Entre la vastedad del desierto y la inmensidad del mar

lunes, 10 junio 2013

A 90 kilómetros al norte de la ciudad de Antofagasta y a 36 km de Mejillones, se encuentra este nuevo hotel proyectado por Gonzalo Mardones, que se concibió en base a la idea de una hoja que llega desde el sur a la arena del desierto. Sus venas dan forma al edificio que, a su vez, está soterrado para hacerse parte del lugar.

Por: Catalina Plaza S / Fotos: Nicolas Saieh.

La grandeza del desierto y toda la potencia del mar se conjugan en Hornitos, tradicional balneario donde se encuentran las playas más cotizadas del norte de Chile y, desde hace pocos meses, un nuevo hotel proyectado por el arquitecto Gonzalo Mardones para la Caja de Compensación Los Andes.

El desafío era interesante: hacer en una zona donde no hay nada y donde los recursos son mínimos. “Creo que la primera tarea del arquitecto tiene que ver con la lectura del lugar, que es siempre divino y único. Esta divinidad del lugar, por tanto, es sagrada y la tarea es respetarla, tratarla con mucho cuidado e intentar recuperar su atmósfera”, explica Mardones al tiempo que puntualiza que una de las grandes directrices que mandaron en el proyecto fueron las dos horizontales conformadas por el desierto y el mar: “La primera, el desierto de Atacama, que produce un recogimiento absoluto. Un suelo de fondo marino milenario a 33 metros sobre el nivel del mar de Chile, que constituye la segunda e inmensa horizontal. Todo es inmenso”.

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En sus siete mil m2, este proyecto distribuye el hotel con sus 30 habitaciones, además de 18 cabañas. En el edificio principal se buscó un juego espacial, mediante el intercalo de los diferentes niveles. Es así como hay espacios donde se mezclan dobles y triples alturas. Todos los pasillos, en tanto, están abiertos, aprovechando el clima del lugar y aportando ventilación natural al espacio, lo que se transforma en una característica sustentable. “Trabajamos para hacer un edificio sostenible en el desierto, sin tener que recurrir a materiales sostenibles, sino con la propia naturaleza. Por ello, el edificio está completamente abierto, no tiene ventanas ni en los corredores ni pasillos, y el aire traspasa el edificio”, explica el arquitecto.

–¿Cómo te condicionó el lugar para desarrollar este proyecto?

–Una de las primeras preguntas fue cómo hacer sin tocar, cómo –ante esta belleza inmensa– intervenir con una arquitectura que se conciba a partir de lo propio del lugar. Lo primero fue optar por un material que es el hormigón. La opción por el uso de un solo material es una constante en nuestra obra. Nunca mezclamos materiales. Usamos un color que tiene que ver con los tonos del desierto, que son muchos y que cambian de acuerdo a las capas y los estratos.

“A pesar de su altura, el desierto de Atacama fue fondo de mar y está compuesto de conchuelas de distintas formas y tamaños. La tierra era muy mala. La idea fue soterrar el edificio para poder llegar al suelo natural y poder fundar”, continúa el arquitecto.

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–¿Cómo es la experiencia de realizar y concebir un obra en un lugar tan extremo?

–Apasionante. Citando al suizo Peter Zumthor (Premio Pritzker y autor de las Termas de Vals, entre otros), la idea es ver cómo hacerse de esa atmósfera. Cómo intervenirla de forma pasiva, pero también cumpliendo con el doble objetivo que quería la Caja, que era otorgarle el recurso más escaso que tiene el desierto y que es el agua y el verde. Ahí nace la idea de una hoja que viene volando desde el sur y que se asienta en el lugar. Las venas de la hoja son las que dan la forma al edificio, que se recuesta en forma horizontal mirando el mar, pero enterrándose para así también mirar la montaña del desierto. Luego se ubican 18 cabañas que son como las rocas del fondo del mar. Formadas por pliegues, cada una tiene una forma diferente y emerge como lo haría un peñón desde el mar. El proyecto da mucha importancia a los recorridos espaciales y ambientales y a las relaciones entre los volúmenes edificados, organizando grandes marcos para celebrar el mar. Mediante una sucesión de espacios intermedios abiertos, se logra el propósito de controlar el sol, modelar la luz y capturar el espíritu esencial del estar en un espacio dentro de una geografía sobrecogedora.

Paisajistas: Cecilia Rencoret y Carla Ruttimann.

Decoración interior: Francesca Porzio y Macarena Valdés.

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