LA DIANA, TOQUES DE INTUICIÓN

martes, 14 junio 2016

En un ex convento, hoy declarado monumento histórico, se encuentra el nuevo restaurante La Diana. Un espacio con guiños lúdicos, ideal para los trendsetter, porque aquí lo que sobra es onda.

Por: María José Mora D. / Producción: María Teresa Wiegand R. / Fotos: Matías Bonizzoni S.

La Diana tiene un antepasado famoso, su concepto viene del conocido restaurante La Jardín, el primero de orden itinerante que se puso en Santiago y que tenía a cuatro socios, tres chilenos y un inglés. Fue tal el éxito que, cuando debían buscar otro lugar para cambiarse, apareció uno de sus clientes y les dijo que vinieran a ver un lugar que creía podía funcionar. Y nada, resultó ser la bodega de los Juegos Diana, la que estaba emplazada en el ex convento de la Congregación del Sagrado Corazón. “En los años 80, los dueños de los Juegos Diana compraron este edificio y lo remodelaron completamente. Funcionó como parque de atracciones, luego como zona de cumpleaños –por eso la presencia de murales que La Diana conservó como parte del decorado– y después se usó como bodega. Cuando el dueño, Enrique Zúñiga, nos trajo a conocer el lugar, no pudimos ver mucho, porque estaba todo lleno de juegos, pero, a pesar de eso, el tema de la altura del edificio nos convenció”, cuenta Cristóbal Muhr, socio y encargado del interiorismo de La Diana. Fue así como se comenzó a gestar el restaurante, el que se sumó al nuevo eje cultural que está levantando al barrio San Diego.

Entrar a este local hace que de inmediato nos sintamos en otro país, lo que se debe a varias razones. La primera es que comer o almorzar en un monumento histórico no es fácil; la segunda es tener el privilegio de contemplar –mientras te tomas un “Elevator”, el trago de autor del restaurante, o te comes un deliciosos pulpo– la impactante iglesia de Los Sacramentinos. El emplazamiento, sumado a una decoración extravagante y lúdica, logra un espacio realmente mágico.

 

RECONSTRUCCIÓN DE DESECHOS

Llama la atención que todos los elementos que conforman este espacio han sido reutilizados y renovados. Aquí la consigna es buscar en lo que los demás desechan para hallar tesoros olvidados y volverlos a la vida, y el encargado de esa tarea es Cristóbal Muhr, quien con mucho ojo y paciencia se dedica a recorrer demoliciones donde encuentra lo necesario para crear ambientes únicos, algo que viene de su experiencia en La Jardín, el que seguía el mismo tipo de decoración en base a desechos, pero que en La Diana tiene una vuelta, ya que este no se presenta como un restaurante itinerante, por lo que las terminaciones y los elementos siguen esa consigna. “Todo el tema de la ambientación se fue dando de manera natural, el espacio era lo que mandaba, por eso al ser un lugar de doble altura, era obvio que necesitábamos una escalera para poder aprovechar esta característica al máximo. Fue así como decidimos hacer tres altillos donde también se puede comer”, explica Muhr. Pero todas estas ideas tuvieron que pasar por un arquitecto, ya que debían ser aprobadas por la municipalidad y por el Consejo de Monumentos Nacionales. Para eso contaron con la ayuda del arquitecto Diego Vergara, quien puso las ideas de los cuatro socios de La Diana en un plano. “Actualmente somos cuatro socios: Rodrigo Arellano, Andrés Rodríguez, Gabriel Marticorena que es el chef del local, y yo”, aclara Muhr. Finalmente todo encajó a la perfección, creándose un espacio donde todo está guiado más por la practicidad que solo por la estética.

Lo primero que hicieron fue construir la cocina, que es bastante grande. En la parte de atrás se hizo un segundo piso para aprovechar la doble altura donde se pusieron diversas mesas. Ahí se quitó el techo de zinc y se puso uno transparente que permite el paso de la luz, logrando un espacio luminoso y lleno de vida, ya que se colgaron múltiples maceteros llenos de plantas, lo que a primera vista da la sensación de un jardín colgante. Esto, unido a los murales multicolores que se dispersan por las diferentes zonas, la escalera hecha con muletas y una enorme lámpara creada con botellas de cervezas, hacen de este sitio algo excepcional y fuera de lo común, un lugar que transporta a sus visitantes, por un rato, a otro mundo.

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