Gonzalo Pedraza: ¿Qué ves cuando ves?

viernes, 20 octubre 2017

Hasta el 30 de octubre, el artista presenta “Colección de Imágenes” en la Sala Cronopios, del Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires. Se trata de su primera exposición individual en el extranjero, muestra en la que vuelve a interactuar estrechamente con el público. “Aquí no hay obras de arte”, sanciona Pedraza con ironía.

Por: Catalina Plaza S.

Cómo vemos hoy las cosas que no están dentro de una pantalla? ¿Cómo percibimos un paisaje, un árbol o nuestro entorno? La forma en cómo nos relacionamos con la tecnología se traspasó a los sentidos: vemos, tocamos y oímos de manera distinta. La experiencia de ver una obra de arte también está sometida a una nueva percepción. Esa es parte de la reflexión que el artista Gonzalo Pedraza toma como punto de partida al momento de invitar a mil jóvenes, de entre 13 y 17 años, a que respondan la pregunta: ¿qué ves cuando ves? El resultado es el cuerpo de la exposición que actualmente se exhibe en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires y que muestra la percepción del mundo de este grupo de adolescentes a través de fotos tomadas con sus celulares. Pero no se trata solo de imágenes montadas de manera tradicional, estas fueron impresas en imanes que, dispuestos en bibliotecas metálicas, pueden ser removidos y trasladados a otro espacio donde el público monta su propia muestra, genera relación entre las fotos y se transforma, de alguna manera, en curador. Esta ha sido una constante en el trabajo del artista, quien ha desarrollado su obra en torno al coleccionismo, tomando como punto de partida las pinturas de gabinete generadas en los Países Bajos en el siglo XVII. En “Colección Vecinal” (Galería Metropolitana, Chile, 2008; VII Bienal de Mercosur, Porto Alegre, 2009; Matucana 100, Chile, 2013) invitó a que la comunidad “prestara” sus obras para formar un gran gabinete. Luego vendrían “Colección de Imágenes” (2011) y “Colección Televisiva” (2012) y “Colección Natural” (Corpartes, 2016).

“Es una muestra curiosa. Antisistema. Porque no hay obras de arte. Yo creo que es otra cosa. No sé, ¿un juego?”, comenta el artista. Su idea se vincula con otra convicción: la acción de ver una obra de arte en la actualidad también está sometida a una nueva percepción, pero aún conserva una fuerte carga ritual. “Nunca he entendido por qué en los museos hay que estar en silencio, guardar la distancia y ‘no tocar’ las obras. Y, además, te hacen ver lo que quieren que tú veas. Es un sometimiento horrible”, sostiene Pedraza.

–¿Cuál crees que es tu rol como artista?, tomando en cuenta que dices que en esta exposición no hay obras de arte…

–Es una exposición “ciega”, lo que podríamos entender por obra son dos corridas de muebles que parecen dos acordeones gemelos y cinco habitaciones vacías, ambos son negros y se despliegan en el gran espacio de Cronopios. Con “ciega” me refiero a que no se “ve” nada, solo vacío, pero entre las junturas de los muebles hay imágenes impresas en imanes: mil fotografías de mil adolescentes, que al llevarlas a las habitaciones las llenan con imágenes. Allí todo se ve. Después vuelve a convertirse en ciega. No sé cuál es la obra aún, para mí es un misterio, pero sí está muy alejado de las convenciones del arte que nombré anteriormente: acá se entra y se observa sin buscar ‘significados’, se mete ruido, se habla, se toca, se traslada, se piensa y se pega cerrando en una imagen que la gente vuelve a tomar con su celular. Todo se aleja de la idea del espectador pasivo que debe observa y ‘comprende’, acá no se sabe nada, solo se completa una acción.

–¿Crees que “empoderas” al público al invitarlo a jugar el rol de “artista”?

–Me cuesta la palabra empoderar, creo que toda la gente es poderosa cuando tiene convicciones y, si hablamos de la convicción como motor, me gusta provocar un juego que activa todas las cosas que habitualmente no nos permitimos en una sala de arte. Por ejemplo, unas niñas de 9 y 6 años iban con su carrito patinando, veían las fotos y las elegían y entre ellas se explicaban: “Se parece a papá”, “es como nuestra muñeca” y “me gusta”, de ahí las tiraban al suelo y las pegaban una sobre otra, y las volvían a cambiar de orden y cuando alguien se acercaba, se ponían orgullosas como dos curadoras con su exhibición. Si esto se puede provocar, yo feliz.

–¿Cómo se gestó la posibilidad de exponer en el Centro Cultural Recoleta?

–Me invitaron hace tres años a ser jurado de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires, que organizaba la Secretaría de Cultura de la ciudad de Buenos Aires. Ahí conocí a su directora Luciana Blasco y a la encargada de artes visuales, Laura Spivak. Hicimos muy buena onda entre los tres y luego llegaron a Recoleta. Ellas armaron una interesante línea con personas jóvenes para el centro y en el área de artes visuales llenaron a Cronopios de propuestas artísticas, como una retrospectiva de la sala, una colectiva de arte contemporáneo y una individual de un artista francés. Me invitaron para ser el cuarto en su calendario. Discutiendo qué podría mostrar, les planteé “Colección de Imágenes” que se realizó en Matucana 100 y les fascinó la idea. Combinaba por un lado lo ‘artístico’ y, por otro, la idea fuerte de público y comunidad porque cada imagen enviada representa a una persona y su grupo familiar, de amigos y conocidos, con mil imágenes de mil personas tenemos un éxito de público.

–¿Qué crees que ven los jóvenes a través de las fotos que mandaron?

–Las fotos que ellos tomaron fueron muy variadas, hay muchos espacios íntimos, como sus habitaciones. También está la calle, los animales de la casa, muchas fotos de ellos con sus amigos y mucha microscopía, como, por ejemplo, de meterse en una zapatilla o en un detalle de una planta. Pasaron cosas muy interesantes, una discusión que me dio vuelta fue la necesidad de significado de los adultos. Querían imágenes políticas, complejas, históricas, decían que las imágenes de los jóvenes estaban vaciadas de sentido. Me molestan mucho esas cosas. Creo que los avances en discriminación de género se podría extrapolar a la discriminación etaria. Hay dos cosas que aclarar: los jóvenes y niños sí saben lo que mandan y, segundo, las imágenes no portan significado, los significados son íntimos y sociales, son móviles. Dotar a algo de significado es una forma de ejercer poder. Llegaron imágenes de gatitos, que fueron las que más me gustaron. En la historia del arte la representación de animales era una clave esencial en la producción del pintor: huellas de la época, de la raza y la cosmópolis, la posición social de su dueño, alegorías de fantasías o burlas a personajes públicos. Acá los gatos no eran solo “gatos”, quizás eran autorretratos, soledad, estandartes, vanidad, no se sabe y creo que no tienen poco sentido por no ser icónicas, sino que nosotros como adultos no las entendemos y como no “sabemos”, las criticamos. Me cuesta decir “como adultos”, prefiero siempre obligarme a pensar como niño.

–¿No hay algo de individualismo exacerbado al mostrar la casa, el gato, etcétera?

–Es que somos biografías.

–El tema de las selfies habla de que estamos en un momento donde esto se ha exacerbado.

–Siempre existió la selfie. Es antigua, ahora todos podemos tener una, pero antes se las “sacaban” con pinturas como tarjetas de presentación.

–Después de recibir estas mil imágenes para la muestra, ¿cómo describirías esta generación?

–No sé, quizás tan compleja como la juventud romana del siglo III, o la francesa del siglo XVII. Soy más de la idea de las continuidades que de la novedad.

–¿Qué te sorprendió de las composiciones que armaban las personas?

–El silencio y concentración cuando las hacían.

–¿Qué ves cuando ves a los coleccionistas?

–Su propina es mi sueldo.

–¿Qué ves cuando ves a los curadores?

–Ojalá historiadores del arte.

–¿Qué ves cuando ves a los museos?

–El Castillo de Grayskull.

–¿Qué ves cuando ves a las galerías?

–Se hace lo que se puede.

–¿Qué ves cuando ves al arte contemporáneo?

–Como dice una amiga: hay mucho nada…

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