Enrique Ramírez: El hombre que camina

miércoles, 29 agosto 2018

EL ARTISTA EXPONE EN EL MAVI –HASTA EL 26 DE AGOSTO– EL FILME CON EL QUE PARTICIPÓ EN LA MUESTRA INTERNACIONAL DE LA BIENAL DE VENECIA EL AÑO PASADO, EL MISMO QUE YA SE HA EXHIBIDO EN ISRAEL, COREA Y QUE PRONTAMENTE LLEGARÁ A CHINA. UNA PRUEBA DE QUE ESTA OBRA CONMUEVE Y CONECTA AL ESPECTADOR CON UNA NARRACIÓN POÉTICA PROFUNDA.

Por: Catalina Plaza S. / Retrato: Matías Bonizzoni

Este proyecto está dedicado a todos aquellos que caminan, que caminan con la imaginación, que viajan sin moverse, a aquellos que sueñan y mueven sus ojos a través de cada imagen, a aquellos que están entre nosotros, muchas veces invisibles, caminado a nuestro lado”. Con estas palabras, Enrique Ramírez (1979), quien estudió música popular y cine en Chile antes de hacer el posgrado en Arte Contemporáneo y Nuevos Medios de Le Fresnoy del Studio National des Arts Contemporains (Tourcoing, Francia), da cuenta de su vínculo con la poesía, con una narrativa particular que va mucho más allá de la imagen y que se combina con el video, la fotografía y las instalaciones. Todo junto en la muestra que expone en el MAVI: “Un hombre que camina”. La misma obra que presentó en la Bienal de Arte de Venecia el 2017, tras ser seleccionado por la curadora francesa Christine Macel para formar parte de la muestra internacional que reunió a 120 artistas de distintos rincones del mundo. Un hito trascendental en su carrera. Un año después, Enrique hace un balance positivo: “Creo que en el caso de las bienales en general los efectos se van viendo de a poco. Las repercusiones no son inmediatas. Todavía me están contactando curadores que vieron el filme hace un año y quieren mostrarlo en diferentes países. Las bienales tienen una especie de eco que se expande mucho… Para mí ha sido increíble, porque fue una ventana al mundo y estar junto a los 120 artistas internacionales elegidos fue muy importante”, explica.

–Este filme data de 2011, ¿va tomando nuevas formas la obra con el paso del tiempo?

–En general, las obras tienen vida propia. Creo harto en esto. En particular, esta obra nació por un encargo tras una residencia en Francia, en Lab Labanque, en donde tenía que hacer un proyecto en una ciudad llamada Béthune. Lo interesante de ese pueblo es que ahí existe una comunidad llamada Los Charitables, la cofradía activa más antigua del mundo. Se fundó en 1188, cuando una epidemia devastó la región y nadie quería enterrar a sus muertos. Lo que hacen hasta hoy es acompañar ese último viaje de los cuerpos hasta su lugar de entierro. Toman el cuerpo de la persona que murió, desde su casa por ejemplo, y lo llevan hasta el cementerio o donde haya que llevarlo. No son religiosos, sino que simplemente acompañan al cuerpo y es muy bonito porque lo hacen caminando. Eso me impresionó e interesó mucho. Así empecé a buscar ciertos ritos y elementos estéticos que pudieran representar esa idea. Por eso llego al Salar de Uyuni, donde la tierra y el cielo son lo mismo. Está la idea de la caminata y los trajes que tienen un triple juego: la noción de la colonización y estos trajes europeos, la idea de la memoria y este peso que cada día es más grande a medida que el tiempo pasa y que está ejemplificado por la sal y, por último, la idea de las almas que van detrás de nosotros. Era importante trabajar esa idea, por más abstracta que pueda ser. Yo hice otro filme, basado en entrevistas a estos personajes que hablaban de la muerte y después me vine a filmar esto. Partió en 2011, pero lo monté en 2014. Hoy en día hablamos mucho de la descolonización y es una temática de la cual se habla mucho hoy. Cuando hice este filme lo que me interesaba trabajar con el tema de la máscara era la idea de la muerte, pero también hay otro elemento: una de las historias de la máscara de diablo (específicamente) es que fue inventada por los trabajadores de las minas en el norte para espantar a los colonizadores, para ridiculizar la conquista. El filme tiene varios elementos.

–Hoy “El hombre que camina” también podría representar los procesos migratorios que se están produciendo en todo el mundo…

–Eso es algo que me interesa mucho y trato de hacerlo, aunque no sé si resulta… No me interesa que las obras sean necesariamente abiertas y que cada uno haga una interpretación, pero que te lleve, a través de tu historia personal, a algún lugar, es vital. Ahí está la migración de la obra para mí.

–Tu trabajo se vincula a la memoria y a la política, ¿qué rol juegan los elementos autobiográficos?

–En torno a la política no hay nada autobiográfico realmente. Hay una parte de mi trabajo que viene de las velas de barco y eso tiene que ver con mi papá, que es constructor de velas. Eso se vincula a su vez con el tema del mar. Por otra parte, mi mamá es tecnólogo médico, ella ve las células, ve mundos, que nadie entiende… Para mí son como galaxias y esa es una idea que me interesa mucho: trabajar con elementos que no necesariamente conozco y llevarlos a otro lugar donde sean comprensibles. Es un proyecto pendiente que tengo.

–El mar también habla de traslados y tú eres una persona que se mueve mucho. Desde 2007, has hecho residencias en lugares remotos.

–Me cuesta quedarme quieto y es también una forma de sentirme vivo. Para mí es súper importante, en mi trabajo como artista, no quedarme en un lugar sentado y repetir una misma fórmula. El tema del viaje representa esta idea de no estar cómodo en un lugar. Como artista tengo que sentir esa incomodidad para crear una obra. Ahora estoy en una residencia en Noruega y, junto a una curadora italiana vamos a musicalizar un barco e invitar a la gente a subir por un día, para ver una serie de intervenciones en el mar, ligadas al grave problema del cambio climático que sufrimos hoy.

–En un cuestionario que contestaste hace poco en la revista decías que una de las tendencias en arte que están obsoletas es el videoarte. ¿Cómo calificas tu trabajo?

–Yo digo que soy artista y que hago filmes para galerías o museos. Me parece que la terminología del videoarte implicó una búsqueda plástica y estética; una búsqueda, al mismo tiempo, política para salirse del cine clásico y que se dio principalmente en los años 80 con los primeros equipos. Hoy en día hemos vuelto un poco a lo otro, que es imitar al cine. Yo vengo de ese mundo y nunca me consideré un videoartista porque, para mí, más bien había un tema narrativo que me interesaba mucho. Considero que esa búsqueda de los 80 no podría llamarse videoarte hoy, porque en la actualidad cualquiera puede hacer videos. Deberíamos encontrar otro nombre, pero no sé cuál es.

“Hay otro tema que me interesa y tiene que ver con el cuerpo. Cuando vas a un cine te sientas en la oscuridad, ves una película de principio a fin y, en teoría, nadie te molesta; en este caso entras al museo y hay una relación de la imagen con tu cuerpo, porque puedes quedarte parado, sentarte o moverte y no necesariamente entras a ver el filme desde el principio, sino quizá lo ves desde la mitad y tu cabeza puede cambiar toda la historia que yo construí. Todas esas relaciones están ligadas al cine para museo o cine instalativo”.

–¿Qué temas te interesa abordar ahora? Siempre se reseña tu obra como una suerte de “poesía fílmica que aborda la historia reciente de Chile y temas como el exilio, el éxodo y la pérdida de la memoria”.

–En general, la política cruza mi trabajo de distintas formas. Hoy estoy trabajando el mismo tema, porque fui invitado a la Bienal de La Habana y estoy trabajando con plantas, para hablar del cambio que ha habido en Cuba y la pérdida de memoria. Creo que trabajo un solo tema que, al final, voy reacomodando a ciertos intereses personales y sociales. También estoy haciendo un proyecto en el sur de Francia que dura tres años, en la frontera con España, sobre el cambio climático. Llevo un año y medio investigando, y vamos a tener un proyecto grande el 2020. Tiene mucho que ver con temas políticos, porque no soy un experto y lo veo como un artista, pero es muy difícil ver el cambio climático cuando no te muestran un hielo cayéndose. Por el momento estoy hablando con científicos, mido el nivel del mar, aún no hay nada concreto, pero habrá entrevistas, filmes y jardines que quiero construir con plantas, pero utilizándolas de otra forma. Estoy trabajando también en el Mar Muerto, es el mar más bajo del mundo. Es un proyecto que me interesa aunque sé que es muy complicado al mismo tiempo.

–Si no te hubieras ido hace 10 años de Chile, ¿crees que estarías teniendo el reconocimiento internacional que has alcanzado?

–No. Lamentablemente, en Chile uno tiene que desaparecer para que te vean, estoy casi seguro de eso. Ahora también conozco artistas que son increíbles, que admiro, que quizá son mucho más talentosos que yo y que quizá no han tenido el porcentaje de suerte que también es necesario. Esa suerte no pasa por el talento. Eso puede pasar acá, como puede pasar en Europa. El 2006 gané un premio en la Bienal de Nuevos Medios que dirigía Néstor Olhagaray y me dieron una residencia por tres meses Francia. Nunca había pensado en ir a Francia. Partí y allá me las arreglé para vivir como podía, no hablaba nada de francés. Ahí me fui quedando… Hay algo de suerte, porque el primer año unos coleccionistas me compraron un video y eso me permitió quedarme otro año más. El 2013 gané el premio Discovery que otorgan los Amigos del Palacio de Tokio y ese mismo año empecé a trabajar con la Galería Michel Rein, que me representa allá y con Die Ecke acá en Chile.

–¿Cómo ha sido tu experiencia como inmigrante en Europa?

–Yo soy un extranjero y hay que validarse todo el tiempo. Y siempre nuestras raíces estarán lejos agarrándose a nuestra tierra.

–¿Ayuda la etiqueta de “artista”?

–Ayuda porque se entiende que no tienes un trabajo fijo, sí es difícil porque desde el 2014 que no tengo una casa, tengo taller en Santiago, en París y ahora en Bruselas. Por ejemplo, mi vida personal viaja de cajas en cajas. Ahora tomé la decisión de instalarme en Bruselas y no moverme porque es muy agotador. Me siento completamente desraizado, las únicas raíces son la familia y el trabajo. Pero las formas de trabajo empiezan a cambiar y ya rechazas algunos proyectos. Hay que encontrar un equilibrio. Un artista necesita tiempo para pensar.

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