José Cruz Ovalle El resonar de una vida

viernes, 22 noviembre 2013

Escuchar a este Premio Nacional de Arquitectura 2012 es, a ratos, oír a un poeta. Su manera de hablar, pausada y de largos silencios, demuestra que cada idea que transforma en palabra, ha sido muy bien pensada. Así mismo es su obra, la que mezcla minuciosidad, creatividad y, sin duda, poesía.

Por: María José Mora D. / Retrato: Bárbara San Martín S. / Fotos obras: Gentileza José Cruz O.

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Entrevistar a José Cruz supone todo un desafío. Sí, porque este hombre siempre va más allá, ya sea en la arquitectura o en las palabras, y eso intimida. Tremendamente reacio a las entrevistas y más a las fotos, tomó por sorpresa a nuestro equipo cuando nos dio el sí. La conversación se transformó en un deleite y en una verdadera clase magistral de arquitectura, en la que nos mostró su particular visión de esta disciplina, por la que aún siente verdadera pasión y entusiasmo. “Lo bonito de la arquitectura es que hace aparecer tu propia vida. Una obra es la que desata el aparecer de ella a tal punto, que ésta no se vuelve presente del todo hasta que un determinado proyecto hace que esos episodios emerjan, y estos lo hacen desde una nueva mirada. El asunto es que el arquitecto sea capaz de tomarlas e introducirlas creativamente en la obra, haciendo así, que cada proyecto sea único e irrepetible. Finalmente, vida y obra pasan a ser una sola cosa”, enfatiza Cruz. Y son estas vivencias las que se reflejan en algunos de sus proyectos más emblemáticas, como el pabellón chileno de la Expo Sevilla 92, proyectado en conjunto con Germán del Sol, la bodega de Viña Pérez Cruz, los hoteles Explora Rapa Nui y Patagonia, y el edificio de la Universidad Adolfo Ibáñez en Peñalolén, entre otros. En cada uno vuelca toda su creatividad y entusiasmo.

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“Ciertamente, cuando te hacen un encargo, siempre es como un fardo que te cae en la cabeza, pero luego le sigue algo así como un fervor creativo que es lo que te lleva finalmente a poder acometer el proyecto. Si esto no apareciera, no se podría hacer nada”, cuenta Cruz, quien estudió arquitectura primero en la Universidad Católica y luego en Barcelona, aunque tardó varios años en ejercer esta profesión. “No trabajé como arquitecto luego de titularme, ya que sentí que la distancia que había entre concebir un proyecto y consumarlo, era gigantesca. Entonces me decidí por la escultura, donde el acometer y el consumar se dan en una inmediatez. Por eso digo que con la arquitectura me fui encontrando, porque cualquiera hubiera podido pensar que me iba a quedar en la escultura”, explica el Premio Nacional.

–¿Cómo influyó la imagen de tu tío Alberto Cruz en tu aproximación a la arquitectura?

–En un principio no sabía cómo recibir todo eso, creo que no era capaz de encontrarme con ello, no sé si se entiende, pero por eso decidí no entrar a estudiar a la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, en la que había sido aceptado. En verdad a los 18 años una elección no es el resultado de un razonamiento consciente, porque a esa edad no se tiene plena lucidez de las cosas –la verdad es que nunca se tiene–. Pero de algún modo me encontré, años después, con esa escuela. Cuando terminé la universidad en Barcelona comenzó a rondarme, de un modo involuntario, su obra; paulatinamente me fui encontrando cada día más urgido por sus ideas. De alguna manera se dio un encuentro: Amereida, la Capilla de Pajaritos, el estudio sobre Achupallas… lentamente fue apareciendo el fundamento de la escuela: la observación, el acto, la forma. Tal vez uno no se encuentre jamás con aquello para lo que no esté preparado.

–¿Este encuentro con las ideas de la escuela de Valparaíso fue lo que te motivó a mirar la arquitectura de otra forma?

–Claro, las cosas pasan de a poco, van sucediendo. Yo me encontré primero con el escultor vasco Jorge Oteiza, quien generosamente me mostró los alcances de la escultura en el arte moderno, a través de una visión abstracta, que era la que me importaba. El me abrió su taller, me mostró sus obras, compartió su punto de vista; en cierto sentido, su actitud fue la de un maestro. Luego de un largo periplo por la escultura y la abstracción, poco a poco, fue apareciendo la arquitectura. Algunos pensaron que nunca ejercería y ni yo lo tenía claro, no me interesaba ser un profesional… La verdad nunca me ha interesado demasiado, pero reconozco que esa dimensión del oficio no puede estar ausente si se quiere llevar a cabo una obra construida, por tanto hay que tomarla en serio.

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–¿Qué significa la arquitectura para ti?

–Siempre he entendido la arquitectura como un arte y, por lo tanto, como una concepción de mundo. Dentro de eso, y considerando que uno se mueve en un territorio de creatividad artística, también es una pasión.

–¿Crees que todos los arquitectos la ven como un arte?

–Seguramente no, pero para mí se trata de una relación entre lo sensible y lo inteligible, entre la mente y los sentidos, porque la arquitectura se “encarna”, no es solamente entelequia. Constituye por eso un modo de pensar la realidad, pues a un tiempo contempla lo visible e inventa lo aún no visible. La invención, por cierto, es aquello que mueve el límite del mundo. Creo que cada obra de arquitectura, es única e irrepetible y, por lo tanto, no obedece a modelos. Esto me parece que establece una diferencia con otras posiciones.

–¿Cuál fue el primer encargo que tuviste en tu vida de arquitecto?

–Mmm, mi primera obra fue una fábrica en Tarragona, España. Recuerdo que era una fábrica de válvulas de alta presión para una central hidroeléctrica. Hicimos un invento con un amigo.

–¿Y sigue en pie?

–¡Por supuesto! Era una empresa importante. Ese fue el primer encargo, no me explico cómo confiaron en mí, creo que fue un acto totalmente suicida.

–En el 2008 recibiste uno de los premios más importantes a nivel mundial de arquitectura, el Spirit of Nature Wood Architecture Award, el que se te dio por tu gran trabajo en madera y que han recibido arquitectos de la talla de Renzo Piano y Peter Zumthor. ¿Qué rol juega la madera en tu trabajo?

–Yo empecé a trabajar con ese material, en un principio tenía una postura con respecto a ella. De hecho, para recibir el premio me pidieron escribir un texto que titulé “La madera y el espacio”, en el que planteaba que todas las vanguardias del siglo XX, que fueron las que abrieron el arte moderno –incluyendo la arquitectura y la escultura–, tuvieron una concepción que partía de pensar que la abstracción requería de una desmaterialización de la materia, para lograrla. Esto en la arquitectura se traducía en el muro blanco suspendido, en el paramento de cristal. En la escultura había que pasar del brillo a la transparencia. Pero yo empecé a preguntarme cómo abstraer sin necesidad de desmaterializar, si era posible hacer una escultura con madera que considerara el espacio, el vacío, y que no fuera concebida como un bloque, como era el caso de Henry Moore. La libertad de forma y de tamaño me permitieron entender la madera desde otro punto de vista. Esto tuvo mucha importancia en lo que vino después en mis obras de arquitectura.

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–¿Qué significan los premios para ti?

–Siempre que se habla de estas cosas se produce una falsedad, porque uno tiene que asumir lo que le toca, entonces si uno se gana un premio hay que asumirlo, no vale decir “no me importa”, porque es fácil decir que da lo mismo, pero eso lo dices porque lo ganaste… Yo creo que el punto es otro. Me preocupa que los premios me hagan perder la libertad interior, algo así como un desprendimiento. Creo que sin cierto grado de desprendimiento no hay libertad creativa; en ese sentido pueden ser un gran lastre. También hay mucho de casualidad en estas cosas. Alguien decía que los premios eran una suma de malos entendidos, simplemente tocaron. Y desgraciadamente no mejoran la obra, sólo cambian el modo como algunos puedan verla.

–¿Cómo dialoga la visión del arquitecto con la visión del cliente?

–El cliente, en general, no tiene visión, sólo tiene nociones, puede querer una casa con tales características, con tantos dormitorios, amplia, etc. Aunque me ha tocado alguna excepción. Cada persona es un caso único y con cada una podrá haber más o menos diálogo, pero generalmente una persona que no es arquitecto difícilmente puede ver totalidades. Puede prever, pero no anticipar, un arquitecto anticipa, y ve totalidades que aún no existen, así como un músico puede oír una melodía que no se ha creado aún. Uno escucha al cliente, pero el arquitecto tiene que llevar sus ideas mucho más allá. La arquitectura no es solamente uso, es lo que lo trasciende, es destino, sino sería simplemente edificación.

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–¿Hay alguna autocrítica que le hagas a tu trabajo?

–Bueno, se vive en eso, dentro de eso. La vida de un arquitecto es así; siempre la obra podría haber sido la flecha que se clava al centro del blanco, pero nunca se clava allí, y a veces, hasta pasa de largo… Es que el arte no agota jamás lo que propone. Algunos piensan que el lenguaje puede acceder, pero hay cosas que están fuera de su alcance y ésta es una de ellas…. Es como si me dijeras: “José hagamos una cosa. Anda a ver tus obras como si no fueras arquitecto”. Qué diría yo: “No puedo, porque ya estoy atrapado ahí, no puedo salir, no es posible ver la obra, sino desde dentro…, que yo sepa, nadie puede ver el mundo desde fuera de sí mismo ”.

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