Juego de luces

martes, 24 abril 2018

Proyectada por Matías González y Alfredo Fernández, de por FG arquitectos, en conjunto con Marcela Demaria, esta casa en Costa Cachagua se integra al entorno y ofrece vistas privilegiadas al paisaje.

Por: Catalina Plaza S. / Fotos: Jorge Bustos P.

En esta casa, las líneas de la arquitectura contemporánea se conjugan con elementos cargados de historia, como la puerta principal, vigas, pilares y basas de piedras que provienen de la demolición de una casa de la misma familia en Linares luego del terremoto de 2010. Un contrapunto interesante al que los arquitectos Matías González y Alfredo Fernández, de Por FG Arquitectos, y Marcela Demaria supieron sacar partido.

El punto de inicio para desarrollar el proyecto fue que la casa debía adaptarse a las necesidades de una familia que buscaba “recibir a mucha gente de forma acogedora y fácil, además de privilegiar las áreas comunes y siempre resaltar las increíbles vistas del terreno”, comenta la propietaria que además agrega: “Siempre nos ha gustado la arquitectura, por lo que su diseño era importante para nosotros, con espacios que fluyeran de forma simple, dejando sorprender al recorrerla. Al tener una familia de 5 niños y muchos amigos, era importante para nosotros la amplitud de las áreas comunes y sentir que pueden convivir distintos grupos dentro de la casa sin sentirse invadidos unos de otros. Los materiales, al igual que el diseño, fluyen uniendo el hormigón a la vista, maderas recicladas y el mármol con corte largo y angosto, que forman una unión armoniosa”.

Los arquitectos, los mismos de la casa en Santiago de esta familia, buscaron “amarrar” la casa con el jardín de la cancha de golf. “Este era uno de los últimos terrenos que quedaba y tenía una vista muy privilegiada y despejada. Había que hacer una casa se vinculara con el paisaje para no leer los límites. Lo primero era considerar este entorno, que es muy campestre, y frente a ese espacio que es muy amplio, quisimos generar espacios interiores más íntimos”, explica Matías González. De esta forma, desde el acceso, se produce un interesante recorrido que revela la casa por momentos. Antes de la puerta principal, un pequeño puente sorprende en la entrada. “Fuimos haciendo una suerte de esclusas para acceder. Se bajan unas gradas, se llega a un pasillo, luego a un patio de acceso y a un puente”, señala el arquitecto.

Ya en el interior, la casa se divide en tres niveles, uno destinado a las áreas comunes y a las habitaciones para los adultos; en otro nivel, las piezas de los niños y la salita y, finalmente, sobre la casa, un área muy privada donde su dueña tiene un taller de escultura.

Para Marcela Demaria, uno de los principales desafíos del proyecto de arquitectura tuvo que ver con aprovechar las vistas, pero como están justamente al sur, donde pega menos el sol, se necesitaba intervenir para dotar a la casa de luz natural la mayor cantidad del tiempo posible. “En el frente generamos una terraza corrida que da hacia el sur, sin embargo uno de los patios le entrega la luz por el costado. Lo mismo sucede en el living”, explica la arquitecta. Una ventana en el living, busca que las vistas se dirijan al cielo, entregando una nueva perspectiva y logrando que el paisaje se disfrute desde otra mirada. Además, ciertos cambios de altura en el cielo del living logran un interesante juego espacial.

Respecto a la materialidad, si bien se trata de una construcción austera en cuanto a los materiales, la elección de la piedra tuvo que ver con la idea de que el zócalo de la casa se fundiera con el cerro y con el paisaje agreste que caracteriza la zona. El paisajismo, otro elemento que incide en los anterior, fue desarrollado por la paisajista Carol Krämer.

 

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