HABITAR

Viernes, 17 Octubre 2014

Por: Cristián Preece (twitter: @cpreece_)

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Bien temprano en la mañana suena el despertador, uno se ducha, toma desayuno, lleva a los niños al colegio y luego viene un tiempo, a veces exagerado, de trayecto al trabajo. Un par de reuniones, revisar proyectos en curso, planos, responder los varios mails que llegan por hora y ya son las 2. Hay días en que las tripas me avisan que ya pasó esa hora, cuando son algo así como las 4. Visitas de obra, montar pilotos, visitar un par de tiendas, de vuelta a la oficina; reuniones, más planos, ideas, la creatividad a mil y ya son las 7. Un buen rato (más que en la mañana) de vuelta a la casa. Estar con la familia, comer, dormir y vuelta a sonar el despertador. Y así a diario.

Suena bastante depresivo leerlo. Pero es impresionante cómo la pasión por el oficio hace que vivirla (la rutina) sea alucinante. Y aquí el tema.

Habitar viene del latín habitare, frecuentativo de habere. Esto quiere decir que la acción se repite reiteradamente. Algo habitual. No está nada de lejos del concepto de rutina, ya que la rutina es una constante. Y lo habitual también tiene que ver con los hábitos, y no sólo los hábitos de las costumbres, ya que los hábitos tienen relación también con una investidura. En otras palabras, podríamos decir que nuestra rutina es algo así como nuestra ropa, que nos protege y nos expone ante el mundo de tal o cual manera. Por lo tanto, el habitar es un comportamiento que nos evidencia ante los otros, ya que nos identifica y nos hace ser y parecer únicos.

Es justamente nuestra forma de vivir la vida, o la forma de afrontar esa rutina, lo que hace al resto encasillarnos en tal o cual modelo de personalidad. Qué importante es entenderlo de este modo ya que aquí está, a mi juicio, la clave entre la felicidad o la insatisfacción con nuestro mundo propio. Y, por supuesto, la seguridad que proyectamos al resto respecto de nosotros mismos.

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Algo similar pasa en el diseño y la decoración. Al apropiarnos de los recintos estamos habitándolos. En cierta medida, éstos son parte de nuestra rutina, pues es ahí donde desarrollamos gran parte de ésta. Y no sólo en la casa, sino que también es frecuente habitar la oficina, el auto, el Metro, la calle. Todos estos lugares son habitables en cuanto a lo habitual y, por consiguiente, conformantes de este ADN que nos identifica como individuos. Entonces, ¿qué pasa cuando diseñamos un nuevo espacio?

Al enfrentarnos a un espacio vacío o a un nuevo proyecto como profesionales de la materia, debemos hacernos cargo de los gustos de la persona y debemos entender en profundidad sus actividades, sus relaciones, entender su rutina y con esto identificar su hábito. Sólo así se logra la diferencia entre un buen resultado y un resultado de excelencia exento de críticas subjetivas que tienen que ver con el gusto.

Los diseñadores debemos aprender a tener esa capacidad analítica, desde el punto de vista sociológico y sicológico. La dupla con un entendido en esta materia genera resultados abismantes. Lo digo por experiencia propia. Las veces que me ha tocado trabajar a la par con un sociólogo han habido resultados en donde no existe nadie que no logre entender quién habita ese lugar. Y mucho mejor que eso, es impresionante cómo el trabajo en conjunto a un área diferente a la netamente estética y funcional aporta valor para lograr una propuesta consistente.

El diseño y la decoración van mucho más allá de un tema estético. Existen códigos, formas, texturas, colores y patrones que van tangibilizando la personalidad de quienes habitan un determinado lugar.

Todo ambiente que conforma una casa debiese ser irrepetible entre sus pares. Algo así como la personalidad. Si bien es cierto existen ciertos patrones de conductas similares entre un individuo y otro, también existen semejanzas entre una casa y otra en cuanto al color, formas o texturas. Pero el resultado final total no debiese nunca ser el mismo, pues es la personalidad de cada uno, así también nuestros espacios de habitar. Mi rutina es distinta a la tuya.

Tratar de hacerse encajar en un ambiente que no fue concebido en base a nuestra rutina es casi imposible. No podemos construir un espacio para obligar a una determinada rutina, para un determinado modo de habitar. Eso terminaría matándonos y alejándonos de un concepto de felicidad plena. Hay que ser, no parecer.

Y con esto quiero terminar. No existen rutinas mejores o peores que otras. Por consiguiente no existen hábitos mejores o peores que otros. Está claro. No existe un solo modo de habitar y obviamente no existe un solo canon correcto en cuanto a la conformación de un espacio habitable. Todos somos diferentes, únicos e irrepetibles. ¡Hasta el próximo número!

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