Un loft con toques cálidos

viernes, 16 diciembre 2016

La arquitecta Andrea Von Chrismar estaba obsesionada con los galpones sureños, por lo que, cuando tuvo la oportunidad de proyectar su casa, no dudó en seguir ese modelo estructural, dándole nuevos aires y usando todo el potencial que este tiene para entregar.

Muchas veces, un cambio de vida va asociado a un cambio de lugar, ya sea de casa, ciudad o país. En el caso de la arquitecta de la Universidad Católica Andrea von Chrismar (instagram: @avonchrismar), el cambio fue de ciudad, ella decidió partir sola al sur, dejar Santiago y radicarse en Puerto Varas. “Veraneé toda mi vida en el campo y creo que de ahí se me quedó pegado el gusto y curiosidad por la vida más apegada a la tierra. Tenía muchas ganas de probar de qué se trataba. Era curioso, porque aunque me sentía y llevaba una vida tremendamente urbana y la disfrutaba al máximo, algo me faltaba para proyectarme ahí, la curiosidad y gusto por el sur eran muy fuertes”, cuenta la arquitecta. Coincidió que Andrea tenía un proyecto que la hacía viajar de vez en cuando a Frutillar, lugar donde disfrutaba de la lluvia, del viento, de los paisajes, de la estufa a leña, del lago y hasta de la soledad. “Me gustaba verme obligada a inventar algo que hacer. Esto siempre me ponía en situaciones nuevas. Trabajar con música bajo la lluvia o trasladarse cotidianamente por estos paisajes de colinas verdes con vacas, me provocaba tremendamente. Cada viaje pensaba en cómo podía instalarme acá. Eso duró un par de años, hasta que en un momento cuajó todo, conseguí un trabajo y en un mes, así como si nada, desarmé toda mi vida en Santiago y me vine. Ya lo tenía decidido. Creo que solo estaba esperando el momento y apenas se dio, lo hice. Me vine con todo, que no era mucho, pero era lo mío. Nunca se me va a olvidar la cara de los señores de la mudanza bajando cajones de tomates, que formaban parte muy importante del mobiliario de mi casa”, explica Andrea.

Lleva cinco años viviendo en el sur, partió en Frutillar por temas de trabajo, pero solo duró seis meses, al verse sin trabajo decidió emigrar e instalarse en Puerto Varas. “Me quedé sin trabajo, no tenía ni auto ni casa ni pareja, pero mi proyecto de vida estaba más en pie que nunca y eso era suficiente. Nunca me angustié y, por el contrario, sentía que tenía la libertad para hacer lo que quisiera. Me quedaba con las redes que había construido, los paisajes, el clima, que a mí me encanta, y estaba muy cerca de Puerto Varas, que por ubicación e historia, tiene mucha onda, además de un toque cosmopolita que le hace muy bien a esta vida pueblerina. Así que me trasladé para allá, pero conservé las amista-des y muchos lazos de trabajo. Había hecho algunos buenos amigos, y estaba preparada para reinventarme si era necesario”, asegura Andrea. Pasó seis meses arrendando una pequeña cabaña, mientras se construía su propia casa en el terreno que tenían sus padres. “Yo quería vivir en el campo, me imaginaba un galponcito, un espacio que podía ser unitario, pero muy flexible, entonces les ofrecí a mis papás construirles algo barato y arrendarles la casa yo misma, así todos nos embarcamos en este proyecto”, agrega Von Chrismar.

MANOS A LA OBRA

La estructura central de la casa es muy simple y abierta, lo que entrega una gran sensación de libertad. Al hacer una casa para ella, Andrea solo tuvo que lidiar con sus propias exigencias, las que no fueron pocas. “Estaba absolutamente obsesionada con el potencial espacial que ofrecen los galpones al generar, bajo un gran techo, subdivisiones que gozan del mismo espacio. En cada galpón que veía, por muchos animales que tuviera, yo imaginaba un loft. También me encantaba su imagen en el paisaje. Nuestro imaginario colectivo los tiene absolutamente integrados a la visión del campo sureño y desde ahí me parecía una propuesta muy atractiva visualmente. Además, al ser una construcción asociada al almacenaje, es una tipología muy eficiente y sencilla de levantar, lo cual era muy importante para resolver el encargo en cuanto a presupuesto y logística. Se juntaba todo lo que quería, así que no me costó mucho decidirme, la verdad lo tenía bien claro conceptualmente”, expresa la arquitecta.

Ella tomó el concepto del galpón como loft y desarrolló los espacios públicos. Se trata de una propuesta de amplitud espacial que es muy eficiente. El mismo espacio sirve varias veces; en su caso, el aire del living también lo tiene en el taller. Así, los metros cuadrados rinden mucho más y el calor también, por lo tanto se hace muy eficiente térmicamente. Para ella, diseñó un altillo sobre el estar-comedor, que es su taller. Ahí pasa todo el día, ya que es calentito, independiente y tiene una linda vista. Ese espacio es primordial para Andrea, ya que hace varios años que, además de dedicarse a la arquitectura, hace obra de origami: “Hace como seis años, mi mamá llegó un día con una figura de origami de regalo. Me en-cantó y la guardé. Al poco tiempo, la figura se transformó en mi objeto de estudio para un taller de magíster que estaba desarrollando en ese momento. Trabajé todo el semestre con la famosa figura, generé superficies, cortinas, prototipos de carteras, mil cosas… doblaba papel día y noche. Lo pasé muy bien. Absorbía todo mi tiempo. De ahí salieron varios proyectos después que terminaron con el mimbre. Ahora retomé esa figura, pero in-terviniéndola, ya no espacialmente, sino con pintura y collage. Estoy con un proyecto en este ámbito que es hacer una exposición para el próximo invierno; es un trabajo lento y tiendo a poner la prioridad en la arquitectura, mi jardín y las caminatas… pero quiero terminarlo. Esto de que a uno le guste tanta cosa, ¡no alcanza el tiempo!”, cuenta riendo.

La casa es de 140 metros cuadrados, más 50 metros cuadrados de terrazas. El interior está dividido en dos pisos y la casa posee numerosas ventanas que la hacen muy luminosa sin importar el clima. Von Chrismar eligió materiales muy sencillos para levantar la estructura, la que es completamente de pino, el que fue pintado por fuera con carbonileo –protector de la madera que se usa en general en exteriores–, y por dentro se le dio una aguada blanca, mientras que el techo es de zinc y el piso es un radier vitrificado que se descascaró con el tiempo, lo que le dio un toque original. Todo esto va acompañada de una decoración simple, pero con toques de color, lo que entrega esa sensación de estar en un lugar tranquilo del de donde no dan muchas ganas de salir cuando la tormenta arrecia afuera. “Ya llevo 3 años trabajando sobre esta propuesta espacial, material y formal, de lo que he llamado ‘Casas tipo galpón’. Esta propuesta ha ido creciendo y desarrollándose y creo que estoy llegando a una etapa de consolidación. Ahora estoy empezando con mi hermano, mi primer proyecto de una casa para la venta que obviamente será bajo esta misma propuesta. He construido más casas en 4 años que las que hice en 12 en Santiago. Me encanta estar en terreno y diseñar en obra. Ha sido una experiencia riquísima. He ido agudizando el ojo en materia de pro-porciones, luces y medidas. Además, siento que he hecho un magíster en maderas y en carpintería. Distinguir una madera de mañío, alerce, laurel, tepa, coigüe, olivillo, canelo, roble y ulmo, es una misión que si bien tengo muy avanzada, aún no domino en un cien por ciento”, finaliza Andrea.

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