegas y el mejor escondite para generaciones y generaciones de alumnos del instituto. Nada queda de esos muros llenos de graffitis y esos suelos donde se arrumaban muebles en desuso. Hoy abren sus puertas un aula magna para 800 personas, un teatro de cámara para 220 asistentes, dos salas de proyecciones (con capacidad para 140 personas) y dos salas de exposiciones, todo enmarcado en un hall de entrada principal construido en dos niveles, lo cual permite un acceso externo independiente al colegio por calle Arturo Prat.

La premisa de los arquitectos fue respetar la obra proyectada por José Llambías. “El colegio en sí es una obra moderna de primer nivel. En la etapa de levantamiento, empezamos a proyectar, siempre conservando la estructura original, sin pasar por encima de los 50 años de historia. La obra nueva complementa la existente, no la termina y así permite un diálogo, que a nuestro juicio es la expresión noble de esta intervención. El tiempo determinó la robustez de la obra gruesa y espacial en un potencial como material y calidad expresiva, siendo esta la base para permitir que los nuevos programas sean considerados como unidades espaciales que se desenvuelven en cada lugar, respetando las superficies, texturas y expresión brutalista del año 62. Cada recinto y programa cumple una función de envoltorio, lo que se usa, se termina, lo que no, mantiene su expresión de ‘ruina’”, explican Hernán Vergara y Sebastián Baraona. De esta forma, muchas decisiones se vinculan justamente con el proyecto original y develan una obra carente de ornamentos, sí de detalles arquitectónicos precisos y el diseño de elementos coherentes con el espacio. De esta forma, se usó pintura y yeso en bruto para limpiar y descubrir la magnitud espacial, manteniendo el entablillado original y, entre otras cosas, se creó un moldaje especial para ciertos muros y detalles. El uso de pavimentos y envolventes, en tanto, está destinado exclusivamente a cada unidad de programa, cada intervención se organiza en materiales y colores para permitir un criterio, no mezclar, sino sobreponer y asociar. “No fue fácil, porque el mandante no buscaba lo mismo, tuvimos varias reuniones hasta que accedieron y entendieron lo que queríamos hacer. Como era una licitación pública, estaban las bases de lo que debíamos hacer, pero siempre quisimos ir más allá. Fue un proyecto muy desafiante porque tuvimos que hacer un levantamiento de la estructura original y ver qué hacer con los recursos disponibles, que no eran tantos”, comentan los arquitectos.

Cuando el proyecto para el nuevo Centro de Extensión Instituto Nacional se encontraba en plena obra, surgió la idea de incorporar un mural en el acceso. El artista Miguel Cosgrove, quien formó parte del Movimiento Forma y Espacio, donó el mural de 46 metros cuadrados que se basa en una pintura que hizo anteriormente. Este se vincula directamente con los difusores acústicos diseñados para el aula magna, lo que genera una continuidad en la estética que se transforma en un gran aporte para la construcción. “El arte se fue incorporando en el proceso y no estaba plenamente considerado en el proyecto original. En este caso invitamos a Miguel porque este es un edificio modernista, contemporáneo a la época de oro de este grupo de pintores entre los que se encuentra Miguel”, comenta Sebastián Baraona, quien fue el ayudante principal del artista, por lo que se involucró en un cien por ciento en el mural con las instrucciones dadas por Cosgrove. El arte, el diseño de las puertas, el uso de entablillados especialmente creados para el lugar, suman y se transforman en elementos que hacen que el edificio se transforme en un nuevo hito para la arquitectura pública.

 

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