Gerardo Pulido: Un artesano exaltado

miércoles, 29 noviembre 2017

Entre el 18 de noviembre y el 14 de enero de 2018, el artista expone “Pictogramas” en el MAVI. La muestra presenta ocho series de obras que ha elaborado en los últimos cuatro años, con trabajos de pequeño y gran formato, en los que el óleo, el barniz y el acrílico dialogan con la madera de balsa, distintos tipos de cartón, palos de maqueta, objetos de desechos y otros materiales “innobles”. Esta es mucho más que una exhibición de pintura…

por Calina Plaza S. / Retrato: Matías Bonizzoni S.

Abocado al arte, no solo desde la práctica, sino también a través de la docencia y de la investigación teórica, Gerardo Pulido ha forjado una carrera en la que ha abordado su quehacer artístico a través de distintos formatos y materialidades, pasando por pequeñas esculturas de miga de pan, a la pintura propiamente tal y ahora a construcciones que no pueden definirse formalmente ni como esculturas, pinturas o instalaciones. Se trata de piezas donde la práctica manual y el trabajo en el taller quedan de manifiesto y en las que conviven diversas formas y tensiones espaciales, pasando de lo volumétrico a la impresión digital, a la pintura gestual, a “estudios” y a intervenciones murales que presenta desde el 18 de noviembre en el MAVI.

La exhibición incluye la colaboración de Rodrigo Canala, artista que ha creado especialmente obras–protecciones para algunos volúmenes de Pulido. La muestra coincide con “Composiciones bajo tierra. Abstracción prehispánica en el arte reciente”, libro que acaba de publicar y que reúne ensayos que giran en torno a aspectos claves de la abstracción prehispánica, tal como resuenan en diferentes momentos del arte moderno y contemporáneo (Editorial Metales Pesados).

Estos dos importantes proyectos se suman a su labor como profesor en la Universidad Católica y a su trabajo en BLOC, taller dedicado a la producción, formación y difusión de las artes visuales que fue fundado a fines de 2009 por los artistas Catalina Bauer, Rodrigo Canala, Rodrigo Galecio, Tomás Rivas y Pulido, acogiendo a alrededor de diez estudiantes por año.

“La mayoría de los que trabajamos aquí hacemos docencia universitaria, todos hacemos tutorías en BLOC, entonces hay una faceta educativa en nosotros, pero capacitándonos, investigando y actualizándonos. Yo trato de ser un profesor responsable y el libro tiene que ver con ser responsable en la docencia, pero también siendo artista, como yo entiendo ser artista. Quizá hoy día las cosas se han perfilado o especializado de tal manera en el mundo del arte que parece poco habitual que un artista publique un libro o escriba, pues eso lo hacen historiadores, curadores, críticos, periodistas en cultura. Soy una especie de escritor de domingo, un aficionado sin estudios formales en historia del arte, por ejemplo, que de manera bastante autodidacta se ha tirado a la piscina y sin pedirle permiso a nadie”.

–En una entrevista de hace algunos años decías que cada vez te apartabas más de una aproximación conceptual de tu trabajo para acercarte más a una especie de deriva procesal. Aun así, hay una búsqueda profunda en las investigaciones que realizas para tus ensayos.

–Parece una contradicción, porque efectivamente pienso que recientemente mi trabajo se define como un juego o una aventura donde yo no sé bien en qué va a derivar. Me entrego mucho a lo que va generando la interacción de los materiales, por ejemplo, o a la herramienta que tengo en la mano y, en general, a lo que resulta de un día de trabajo, de probar cosas y equivocarme. Eso es lo que persigo, muy lejos de querer enrostrarle al público la injusticia del mundo o algo así, objetivo que, más allá de la ironía, algunos artistas se trazan. Me propongo tareas bastante insignificantes, en cambio. Una jornada de taller puede estar dedicada a probar las posibilidades que tiene un plumón en un papel, cómo dos colores establecen una mezcla óptica sobre una madera de balsa o cómo un cartón corrugado me entrega ciertas formas si lo someto a cierta exigencia. Nunca sé bien cuál va a ser la obra, entonces. Yo me someto a su desarrollo, ayudo a que siga un determinado curso, lo cual representa un acto de humildad.

–Has dicho que la práctica del taller ha moldeado esta exposición y que, por lo mismo, hay algo de “inconcluso” en algunas obras y que eso quizás puede incomodar.

–Ojalá parezcan inconclusas en el sentido de que algo falte y esa falta la complete el espectador. También me gustaría que esa falta se perciba como algo que está fresco, en cosas que están recién salidas del taller. Les puede faltar algo o sobrar mucho, pero lo que para mí dicta que estén listas, que sean exhibibles, es cuando sus componentes están en viva tensión, cuando un color con otro están necesitándose o un material con otro están peleando con igual fuerza. Cuando se consigue lo que llamamos un contrapunto, un alto grado de ambivalencia: los trabajos no terminan de consumarse como pinturas y tampoco como esculturas y, tal vez, tampoco como obras de arte. Lo que sí va a haber en la muestra son superficies cubiertas con pintura, debo decir. Suelo pintar lo que hago.

–¿Buscas que el espectador digiera con facilidad la exposición?

–No quiero “decir” cosas, quiero “hacer” cosas y visibilizarlas. Cuando quiero decirlas las escribo y esa es una razón de por qué lanzo un libro, por ejemplo, separo un tanto el discurso de lo que hago o, al menos, no sobrestimo mis palabras sobre lo que hago. Una obra, en estricto rigor, no es “leíble”, uno no debiera traducirla, sin más, en conceptos. Se puede hablar mucho sobre arte y esta entrevista puede ser interminable, pero las obras son manifestaciones visuales. Y hago la precisión de que no hay mirada sin intelecto, por obvio que resulte recordarlo. No creo tener un discurso muy claro sobre mi obra, incluso necesito que el trabajo sobrepase mi capacidad discursiva. De lo contrario, estaría explicándolo y, en general, no me interesa el arte que llama a ser explicado o que es fiel a un ‘libreto’. El arte que hace que las palabras queden cortas es el que se mantiene en el tiempo, el otro se reduce a una narrativa o relato y las palabras lo matan.

–El arte siempre ha sido un reflejo de su tiempo, pero quizá hasta el siglo XX no necesitaba de un discurso potente que lo sustentara.

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