Ingo Maurer, 12 de mayo de 1932

miércoles, 17 mayo 2017

Este diseñador industrial es uno de los grandes genios del diseño del siglo XX que aún sigue vivo. El “poeta de la luz” como se le ha denominado, ha trabajado toda su vida en torno a ese elemento, dando vida a gran parte de sus creaciones.

Por: María José Mora D.

El diseñador alemán Ingo Maurer pudo demostrar, gracias a su enorme talento y mucha creatividad, que la iluminación de los ambientes es primordial y puede transformarse en la protagonista de un lugar.

Hijo de pescador, nació con un don especial en su manera de ver el mundo. Él, en vez de ver oleajes y marejadas, veía haces de luz y ráfagas luminosas que atravesaban las aguas inquietas. Así fue como este affaire lumínico siguió en el tiempo y se hizo profesional en el minuto en que optó por entrar a estudiar diseño gráfico en Münich. Tras esos estudios, Maurer decidió en 1960 ir a buscar oportunidades y nuevas ideas a Estados Unidos. Durante tres años, trabajó como diseñador freelance en las ciudades de Nueva York y San Francisco, para luego volver a Alemania y fundar el Estudio M, donde se dedicó completamente a fabricar, diseñar y distribuir lámparas. Desde ese momento, esta oficina no ha dejado de crear, inventar y ganar diversos premios en todo el mundo. Las piezas de Maurer pueden verse en museos de la talla del MoMA de Nueva York, el Victoria & Albert Museum en Londres o el Centro Georges Pompidou en París. Todo esto, sumado a que ha sido el encargado de crear la iluminación y el alumbrado de diversas pasarelas, edificios y monumentos como el Atomium de Bruselas, lo convierte en uno de los diseñadores lumínicos más respetados de la actualidad.

Su primera creación fue Bulb, hecha en homenaje a Edison en 1966, y se transformó en la primera de una seguidilla de éxitos. Una de las más reconocidas por el público en general es la “Lucellino”, lámpara de pie en donde la ampolleta posee una alas de plumas de ganso. Y esa es una de las características de Maurer, él es pionero en la descontextualización de objetos, ya que en sus creaciones usa desde botellas de Campari hasta platos rotos. Esa capacidad de juego y de no estancarse lo han convertido en un rara avis del diseño. Ingo se arriesga, ya que bajo su visión de vida quien no se arriesga vive menos. Es esa visión de sí mismo la que lo ha hecho ser admirado y por muchos considerado un verdadero artista, cosa con la que él está totalmente en desacuerdo: “Creo que es importante ser generoso en la vida. No quiero que se me clasifique como un artista, soy sobre todo alguien que hace cosas, y estoy contento así”, dice Maurer.

Su trabajo cuenta historias, muchas llenas de humor y optimismo. Maurer finalmente crea, diseña y fabrica experiencias. Hasta el día de hoy su estudio funciona de una manera semi artesanal, porque a pesar de que use mucha tecnología y esté siempre a la vanguardia de las nuevas tendencias en iluminación, en su oficina trabaja con unas 70 personas que le ayudan a llevar a la realidad sus más alocadas ideas, como la de que en el futuro no habrán lámparas. “Emocionalmente costará dar el paso. Una lámpara sigue siendo hoy como una vela, algo arcaico, aunque en la mesa, tal como la usan en los restaurantes, te desdibuje la cita romántica”, explica.

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