La decoración evoluciona con nosotros

jueves, 28 noviembre 2013

Por: Cristián Preece (twitter: @cpreece_)

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El otro día, conversando con mi amiga Paula Undurraga, llegamos al tema de cuántas veces habíamos cambiado la decoración de nuestras casas en estos años. Y con esto no me refiero a comprar uno que otro objeto nuevo, sino que a cambios importantes, que dan un nuevo aire a nuestros ambientes. La respuesta fue: varias.

Esto no tiene que ver con que trabajemos en este rubro y que al estar todo el día vinculados con la “belleza” no podamos desconectarnos, ¡Si no, ya estaría hace rato en banca rota! Esto tiene que ver con los ciclos de vida, y como éstos van materializándose en la decoración de nuestras propias casas.

Parto el relato pensando en el momento en que uno se va a vivir solo y pasa a ser responsable de los propios espacios. Estos van construyendo nuestro mundo íntimo, el cual a mi juicio debe ser el reflejo de nuestra esencia.

Es evidente que uno siendo estudiante o partiendo la independencia no tiene “ni uno” para dejar la casa como quiere, pero en lo que a mi experiencia refiere y en lo que he visto en varios amigos, es el momento en que el ingenio brota en todo su esplendor. Estoy seguro que ésa fue mi etapa más creativa, porque con nada tenía que hacer maravillas. El living lo constituía una magnífica escultura hecha de una rama seca con lucecitas blancas, una mesa de centro de puras revistas viejas y sobre éstas un vidrio reciclado, un sofá viejo de cuero, un tambor metálico de basura puesto al revés a modo de mesa lateral, varias ampolletas juntas –con cable, soquete y todo– como una genial lámpara lateral, un jarrón de agua transformado en florero (con flores cortadas de algún jardín por ahí, porque aún no concebía pagar por flores) y un par de bancos de madera para completar el recinto. ¡Magnífico! Lo que denomino “decorar con pocas lucas”. En esta etapa de la vida creo que somos muy auténticos, despojados de todo prejuicio y con una energía brutal que se canaliza en cada rincón.

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Luego empezamos a trabajar y aumenta nuestro nivel económico y comúnmente a nuestras solitarias vidas se les suma otra persona. La casa ya deja de tener ese “look soltero” y adquiere un cuento más familiar, sin perder lo lúdico, suelto y taquillero que caracteriza a la juventud. Los muebles son ya mejores, comprados en algún anticuario o de alguna tienda de decoración de moda. Aparecen los primeros cuadros y, a los que somos un poco más tradicionales, los regalos de matrimonio nos ayudan bastante a conformar un ambiente más completo. Queremos que nuestra casa sea el local perfecto para invitar a amigos, relajarnos y pasarlo bien. Los gustos se pulen un poco y ya empezamos a tener fascinación por fetiches que otorgan un sello único a nuestras casas. Queremos estar a la moda y crear un ambiente constituido, pero con un dejo experimental. Así como en las etapas de la vida ésta sería una perfecta pubertad.

Llegan los hijos y todo se nos va a las pailas. Estos desordenan, rayan, manchan y quiebran todo a su paso. Muchas veces el living, es la sala de juegos de los niños y nuestra pieza es el escenario ideal para que ellos vean televisión. El sofá que dialogaba perfecto con la alfombra y el sitial, se ve interrumpido por un andador, una muñeca y un camión de bomberos. Es parte de un proceso, un par de años, en donde pasamos de la pubertad a la madurez en esta suerte de línea de vida decorativa.

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Y llega la calma… la madurez total. Y el living se renueva. Ya no pretendemos ser nada ni parecernos a nada. Buscamos los objetos y muebles que nos acomodan y nos gustan. Revisteamos y nos regodeamos un poco más en la elección de cada elemento. Nos preocupamos que sean de buena calidad. El carácter pasa a ser un poco más formal, pero sin dejar de lado lo acogedor, ya que es nuestro lugar, nuestra historia, con una carga potente. El espacio debe ser capaz de albergar comidas familiares, aperitivos románticos con la señora o el marido, comidas con amigos y juntas masivas de los hijos. Un ambiente multifacético en donde se represente la personalidad de cada integrante de la familia y en donde todos se sientan parte de. Eso es lo importante y nunca deben dejarlo de lado. Generalmente esta etapa es la de una casa perfecta, el sueño del pibe hecho realidad. Los cuadros son buenos, las alfombras son las que siempre quisimos tener, hay flores frescas en cada rincón, los sofás son ésos que te tragan y los parlantes suenan como deben.

Me cuentan que luego de esta etapa, viene la de contemplación y goce máximo. En donde el espacio lo conforman elementos con una carga emocional potente y de valores sentimentales incalculables. Son aquellos lugares justos en cuanto a que no le quieren demostrar nada a nadie, son en sí mismos un resumen de lo que fuimos, porque este living es esencial en lo que su palabra significa. Hay todavía algo de esa energía brutal de niños, de eso experimental del espacio pubertad y de esa realización de la etapa de la madurez.

Permítanse reinventarse y cambiar. Permítanse dar paso al error y al experimentar. Permítanse gastar y atreverse. La decoración es el reflejo de sus propias vidas. ¡Hasta el próximo número!

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