En Lima, Memoria viva

viernes, 24 febrero 2017

Premiado recientemente con el premio “Oscar Niemeyer” para la Arquitectura Latinoamericana 2016, el LUM es uno de los proyectos emblemáticos de los arquitectos peruanos Sandra Barclay y Jean Pierre Crousse.
Por: Catalina Plaza S. / Fotos: Cristóbal Palma

El Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM) es un espacio de conmemoración que recorre la historia de violencia que azotó a Perú, entre los años 1980 y 2000, tras la escalada armada de la organización terrorista Sendero Luminoso y la insurrección del también grupo terrorista Movimiento Revolucionario Túpac Amaru.
Proyectado por la oficina Barclay & Crousse, el edificio fue galardonado recientemente con el premio “Oscar Niemeyer” para la Arquitectura Latinoamericana 2016, reconocimiento que busca celebrar la propuesta arquitectónica y, además, su aporte a la sociedad y a la cultura.
La historia tras la construcción del LUM es atípica.Todo comenzó en marzo de 2008, cuando la ministra de Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania, Heidemarie Wieczorek-Zeul, visitó Perú en el marco de la V Cumbre de América Latina, el Caribe y la Unión Europea y visitó la exposición fotográfica “Yuyanapaq: Para Recordar”. El relato visual del conflicto armado interno en el Perú caló profundamente en la alemana que consiguió que el gobierno de su país donara 2 millones de euros para financiar la construcción de un Museo de la Memoria. Tras un concurso internacional que reunió 99 propuestas, la oficina de los arquitectos peruanos Sandra Barclay y Jean Pierre Crousse se quedó con el primer lugar. El proyecto fue inaugurado en diciembre de 2015 y desde entonces ha obtenido importantes reconocimientos en diversas bienales. Para sus creadores es un edificio emblemático, tanto por su significado como por los desafíos que implicó, ya que, además de enfrentarse a un terreno complejo, debieron lidiar con la resistencia al proyecto por parte de la clase política en diversos momentos.

–¿Por qué creen que su propuesta fue la ganadora entre 99 que se presentaron?

–Es difícil responder a esa pregunta, ya que no conocemos a fondo las otras propuestas. Lo que sí podemos decir, a grandes rasgos, es que la nuestra tomaba en consideración las dificultades del lugar y las tomaba como oportunidades de proyecto: la lejanía del sitio con respecto al acceso peatonal urbano, el fuerte desnivel entre la ciudad y el terreno, la presencia de acantilados protegidos e intangibles y la nula portancia del suelo, que obligaba a utilizar pilotes de cimentación, muy poco comunes en Lima. Tuvimos solo un mes para entregar las propuestas, por lo que creemos también que nuestra experiencia en concursos realizados en Francia nos ayudó en el contexto peruano, donde el último concurso público se había realizado 30 años antes. Esa experiencia nos ayudó a encontrar rápidamente una propuesta; esto es importante de notar, ya que en realidad participaron más de 350 estudios de arquitectura, y solo 99 llegaron a entregar una propuesta.

–¿Cuál es el punto de partida de su proyecto?

–Construir un lugar de memoria para la reconciliación de los peruanos, luego de 20 años de violencia extrema, en donde es –aún hoy– difícil ver claro las responsabilidades en el conflicto, traía consigo una carga simbólica y emocional enorme, muy difícil de transponer en términos arquitectónicos. Decidimos entonces que el punto de partida debía considerar todos estos elementos relacionados al terreno y al lugar, que hemos mencionado, y a tratar de encontrar las estrategias arquitectónicas y tecnológicas que nos permitiesen mantenernos dentro de las limitaciones económicas planteadas en el concurso. Solo en un segundo momento nos preguntamos cómo estas opciones podían producir espacios y recorridos significantes que correspondiesen al programa. La forma fue un puro producto de todas estas consideraciones previas.

–¿Cuáles fueron los principales desafíos y dificultades?

–Definitivamente, la adecuación al terreno, la temática de lo que debíamos abordar y las restricciones económicas fueron los mayores desafíos que tuvimos a la hora de diseñar. Las dificultades empezaron mucho después, cuando empezamos a construir el edificio. En un contexto electoral presidencial, en donde ni el gobierno saliente ni ninguno de los dos candidatos de la segunda vuelta apoyaban la creación del Lugar de la Memoria, las grandes empresas constructoras decidieron no presentarse a la licitación de obra, y acabamos con una empresa especializada en tendido de canalizaciones urbanas que se encargaría de construirlo. Allí empezaron las verdaderas dificultades para llevar al proyecto a buen puerto.

–¿Cómo condicionó el terreno la propuesta arquitectónica? Se ve que hay una intencionalidad en fundirse con el paisaje propio del lugar.

–En primer lugar, la necesidad de construir sobre pilotes de cimentación, que encarecían tremendamente el edificio, nos hizo optar por una solución compacta que disminuyera su número, y optamos también por ubicarlo en paralelo al farallón del acantilado para que estos fuesen lo menos profundos posible. Por otro lado, la gran distancia entre la vía urbana con transporte público y acceso peatonal, y el mínimo contacto del predio con la ciudad, nos hizo pensar que estos debían considerarse nuestros aliados: la distancia implica tiempo de recorrido, y el recorrerlo nos puede alejar del cotidiano para prepararnos a apreciar una muestra que no es ni fácil ni agradable de ver. Haciendo todo esto, en realidad estábamos actuando topológicamente, y muy pronto empezamos a trabajar en la lógica de los acantilados: el recorrido nos lleva al fondo de una quebrada, delimitada por el farallón natural y el edificio, para luego subir a lo largo de suaves rampas que nos dirigen hacia la luz para, por último, descubrir el horizonte del océano y dominar la bahía de Lima. Usamos el hormigón expuesto encofrado con tablas viejas de madera y vaciado a mano para reproducir el efecto de estratos aluviales de los acantilados, y los agregados fueron estudiados para que tuviesen su mismo color.

–¿Cómo se enfrentaron a temas tan duros como la violencia y el terrorismo?

–Lo que mejor hace la arquitectura es dignificar al ser humano y mejorar su calidad de vida, que son contrarios a la violencia, la denigración de la dignidad humana y la supresión de la vida. Por ello, la arquitectura no puede ni debe traducir el sufrimiento, la muerte y la violencia, puede solo predisponer al visitante a valorar y apreciar la muestra de la mejor manera posible, ya que es ella la que transmite los contenidos. Nosotros lo hicimos a través de un recorrido performático que empieza en la ciudad y acaba en ella.

–¿Visitaron otros proyectos dedicados a este tipo de tema?

–No en el momento del concurso, pues no había tiempo suficiente. Ya habíamos visto algunos memoriales en Europa y poco después del concurso fuimos a conocer el Museo de la Memoria de Chile, inaugurado algunos meses antes. Luego siguieron otros como el 9/11 Memorial, el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá y muchos otros. Estos ejemplos nos ayudaron a ver más claro lo que estábamos haciendo, pero no influenciaron de manera fundamental el partido arquitectónico, ya que las raíces y los propósitos del Lugar de la Memoria son muy distintos. El LUM, como se le llama, si bien pertenece hoy al Ministerio de Cultura, no fue una emanación de una voluntad gubernamental, sino todo lo contrario: fue una iniciativa de personas agrupadas por su interés en preservar la memoria de esos años aciagos, a pesar de los sucesivos gobiernos que se oponían a ello. Por eso, el financiamiento ha sido cubierto casi exclusivamente con fondos extranjeros (principalmente del gobierno alemán y la Unión Europea). Los espacios de memoria en Perú han sido todos frutos de una aproximación bottom-up, a diferencia de otros países, en la que fue top-down. Eso cambia todo: no es un acto de legitimización de políticas o gobiernos, es un acto de resistencia y de iniciativa popular.

–¿Cómo recibieron el reciente premio “Oscar Niemeyer” para la Arquitectura Latinoamericana 2016 otorgado a esta obra?

–¡Con mucha alegría! El premio ON reconoce un edificio previamente premiado en las bienales latinoamericanas, lo que pone la vara muy alta. Los proyectos nominados tenían una altísima calidad, y habían sido previamente reconocidos en distintas bienales. El Lugar de la Memoria había ganado en las bienales de Argentina en el 2013 y del Perú, en el 2014. El haber sido declarado ganador nos llena de orgullo y de responsabilidad, y es un reconocimiento a un esfuerzo colectivo de miles de peruanos que lo hicieron realidad a pesar de las potentes fuerzas contrarias.

–¿Qué importancia ha tenido este proyecto para su oficina?

–El proyecto del LUM ha significado para nosotros poder realizar nuestro primer edificio público en el Perú, con una importancia social que ningún otro posee. Esto nos ha permitido pasar a otra escala de proyectos y a una dimensión más pública de la arquitectura. Pero dentro de nuestra oficina, ha representado una síntesis de muchas exploraciones que veníamos haciendo en proyectos pequeños, en los que procuramos alejarnos del consabido “objeto en el paisaje” para crear verdaderos “condensadores de paisaje”. El LUM nos ha permitido imaginar la arquitectura como un microcosmos que nos incita a tratar de entender la realidad en donde vivimos.

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