Jorge Tacla: “Mi lenguaje pictórico está inmigrando todo el tiempo”

viernes, 5 enero 2018

Pinturas en gran formato que buscan dar cuenta del daño y desmoronamiento de lo que nos rodea, temática que ha sido trabajada por el artista a lo largo de tres décadas de trayectoria, conforman “todo lo sólido se desvanece”, muestra que presenta en Corpartes hasta el 21 de enero de 2018. Bajo la curaduría de Christian Viveros-Fauné, la exposición incluye dos obras creadas especialmente para esta exhibición y otras ocho nunca antes vistas.

Por: Montserrat Molina

La última muestra de Jorge Tacla lleva por título un fragmento de la famosa frase del Manifiesto Comunista de Karl Marx: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Este título, elegido por el curador de la exposición, Christian Viveros-Fauné, hace referencia a la destrucción física de los edificios captados por el artista, así como también al mundo simbólico de su obra, donde cualquier tipo de estructura, sea cultural, social, religiosa o política, es susceptible de desaparecer. “Esto, porque mi trabajo crea una inestabilidad constante. Trabajo con los espacios arquitectónicos, las ciudades, los albergues, en el momento antes de la destrucción o ya cuando están convertidos en escombros y se desvanecen. Cuando una materialidad como el cemento se destruye, se produce una nube que sube y se desvanece, y finalmente queda un registro en el cielo, en el espacio azul. Por ejemplo, una de las obras que no está en la muestra, pero sí en la portada del catálogo, se llama ‘Masa de vapor 1’, que fue la primera que hice después del atentado del 11 de septiembre en Nueva York. Se trata de una nube negra, cargada de muerte, cemento y de humo, y esta nube negra que sube cargada de información termina desvaneciéndose en el aire”, explica Jorge Tacla, radicado en Nueva York desde 1981. 

“Todo lo sólido se desvanece” abarca cuatros períodos de su trabajo e incluye algunas pinturas de sus series más aclamadas, como “Identidades ocultas”, “Escombros”, “Restos alterados” y “Señal de abandono”, además de dos obras especialmente creadas para esta muestra y otras ocho no exhibidas previamente. También incorpora una “Mesa de trabajo”, la cual intenta explicar parte del proceso creativo del artista a través de sus notas, dibujos, recortes de periódicos, fotos y cuadernos. Por último, incluye el video “Informe de lesiones” (2016), donde se hace memoria en torno a la quema de libros ocurrida en 1973 en “el Pedagógico”, como se conocía al antiguo Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. “En mis trabajos hay conceptos acumulados que se van yuxtaponiendo y que van estableciendo un paralelo con conceptos de la actualidad. Los problemas agudos de la sociedad actual, como la guerra, la violencia humana, la destrucción, están comercializados por los medios de comunicación, creando una distorsión y una paranoia en la sociedad. El arte es un espacio contemplativo que se suspende y se separa de la irracionalidad de los medios; es de los pocos espacios que quedan con libertad para hablar de estos conflictos. Estos se repiten en la historia, y en mi caso, yo hilvano casos particulares para hablar de la situación global”, afirma el artista.

–¿En esta muestra se unen cuatros series?

–En la primera hay una obra del año 1988, cuando trabajaba con la figura como símbolo, que muestra en el centro de la tela una figura desolada. El curador quiso incluirla como referente de la fijación que yo tuve con Bacon en los años 70, cuando vivía en Chile. Luego hay una obra que se muestra por primera vez, que tiene seis paneles y se llama “Paño de lágrimas (Imágenes accidentadas)”, porque esa obra pasó por muchos accidentes en mi taller en Nueva York, que se inundó en 1996, y en mi taller en Chile, con el terremoto de 2010. Nunca antes se habían abierto esos rollos y, sorpresivamente, están en muy buenas condiciones. En este trabajo se puede ver mi primer acercamiento a las estructuras de los edificios. Después hay una obra de los años 90, que tiene que ver con la época en que realicé el proyecto del Guggenheim en el desierto de Atacama, cuando mi trabajo empezó a representarse solamente en el sistema del negativo fotográfico. Después vino la serie “Camuflaje”, de la cual no hay registro en esta muestra. Y mucho después comienzan las otras tres series: “Identidades ocultas”, “Escombros” y “Señal de abandono”.

–La exposición incluye dos obras nuevas que hizo especialmente para esta muestra.

–Corresponden a la serie “Señal de abandono”, que es la última que estoy trabajando. Quise hacer dos obras que fueran muy representativas de esta serie: “Señal de abandono 20” y “Señal de abandono 21”. Realizadas con óleo y cera fría sobre tela, conforman un relato en torno a la desaparición de los espacios físicos y el desvanecimiento de sus funciones originales, convirtiéndose en verdaderas escenas de abandono. Así, “Señal de abandono 20” muestra el conflicto social de la ciudad de Homs (Siria), en abril de 2017: lo que se observa en esta obra ya está desapareciendo y refleja el desquiciamiento humano, la destrucción y la inestabilidad. “Señal de abandono 21”, por su parte, representa la biblioteca del Trinity College en Dublín, una de las más importantes del mundo, como un lugar desolado, vacío y sin vida. Esto está relacionado con la pérdida y el desamparo de la cultura. Las bibliotecas son espacios de conocimiento, pero estos espacios públicos están siendo abandonados. Lo que me interesa de estos espacios es que no están destruidos, pero sí han sido dejados de lado. Existe un abandono cultural y un deterioro intelectual”.

–Sus temas son siempre globales, están presentes Líbano, Siria, Oklahoma y el atentado del 11 de septiembre en Estados Unidos, entre otros; ¿qué encontramos de Chile en su obra?

–La obra “Identidad oculta 25”, sobre La Moneda bombardeada y destruida, pertenece a una serie muy extensa. Tiene que ver con un proceso histórico que sucedió en Chile, con un punto de quiebre, pero también fue la primera vez que me enfrenté con la vulnerabilidad de un edificio institucional. Era un espacio de poder: la casa del Presidente, el lugar donde se gestaban los procesos políticos. Después, reveló ser vulnerable: tanto, que terminó en llamas. Este suceso quedó grabado en mi disco duro como la fijación de la fragilidad de las instituciones, tanto en su arquitectura como en el imaginario que evocan. Todos los años creo una obra nueva de esta serie: es como el registro de la memoria. Es un testimonio de cómo el acontecimiento va cambiando en el recuerdo, cómo se transforma y reestructura con las nuevas visiones que tengo en cuanto al oficio, a los focos de interés, a la materialidad. Es como un cuerpo que se va vistiendo y desvistiendo todos los años, un pilar de todo lo que siempre hago alrededor, que está presente porque es un hito en mi memoria y me sujeta siempre al lugar donde nací, a la demanda original de mis preocupaciones y de mi foco. Es como volver a la exigencia original.

–¿Y del Chile de hoy qué es lo que vemos?

–Mi foco de interés aquí está en el cambio que se está produciendo por la inmigración. Estoy involucrado en este tema prácticamente desde el primer día de mi vida; he estado involucrado desde antes de poder estar consciente de que lo estaba, desde que inmigraron mis abuelos. Ha sido un tema muy recurrente en mi vida, y en mi obra. El inmigrante, el nómada, apenas siente que la situación se pone cómoda, se muda precisamente para complicar su situación otra vez: esto es también lo que hago con mi trabajo. Por eso no trabajo con un sistema representativo de una sola identidad. La serie “Identidades ocultas” tiene un lenguaje representativo que es muy diferente de la serie “Escombros”, y de acuerdo con esa exigencia hago una mutación de la materialidad y, a la vez, un cuestionamiento, un juicio muy crítico a la materialidad que ocupo para ese concepto. Y esto tiene que ver con la inmigración. Mi lenguaje pictórico está inmigrando todo el tiempo y complicándose todo el tiempo también. En Chile me ha llamado mucho la atención lo que está sucediendo con los extranjeros que están llegando para quedarse. Creo que la etnicidad chilena va a cambiar: de aquí a quince años más veremos un pueblo nuevo, distinto, tal como sucedió en Chile antiguamente, algo que la gente, por alguna razón, no quiere recordar. El nuestro es un país de inmigrantes y de mezclas. Primero llegaron los españoles, no inmigrantes, sino invasores, que se mezclaron con los indígenas por medio de la violencia; más adelante llegaron alemanes, croatas, italianos y árabes. Hoy también hay peruanos, colombianos, cubanos, haitianos y venezolanos que están haciendo labores que hacían falta. Esto mismo les pasó a los inmigrantes árabes, que encontraron en Chile espacios vacíos. Hoy esta ciudad se está poniendo mucho más cosmopolita, interesante y enriquecedora.

–Teniendo en cuenta que lleva 36 años viviendo en Nueva York, ¿formará parte de su trabajo la figura de Donald Trump?

–Pasó a formar parte de la conciencia, porque es un personaje destructivo, agresivo y es un matón. No tiene ninguna política positiva ni calidad en cuanto a su comunicación: por el contrario, es sumamente agresivo, básico en su discurso y peligroso en sus objetivos. En muchas ciudades grandes y multiculturales de Estados Unidos hay un tremendo rechazo hacia él. Esto es especialmente cierto en Nueva York. Antes de que saliera presidente, su vida transcurría en esta ciudad, y mucha gente lo veía como un personaje excéntrico, dedicado a los negocios inmobiliarios y a su programa de televisión, un “reality show” del que era anfitrión y productor. Nadie lo tomaba más en serio que eso. Hoy, en cambio, sí está afectando a muchas personas con su discurso antiinmigración, además de que es muy racista y misógino, lo que se evidencia en su discurso y en sus políticas. Actualmente, todos sus opositores, que somos muchos, estamos rebelándonos día a día y denunciando continuamente lo incoherente de su presidencia. Sus últimas tres decisiones son catastróficas.

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