En cochamó intimo

jueves, 26 enero 2017

Enclavada en un paisaje mágico, con el río Puelo y un bosque de arrayanes como protagonistas, se encuentra esta casa proyectada por la arquitecta Andrea von Chrismar. Aquí no hay miles de metros cuadrados, sino que se priorizó un lugar pequeño y acogedor, que invitara al disfrute y a la desconexión total. 

Por: María José Mora D. / Fotos: Roque Rodríguez

Las casas comienzan de diferentes formas. Algunas parten por privilegiar la orientación, otras son pensadas en base a la cantidad de personas que la ocuparán y otras por azar. De cualquier manera, esta casa nació por una mezcla de muchas variables, pero fue un mueble el que dio uno de los puntos de partida de la construcción. “El dueño quería un mueble grande donde dejar libros, leña, vino, música, de todo… Para mí se transformó en un elemento de diseño importante que debía ser parte estructural de la arquitectura de la casa”, cuenta la arquitecta de este proyecto, Andrea von Chrismar ([email protected]). Es así como el muro principal del estar, cocina y comedor de esta casa, ubicada en Cochamó, en la Región de Los Lagos, se diseñó siguiendo las líneas del mueble, de piso a cielo, con las diagonales propias de la estructura de madera, de tal forma que se percibiera como un elemento muy fuerte. Así, este se adapta en el sector de la cocina y en el estar para resolver de manera práctica los diferentes usos de cada área, logrando dar unidad y personalidad a todo el espacio.

Esta es una casa que siempre se pensó para ser disfrutada durante las vacaciones y fines de semana. El mandante sabía muy bien lo que quería y uno de los requerimientos fue evitar la construcción de una casa de vidrio o llena de ventanales tipo “pecera”. En ese sentido, fue explícito en el interés por el control de la luz, pero, al mismo tiempo, quería tener el paisaje en el interior. “Su idea era construir una casa de pocos metros cuadrados, pero que se sintiera con peso, cálida y contemporánea. Quería ir en pareja o con un par de amigos y la familia, que llegarían de vez en cuando y de a pocos…. Se quería lograr un refugio para disfrutar del paisaje sureño y la lluvia durante todo el año”, sostiene la arquitecta.

La propiedad tiene 120 metros cuadrados construidos, los que se distribuyen en un piso. Con la tradicional y necesaria chiflonera, espacio fundamental en el sur, este es un lugar que corta el viento, donde se dejan las botas, sombreros, parcas, zapatos con barro, todo aquello que tiene que ver con el agua y el mundo exterior. De la chiflonera se pasa a un hall de distribución amplio, desde el que se accede a las dos piezas de la casa y al estar central donde se encuentran living, comedor y cocina integrados. Del estar se sale a dos terrazas, una que enfrenta el bosque y la otra que se asoma al río y el valle. Esas espectaculares vistas son las que enmarcan todos los interiores y que hacen de este lugar un espacio alucinante, ya que si bien se percibe una grata intimidad gracias al manejo inteligente de la luz, los visitantes se sienten como si estuvieran en el bosque. Para lograr esto, la casa posee dos grandes ventanales en sus fachadas oriente y poniente para integrar la perspectiva del valle y el bosque de arrayanes al estar principal. Además, tiene una ventana que enmarca el río Puelo a modo de un cuadro. Si bien estos ventanales nos insertan en la naturaleza, también representan un gran desafío, ya que se debe ser muy cuidadoso en el tema del control de la temperatura, el que se trabajó a través de los materiales como la madera, una buena aislación y una gran chimenea de hormigón que funciona como caldera y reparte el calor a todos los recintos de la casa mediante radiadores. Y como la construcción es muy alta, Andrea consideró poner un ventilador en el techo del estar, de tal forma que moviera el aire caliente que sube y lo repartiera por toda la casa.

Otro punto que llama la atención y que también está dado por los ventanales es la luz, la que, a pesar de entrar en buenas cantidades, está muy controlada. “Para mí, controlar este ítem fue lejos lo más desafiante. En general, la gente quiere grandes ventanales y mucha luz, nadie te pide control en este sentido, pero mi cliente quería una luz controlada, y yo entendí muy bien lo que necesitaba. Sentía que había una búsqueda por un espacio más íntimo, muy masculino y mi misión era lograrlo. Lo más complejo de esto era que el lugar tiene distintos momentos impresionantes que dan ganas de tenerlos todos adentro de la casa. Compatibilizar la calidez a través de la luz y no perder ninguna de las vistas. Para esto trabajé con el material – madera reciclada – el mueble y la relación de muros y ventanas. Quiero decir que si bien hay ventanales muy grandes, igualmente hay más cantidad de muro, esto, porque la casa es muy alta, entonces uno entra a un espacio con mucha madera y muy amplio. Por medio de esta combinación, propia de los galpones sureños, se logró la calidez y ese control de luz que pidió el mandante”, asegura Von Chrismar.

Finalmente, como la propiedad es pequeña, se le sumó una acogedora casa de huéspedes, la que está unida a la casa por senderos de madera. Así, si llegan más invitados de lo habitual, estos se pueden quedar cómodamente en este espacio, que está cerca, pero aislado de la casa principal. “La casa de huéspedes fue la primera construcción que se hizo en el terreno, la que se usó como casa principal mientras se construía la vivienda definitiva. Como era un lugar no urbanizado, diseñé un galpón que tenía dos sectores, un área de bodega y otra área tipo loft que, aunque en una escala pequeña, tenía de todo de tal forma de poder habitarlo durante el proceso de construcción y para que después fuera un lugar que pudiese ser usado para recibir a más invitados. Hoy es un espacio tremendamente solicitado, tanto que ya están habilitando la bodega como otra pieza”, cuenta Andrea.

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