La casa Yarur y la historia de su arquitectura: Un yate mar adentro

miércoles, 5 septiembre 2018

ESA ES LA IMAGEN CON QUE EL HISTORIADOR ALFREDO JOCELYN-HOLT DESCRIBE LA MÍTICA CASA DE JORGE YARUR BANNA. UNA CONSTRUCCIÓN DE AVANZADA PARA SUS TIEMPOS, EN QUE EL GRAN EMPRESARIO TEXTIL Y BANQUERO PLANTEÓ UNA ARQUITECTURA MODERNA Y ÚNICA. AQUÍ, UN RECORRIDO POR LOS SALONES DE ESA HISTORIA Y LO QUE PROYECTÓ DESDE ALLÍ LA FAMILIA YARUR.

Por: Claudia Alamo / Fotos: Matías Bonizzoni y Museo de la Moda

En cada ciudad, en cualquier lugar recóndito en el mundo, hay casonas que no solo guardan una historia, sino que marcan épocas y ofician de símbolos arquitectónicos. Son casas que dibujan un tiempo, que hablan por sí solas y quedan como voces de lo que alguien quiso decirnos en un momento determinado.

Algo de ese aroma pasado olió el historiador Alfredo Jocelyn-Holt cuando comenzó a investigar la casa de Jorge Yarur Banna y que luego heredaría su hijo, Jorge Yarur Bascuñán, para escribir su recientemente publicado libro: “La Casa del Museo”.

Luego de muchas entrevistas con arquitectos, de navegar por la historia familiar y de los convulsionados últimos 30 años, Alfredo Jocelyn-Holt entrega una obra que pincela y permite entender el porqué y cómo se levantó esa omnipotente casona ubicada en la esquina de Vitacura con Bartolomé de las Casas, una de las cuadras más preciadas de Santiago. Esa casa que hoy alberga una inédita colección de vestuario –El Museo de la Moda– fue pionera en lo que se construía en Chile de fines de los años 50 y comienzos de los ’60. Las grandes familias vivían en casas neoclásicas. No existían precedentes de lo que ya estaba sucediendo en Estados Unidos, especialmente en California. El empresario Yarur tenía una fascinación por ese país; proyectaba el progreso norteamericano en Chile. De ahí que, a través de revistas de arquitectura y decoración, se comenzó a gestar un deseo íntimo de cómo quería vivir y diferenciarse de su clan. Lo sabía clara y decididamente. Jorge Yarur llamó a la oficina de arquitectos Bolton, Larraín y Prieto. Ya habían trabajado juntos en otras propiedades del empresario, pero además uno de ellos, Sergio Larraín Prieto, fue uno de sus más cercanos amigos hasta el final de sus días. “Uno de los hombres más ricos de Chile les pide que hagan su casa, pero para la historia de la arquitectura chilena pareciera que no existieran”, reflexiona el escritor.

Yarur tenía 41 años, estaba recién casado con Raquel Bascuñán, cuando comenzó la construcción de su nuevo hogar. Por ese entonces ya era uno de los hombres más ricos de Chile. Podría haberse comprado la casa más fastuosa de la ciudad, pero quiso construir la propia y participar en cada uno de los procesos. Como dice el propio historiador en su libro, ese lugar “no nace del capricho extravagante de un heredero de una de las fortunas más grandes de Chile. Es una casa enteramente personal. No es una residencia más de un exitoso”. ¿Por qué? ¿Qué la hace tan única, tan personal? Lo primero es su diseño, la transparencia total de sus ventanales, sus terminaciones, sus enormes dimensiones. Hablamos de una casa de mil 400 metros cuadrados construidos en ese entonces –luego se agrandaría a 1.774– y en un terreno que se calculaba en 13 mil 760 m2 para 1983. Es una casa única por sus terminaciones, por la transparencia de sus ventanales, por los alones de sus techumbres, por sus largos corredores, por su jardín inmenso con tintes japoneses. Según afirma Alfredo Jocelyn-Holt en su libro, no existe otra casa en Chile que se le compare en sus proporciones ni de su clase ni de su época. En ese entonces no se encontraba nada semejante en otros barrios como El Golf o Pedro de Valdivia Norte. Se dice que era una verdadera casa de cristal por sus enormes ventanales de piso a techo (son catorce paneles) con bordes de aluminio-cromo color bronceado que dan a la terraza. Para el Chile de ese tiempo, era una casa inédita, de estilo contemporáneo, muy basada en la arquitectura modernista de California, el llamado estilo “Mid-Century Modern”. Algunos la describen como una casa laberinto por las muchísimas salitas de estar, dos comedores, uno en que se pueden sentar cómodamente 16 personas: escritorio, el enorme living, la habitación de Jorge Yarur padre y la de su señora, que tenía una pieza propia con chimenea y un gran vestidor personal. En el libro se relata que había un living abierto al que se llegaba por una gran galería, que era el lugar más usado de la casa. Ahí se reunía el matrimonio, veían televisión, tomaban sus aperitivos y comían en la noche. La casona era tan grande que había citófonos por todos lados. Adicionalmente, hay un enorme subterráneo de más de 300 metros cuadrados, con sala de cine, bodegas y salas para la caldera y otras máquinas. La casa también tenía un huerto y una cancha de tenis. Y, claro, estaba la zona de la piscina con quincho, chimenea, camarines y otro bar muy amplio porque a Jorge Yarur padre le gustaba mucho la coctelería y preparar los tragos para sus amigos. Si bien los espacios eran enormes y se celebraban pocas fiestas al año –para San Jorge y los cumpleaños–, la vida social era poca. Los fines de semana llegaban los amigos más cercanos, pero era un espacio más bien íntimo, a pesar de toda esa transparencia. De hecho, nunca se publicó en ninguna revista de decoración. El lugar se mantuvo a resguardo. Era una suerte de templo para los Yarur Bascuñán. Había un enorme apego con el lugar. Jorge Yarur se fue un tiempo a vivir Buenos Aires, pero regresó a los dos meses porque extrañaba su espacio. Jorge Yarur hijo señaló hace años en revista “Cosas” que prefería quedarse en casa que salir con sus amigos. Era un refugio. Y por eso, el heredero la ha conservado con el cuidado que uno le pone a las cosas sagradas.

Preservarla es un lujo. “Una extravagancia cada vez más infrecuente”, dice el autor del libro, “incluso entre los sectores más conspicuos de la alta burguesía chilena, supuestamente conservadores o tradicionalistas, pero quienes no preservan”, añade. Hay un dato que no se puede obviar y es la condición de inmigrante de los Yarur; una familia más bien nómada que, finalmente, decide asentarse en Chile. De ahí que, como bien explica Jocelyn-Holt, su lealtad a la casa es una lealtad con la necesidad de un mundo ancla; con la necesidad de instalarse. “Porque aun cuando es una casa que les queda grande, sin embargo, don Jorge se aferra a ella”. Y explica que durante la UP, cuando se toman la fábrica e intervienen el banco, Yarur se va a Buenos Aires, arrienda un departamento gigantesco, pero vuelve a los dos meses. No quiere estar fuera de su casa. “Hay tres generaciones que se sobreponen a la adversidad fuertemente. A mí me impresionó mucho conocer a Jorge hijo. Ha enfrentado momentos durísimos en su vida y ha logrado mantener ese espacio, preservarlo. La casa esta súper cargada de esa historia, de esa energía. Por eso creo que la casa un referente fundamental para él. Jorge no se puede deshacer de ella porque se desconectaría de esa fuerza que, de alguna manera, le ha permitido sobrevivir a situaciones muy fuertes, siendo él muy solo”, sostiene el historiador.

–Para una familia con pasado inmigrante, ¿la casa es un anclaje?

–Totalmente, es el paso del nómada al enraizado. Don Jorge tenía una relación simbiótica con su casa. No solo porque lo ancla, sino porque para él representaba el progreso y la modernidad que debía tener nuestro país. No estaba en su mente producir la ostentación.

–¿Qué simboliza esta casa?

–Es símbolo de muchas cosas. Pero, principalmente, Jorge Yarur Bascuñán hereda un vínculo. Y ese vínculo supone raíces. Esas raíces son la casa. Y, cuidado, esta es una antigua idea. Las casas romanas eran fundamentales porque eran el lugar donde se honraban a los antepasados. Es el lugar donde uno puede caer muerto.

–Dices que la casa no buscaba ostentación, pero sí había una omnipotencia en el tamaño por las dimensiones que tiene ese lugar, ¿no?

–Es una casa con ciertos lujos. Yo la comparo con un yate mar adentro. No es un yate estacionado en la orilla llamando la atención. No, es un yate que está lejos de todo. Hago esa comparación porque en la época en que se construyó esa casa, aparecieron los grandes navieros griegos como Aristóteles Onassis. Eso era el epítome de la riqueza.

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