Hombre-Mujer, Mujer-Hombre

jueves, 12 julio 2018

INVITAMOS AL ARTISTA E INVESTIGADOR GONZALO PEDRAZA, A ESCRIBIR SOBRE EL ROL QUE HA CUMPLIDO LA MUJER EN LA HISTORIA DEL ARTE, EN EL MARCO DE ESTA EDICIÓN QUE SOLO LLEVA A MUJERES EN SUS PÁGINAS. MÁS QUE UN ANÁLISIS CRÍTICO, EL RESULTADO FUE UNA REFLEXIÓN QUE VA MUCHO MÁS ALLÁ DEL TEMA PARTICULAR Y QUE SE ABRE A OTROS ASUNTOS QUE HOY SE ENCUENTRAN EN PLENA DISCUSIÓN: IDENTIDAD DE GÉNERO, INMIGRACIÓN Y DESIGUALDAD.

Cuando me pidieron este texto percibí una polémica: ¿por qué en un especial de mujeres va a escribir un hombre? La historia a secas, y la historia del arte, son claros ejemplos de hombres que escriben sobre hombres, y cuando se refieren a las mujeres, la primera las omite o las deja en un capítulo en especial, y la segunda –además– las describe en cuadros y esculturas. Hombres que hablan, escriben, dibujan y pintan a las mujeres ha sido lo de siempre. ¿Por qué revista Casas hace lo mismo conmigo? ¿Por qué seguir repitiendo el modelo y no haber sido estrictos en invitar solo a mujeres? ¿Para qué tomar el riesgo? Agradezco la invitación, pero creo que su editora y equipo me debe percibir raro, algo no tan parecido a un hombre: algo así como un hombre-mujer o una mujer-hombre. Esa intuición editorial me la pregunté hace poco y en esta discusión candente sobre feminismo y transiciones de género le pregunté a mi mamá sobre qué pensaría de mí si me cambiara de género y sexo, me dijo: “Ay mijito, usted siempre ha sido doble…”. Ese doblez me apareció en una imagen maravillosa: unos dibujos animados muy antiguos mostraban a un cantante de jazz, por un lado era hombre y, por otro, mujer. Ese “ser”, lo único definido que portaba era su canto. El jazz es improvisación y creo que los géneros y sexualidades podrían tomar ese camino: improvisar ser hombres o mujeres.

Una revista presentó hace poco, en una portada, a cinco hombres con tacos. Los twitters echaron abajo la imagen, pero aun así creo que la editorial fue acertada en poner de manera gruesa el problema: los hombres podemos ser mujeres y las mujeres podemos ser hombres, solo se necesita maquillaje. Y aún más, los hombres podemos ser mujeres y las mujeres podemos ser hombres solo se necesita bisturí. ¿He allí el problema? Para nada, es una decisión personal y política, creo y abogo siempre por las libertades de todo tipo. La portada de hombres heteronormados con tacos le dio en el punto perfecto: el horror de los hombres frente a las manifestaciones de mujeres en las calles y en las redes, algo así: si ustedes gritan, le quitamos sus tacos, o como diría Freud “el miedo a la castración y el uso del taco como un fetiche”. Si así lo pensaron ¡Lxs felicito! Aunque se equivocaron en una sola cosa: en la metáfora de “ponerse en los zapatos del otro”: la experiencia de ser mujer y de ser hombre se proyecta desde los padres y se condena en el alumbramiento: si tiene pene es macho y si tiene vagina, es hembra. Desde pequeños sufrimos esas dos experiencias traumáticas en un cotidiano basado en la nutrición (“los hombres comen más”), en la ropa (celestes y rosados), en la higiene (“las niñas huelen bien”), en los pelos (“te ves bien con barba”) y en todas las relaciones que vivimos en la escuela, con los amigos y el clan familiar.

Creo que esta experiencia dual demarca dos maneras irresolutas e irreparables. Aunque nos maquillemos, aunque nos operemos, nunca estaremos en los zapatos del otro y solo seremos el efecto de nuestra fantasía. Al punto que me atrevo a decir que es una fantasía también para un humano con pene ser hombre o para un humano con vagina ser mujer. Vivimos una realidad prestada con leyes que las impone el nefasto patriarcado: el varón como jefe de la tribu que marcó las leyes y creó la imagen y el sentido de ser mujer y hombre de manera ideal.

Aun así, quiero continuar con la idea de hombres hablando sobre mujeres, o citando casos de hombres-mujeres. En el año 392 a.C. Aristófanes, un gran comediógrafo griego, escribió una obra teatral titulada “Las asambleístas”. Su protagonista, Praxágora, una mujer de la elite ateniense, encabeza un grupo de mujeres que desea gobernar Atenas. En las votaciones se visten de hombres y otros hombres acogen la propuesta con el interés de que cumplan con sus cometidos: el Estado da alimento, hogar y cuidado a todos los atenienses. Defienden la idea de que no pueden haber ricos ni pobres, todos ponen sus bienes en común, repartiendo las tierras por igual. Para muchos estudiosos, la obra plantea un gobierno protocomunista, hasta que el marido de Praxágora le pregunta: “¿Quién cultivará la tierra?”. A lo que ella responde: “Los esclavos”. Los no atenienses –quienes no tienen calidad de ciudadanos– deberán seguir cumpliendo su rol de dominados. Aristófanes da en el clavo: no debemos destruir un patriarcado para instaurar un matriarcado –la idea de un varón dominante por el de una hembra dominante– debería transmutar el concepto de dominación por otro, sino siempre existirán humanos de segunda o tercera clase. Los dominados de nuestra cultura occidental han sido las mujeres. Y no es algo antiguo. Recuerdo mi experiencia ateniense: en mi casa mi mamá nos cuidaba, nos nutria y protegía, también aguantaba cosas que yo no aguantaría. En nuestra Atenas habían nanas –otras mujeres– que cumplían labores más duras: lavar y colgar ropa en invierno, barrer el inmenso jardín, aguantar nuestros berrinches y desacatos. Hoy lo veo todo como un esclavismo a la moderna, y aún continúa en pagos no equitativos, en abusos de poder y sexuales. Pero también bajo esta regla caben los migrantes, los negros, los pobres; todos esclavos haciendo labores duras que una mano blanca con educación se resiste. La comedia de Aristófanes es contemporánea y circular.

Mi tercer hombre-mujer es Rose Sélavy, una intrigante y elegante señora de la década del 40 que lleva un fastuoso abrigo de piel, una mirada misteriosa y un sombrero cloche con extraños signos. Rose es Marcel Duchamp, para mi gusto uno de los mejores artistas visuales del siglo XX. Un artista que construyó un alter ego en mujer y posó para tomarse su famoso retrato en manos del fotógrafo Man Ray en 1920. El nombre Rose se explica porque era el más común y pretencioso de la época, y Sélavy por c’est la vie. Me quiero detener en el sombrero, sus signos no eran imparciales –Duchamp sí que sabía del poder de lo simbólico–, aparecen dos formas que son al mismo tiempo cóncavas y convexas, algo así como hombres-mujeres o mujeres-hombres. Esta dualidad que el artista puso en su cabeza la utilizó para realizar la primera muestra de mujeres del siglo XX. Como mejor amigo –y a veces amante y niñero– de Peggy Guggenheim le aconseja que la tercera muestra que debía tener en su prestigiosa galería en Nueva York fuera solo de mujeres. Así, agruparon a 31 desde las surrealistas, abstractas y las inclasificables (entre ellas estaba Frida Kahlo). Este hombre-mujer fue avanzado. Frida Kahlo, una de las mejores artistas para mi gusto, decía que era el único que tenía los pies en la tierra frente a los idiotas de los surrealistas. Tuvo la capacidad de ver que el “ser mujer” y la “calidad artística” no iban de la mano, la calidad de la obra era medida más por si el artista era hombre y cumplía además todas las exigencias de la heteronorma, fue un aviso a un futuro que instalaría al movimiento del expresionismo abstracto como los machos de la época, su reacción fue el pop y el happening, comandados por hombres homosexuales y un poco amanerados.

No sé cómo terminar este texto. Me ha costado harto. No quiero poner al hombre-mujer, siendo hombre, como el ideal –es la idea de “ideal” la que nos mata–, pero sí quiero proponer pensar de manera más dual o tripartita o infinita el mundo del sexo, del género y la identidad sexual. Soy agradecido de las mujeres, no porque fueron personas dominadas durante mi vida, sino porque hasta el día de hoy me enseñan. La semana pasada mi hermana mayor por 17 años, que tiene dos hijos, con quienes nos amamos profundamente, me dijo: “¿Gonzalo, tú podrías morir a los 84 años?”. Y yo, pasmado, le pregunté: “¿Pero tú tendrías 101 años? “Yo estaré muerta a esa edad”, me respondió. Le conté a un amigo y calculamos que la pregunta era por Vicente, mi sobrino menor, él tendría 60 años, casi jubilándose, con una vida armada y feliz, por tanto mi pérdida sería más contenida y natural. Quedé impresionado: las mujeres tienen esa capacidad de pensar en el otro que aman antes que ellas, las mujeres saben amar. Esa capacidad sería tan útil para los hombres. Los invito a aprenderla, nunca es demasiado tarde.

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