Guillermo Acuña: Un barco en tierra

miércoles, 5 septiembre 2018

DESDE EL 2010 QUE EL ARQUITECTO VIENE PROYECTANDO SU CASA EN CHILOÉ, UN “AUTOENCARGO” QUE LE HA PERMITIDO ENTENDER Y EXPERIMENTAR EL LUGAR PARA PODER DISEÑAR DESDE AQUÍ PARA TERCEROS. DE HECHO, ACABA DE TERMINAR DOS PROYECTOS EN PUNTA CHILEN (CHACAO) Y EN AGUANTAO (RILAN) Y SE ENCUENTRA DISEÑANDO Y CONSTRUYENDO UN PARQUE PARA LA ISLA LEBE. CRÍTICO DE LA FALTA DE REGULACIÓN Y DEL AUMENTO DE CONSTRUCCIONES DE ESTÉTICA “DESECHABLE” EN LA ZONA SANCIONA: “EN CHILOÉ CAMPEA LA IMPROVISACIÓN”.

Por: Catalina Plaza S. / Fotos: Cristóbal Palma

“Espacios mínimos, eficientes y austeros, tanto en sus medidas como en su materialidad, porque el único lujo aquí es el paisaje”, esas fueron las principales premisas que Guillermo Acuña tuvo al momento de proyectar su casa en la isla Lebe, un pequeño islote que flota en la bahía de Rilan, en Chiloé. El proyecto comenzó en 2010 y ha seguido desarrollándose a lo largo de los años por etapas, lo que ha hecho que el arquitecto de la Universidad Católica se haya vinculado estrechamente con la zona. Por lo mismo, analiza críticamente el auge que vive como epicentro de nuevas segundas viviendas.

–¿Cómo evalúas el crecimiento que está experimentado Chiloé y la gran cantidad de personas que está construyendo segundas viviendas en el lugar?

–Hay de todo, como en todas partes. Chiloé se está convirtiendo en una gran población como cualquier lugar de Chile. Con el logo de la casita de Homecenter como estandarte, las construcciones aparecen cual callampas con su estética desechable de siding plástico en los lugares más insólitos sin ninguna regulación de nada, campea la improvisación y el mamarracho. La conurbación Castro Dalcahue es un espanto, aunque no más terrible que el camino Santa Teresa cortando el Cerro Alvarado o Avenida La Dehesa con puente nuevo. Las ciudades son así, se anticipan y todo lo que podemos hacer es siempre post mortem. Pero, a pesar de esto, Chiloé atrae. Es uno de los siete sistemas de fiordos glaciares del mundo con una cordillera llena de volcanes cayendo verticalmente al mar, lo que es impactante. Su manera, su cultura costumbrista, sus iglesias, sus mareas, sus cielos cambiantes, su lluvia y su abundancia atraen y atraen hoy más que nunca.

–¿Crees que existe respeto de estas nuevas construcciones con el entorno?

–Las construcciones privadas contemporáneas en campos o parcelas tienen poco impacto en el lugar. Generalmente son construcciones pintorescas, naif en sus recursos y con una fuerte impresión bucólico pastoril. No tienen ninguna importancia. Aún no aparece una arquitectura local que le haga el peso a las iglesias, a los graneros y a los palafitos. Todavía son postales de viajes, de sueños, multitudes de ideas unas arriba de las otras. Pero las construcciones que verdaderamente han hecho daño son las construcciones del Estado de Chile. No puedo dejar de denunciar el espanto que ha construido en los últimos 30 años. Poblaciones, colegios, municipalidades, consultorios, plazas publicas, ferias, malecones, paraderos de micro; en fin, una enorme cantidad de metros cuadrados y recursos tirados a la basura que atentan y vulneran de manera brutal al paisaje y violentan cualquier noción de dignidad humana.

MÁS ALLÁ DE LA ARQUITECTURA

Este no es el primer proyecto que Guillermo Acuña realiza en Chiloé, en 1985 arregló la casa de su papá en la Isla Quihua, mientras estudiaba arquitectura. Después de eso no ha parado de hacer cosas en el sur. Luego, en 1995, compró su primer velero y ha navegado por los canales hasta hoy. “25 años después, este autoencargo me ha permitido entender y experimentar el lugar para poder diseñar desde aquí para terceros”, afirma. “El proyecto empezó el año 2010 y lo he venido desarrollando durante los últimos años sin parar. Tiene una parte náutica y otra botánica. La idea era contar con un lugar de buen fondeo para la navegación y disponer en él algunos refugios a modo de extensión en tierra de los veleros. En el fondo, tener una pequeña marina privada. Encontré el lugar en muy malas condiciones. Muy contaminado en sus playas por la inmensa cantidad de desperdicio de la industria acuícola de la zona y absolutamente deforestado. Pero geográficamente era perfecto, un pequeño islote de 5 hectáreas en el centro de Chiloé mirando caer a la cordillera de los Andes al mar. Una maravilla. Empecé construyendo una casa de botes en la playa más contaminada de la isla. Era un desastre de cuerdas, redes, choritos en descomposición, aislapol, etcétera. Para eso sirven los edificios, para cambiar las cosas. Al poco tiempo de construida la casa de botes, la playa se fue limpiando, la gente dejó de tirar la basura y el borde se fue ordenando. Los chilcos y maquis fueron creciendo y se fue armando un jardín alrededor. Luego hice el segundo refugio: 60 m2 en dos plantas, 3 dormitorios y un baño en la planta inferior y un estar comedor cocina acristalado en la superior. Vivir ahí ha sido uno de los ejercicios más lindos de mi vida. No tengo nada ni necesito nada. No hay cuadros, no hay objetos ni nada que falte o que sobre. Solo el paisaje, los chilcos, los cielos y las mareas dan sentido al interior. 60 m2 son muchos metros cuando no necesitamos nada”, cuenta el arquitecto que, después de un tiempo, convidó a sus socios del velero a participar en el proyecto. Solo uno enganchó y desde esa fecha comparten el lugar, lo que detonó la construcción de la tercera casa.

“Hoy estamos dedicados a reforestar completamente la isla y devolverla a su estado original. Sacamos los animales del lugar y cada año, en invierno, plantamos alrededor de 900 árboles. Así la hemos ido cuidando. Con los árboles llegaron los pájaros, los insectos se escuchan en la noche y los pozos se volvieron a llenar de agua”, agrega Acuña.

–¿Cómo condicionó el paisaje tu proyecto?

–En “todo”, como en todos mis proyectos. A estas alturas de mi carrera pienso que es el ser humano el que se tiene que adaptar al paisaje y no al revés, y las casas o los edificios deben entenderse como detonantes de ese paisaje, como oportunidades de contemplación, de reforestación, de conexión con la naturaleza. Deben ser un regalo al paisaje, el inicio de un “jardín”.

–Hay un uso generalizado del color rojo, tanto en los exteriores como en el interior de la construcción, ¿a qué responde esta decisión?

–El color rojo aparece en la floración de los chilcos durante la primavera y el verano. Está lleno de chilcos donde se levantaron las casas. El rojo es un color que funciona bien con el verde del paisaje y también con el gris del cielo y el mar cuando está nublado. Me gusta su personalidad, su vigor en los días oscuros. Me ayudó a confundir los límites entre el jardín y los volúmenes.

–¿Cuáles son los usos o programas de los distintos volúmenes?

–Los volúmenes son pequeños refugios en tierra pensados como extensión de un velero que ocupamos para la navegación por los fiordos. Tienen en promedio 60 m2 cada uno, con capacidad para 6 personas, estar/comedor /cocina y tres habitaciones pequeñas. Son como un barco en tierra. Lo suficientemente grandes para pasar algunos días en ellos y lo suficientemente chicos como para que te den ganas de salir a navegar. En el primer volumen tenemos el Salón Rojo, una cocina, estar y sala de juegos, donde nos juntamos a cocinar, a jugar cachos, pool, a conversar y a bailar. Todo lo común pasa en el Salón Rojo, así los refugios quedan más tranquilos y dados a la contemplación. Sobre el Salón Rojo están los refugios de invitados e hijos grandes. Luego mi casa y la casa de Roberto, mi socio en este proyecto.

–¿Qué dificultades implicó construir en un territorio alejado?

–Ninguna, Chiloé está muy bien conectado, tiene dos aeropuertos cercanos, transbordadores espectaculares, varios sistemas de transporte que funcionan con puntualidad, espectaculares carpinteros, buenos caminos, excelentes ferreterías y madera, buena madera, aunque todavía con muy poco valor agregado y mal manejada, pero eso va a cambiar. Es cuestión de tiempo y educación.

–¿En qué otros proyectos te encuentras trabajando en la actualidad?

–Estoy en varios proyectos y en distintos frentes a la vez. Formamos hace un año con Roberto Pons, mi socio en Chiloé, un laboratorio de ideas y proyectos que llamamos SurLab. La idea era reunir la experiencia del mundo de la arquitectura desde mi lado, con la experiencia del mundo inmobiliario, desde el lado del suyo, y enfocarnos en acompañar a empresas, gobiernos y family offices en el proceso de cambio corporativo y espacial. Pasar de un modelo animal de hacer y ver las cosas –cerebro central comandando a órganos especializados– a un modelo vegetal, distributivo y colaborativo y nos ha ido bien. Tenemos un buen portafolio de clientes que ha dado el paso y el resultado ha sido genial. En arquitectura estoy trabajando en varias casas para el sur de Chile, desde Corralco a Chiloé, y acabo de terminar el proyecto MINGA para RCM Modular: una casa de 25 m2 concebida para disfrutar el paisaje chileno. Una joyita que puedes llevar a cualquier parte. También estoy diseñando un edificio de departamentos en providencia. Mi primera incursión en el mundo inmobiliario que está quedando muy bien y espero verlo construido en un par de años. Académicamente este año empecé a hacer un taller de arquitectura en mi casa en Chiloé con dos profesores más –Juan Subercaseaux y Selim Halulu– para la Architectural Association y su programa Visiting School. 15 días de workshop con 12 alumnos de todas partes del mundo. ¡Fue un viaje! Lo repetiremos el próximo abril y esperamos extenderlo por 5 años. En paisajismo sigo trabajando en el proyecto de la reforestación de la Isla Lebe en Chiloé. Esta temporada hemos tenido grandes avances y está quedando precioso.

Escrito por

Ultimos Articulos COSAS