LUIS ALONSO

Domingo, 19 Junio 2016

“Hay que perder el miedo a los contrastes entre lo nuevo y lo antiguo”

El arquitecto español es autor de varios proyectos en los que ha mezclado conservación de patrimonio y arquitectura contemporánea. En Chile acaba de terminar la transformación del edificio de la ex textil Sumar en un centro comercial y se apronta a lanzar “Despegando Ideas… Aterrizando Proyectos”, un libro en el que reúne tanto proyectos ejecutados como otros que quedaron solo en el papel.

 Por: Catalina Plaza S. / Retrato: Matías Bonizzoni S.

Dibujos, rayas y anotaciones, todo expresado en perfecto rectángulo de papel, no en una hoja de una croquera o libreta de apuntes, una de esas en que tantos arquitectos trazan a diario, sino en las bolsas de mareo que las líneas áreas ponen en los asientos en sus vuelos. Es ese el soporte que Luis Alonso ha usado por años en sus innumerables viajes para aprovechar las horas de vuelo y así bosquejar la idea básica, la conceptual, de decenas de proyectos. Compiladas hoy en el libro “Despegando Ideas… Aterrizando Proyectos”, muestran parte de la trayectoria de este arquitecto a través de 74 proyectos ejecutados, en desarrollo o “durmiendo el sueño de los justos”, como apunta el catalán en la introducción del mencionado título próximo a lanzarse.

Súper acelerado, siempre en varios proyectos, con ideas, con nuevos libros por publicar, este arquitecto español radicado en Chile desde hace tres años no para. Viene llegando de estar cinco días en España en seis diferentes ciudades y con humor cuenta que para estar en línea con las oficinas de Alonso y Balaguer, estudio fundado en 1978 junto a Sergio Balaguer, habla entre las 6 am y las 7 am con España, entre las 2 pm y las 4 pm con Brasil y luego desde las 6 y las 8, antes de terminar el día, con Nueva York. En la actualidad, la sede central de la oficina está en Barcelona, pero hay otras en Río de Janeiro, Sao Paulo, Nueva York, Bogotá, Lima y Santiago.

–¿Qué te pasa cuando los proyectos no se construyen y solo quedan ahí dibujados?

–Te sientes frustrado, pero eso forma parte de nuestra profesión. Me hace mucha gracia cuando los mandantes me dicen: “Soy un arquitecto frustrado”. Siempre les contesto: “Yo también”, porque el 50 por ciento de los proyectos no se construye. Sobre todo pasa con los concursos que son absolutamente maquiavélicos para los arquitectos. En muchas ocasiones, la frustración llega hasta el límite, porque le pones mucha energía, cariño y know how y ahí se quedan.

–Con tantos proyectos y nuevos negocios, ¿cómo se consigue que no se acabe el placer de hacer arquitectura?

–Siempre he sido hiperactivo, lo que puede convertirse en un problema o en una simpatía. En mi caso, intento canalizar mi hiperactividad de forma positiva y yo mismo me meto en todos estos temas porque disfruto viendo que podemos transformar la ciudad. La última derivada siempre es nuestra excitación arquitectónica. Hemos desarrollado más de 700 proyectos por el mundo, teniendo siempre en mente hacer buena arquitectura, que es en definitiva un servicio a la sociedad. Es muy fácil si eres organizado y sobre todo si siempre, junto a mi socio Sergio Balaguer, nos involucramos en el desarrollo del concepto.

–¿Qué es lo más difícil de hacer arquitectura?

–Lo más difícil es querer innovar. Si realmente quieres repetir cosas es relativamente fácil. La innovación requiere de esfuerzo para convencer a los mandantes, políticos, funcionarios y todo eso requiere muchísimo desgaste. Mimetizarte o fotocopiarte sería relativamente pobre. Sin embargo, creo que lo bonito es querer dar un paso hacia delante aun cuando siempre existan obstáculos. Afortunadamente, vamos demostrando que se puede hacer. Como corredor de maratón estoy acostumbrado al sacrificio.

–En el prólogo del libro que hace el intendente de Santiago, Claudio Orrego, menciona un proyecto para darle nueva vida al edificio del ex diario La Nación. Más allá de la idea se deben conjugar muchos factores para llevar a cabo este tipo de proyectos.

–Realmente en el tema político los arquitectos tenemos una responsabilidad social tremenda de transmitirle a la clase política el hecho de la importancia que tiene la arquitectura, porque realmente condiciona toda la vida del ciudadano en cualquier ámbito. Deben entender que nuestra disciplina es capaz de transformar la sociedad y generar cohesión social. Muchas veces cuando me dicen que Barcelona es una referencia mundial, y yo vengo de Barcelona, siempre digo que la suerte de la ciudad fue que tuvo un político como Pascual Maragall, que fue primero alcalde y luego presidente del gobierno catalán, quien apostó por la arquitectura porque esta tiene recursos cohesionadores. Siempre intentamos transmitir que la arquitectura está por encima de la política y que no tiene que depender nunca de colores políticos, sino que lo que tiene que hacer es ayudar a la sociedad.

–¿No crees que también influye la apertura de la sociedad? Hay mucha vanguardia en las obras que han hecho que Barcelona destaque.

–En cada país esto cambia, pero lo que sí es importante es transmitir la relevancia de la estética del espacio público. Muchas veces es este el que condiciona tu forma de ser y entender la ciudad. En Barcelona se hizo una apuesta enorme por el espacio público. Aquí hay un trabajo impresionante por hacer amable la ciudad. Me sorprendo cuando quiero cruzar la calle Apoquindo y tengo 300 metros sin un paso de peatones, eso no tiene sentido, es inhumano, no está creando deferencia con el ciudadano. Ese concepto de que la ciudad no es para los autos, sino para las personas, es algo que hay que transmitir poco a poco.

–En varias obras has trabajado con construcciones existentes, apostando por incorporar elementos nuevos más que por conservar o restaurar. En Chile este tipo de proyectos son mucho más “formales”.

–La rehabilitación es uno de los temas más excitantes que hay en la arquitectura, porque te obligan a ser lo suficientemente sensible para respetar el patrimonio, pero también a ser abierto de miras para darle otra lectura. Una de las grandes asignaturas pendientes de Chile es esa recuperación del patrimonio histórico que creo que está todavía muy poco bien tratado. Se requiere primero que se incorpore la rehabilitación a la iniciativa privada, que es un tema fundamental y que aquí no existe. Para que entre el privado, la administración pública debe dar facilidades. Además, se requiere una mentalidad muy abierta para darle nuevos usos, acordes a la sociedad actual, a los edificios antiguos.

“Muchas veces se malinterpreta en concepto de rehabilitación y se piensa que es restaurar de forma mimética lo existente. Rehabilitar un edificio no quiere decir que se deba preservar el 100 por ciento de lo existente y que no se pueda incorporar nada nuevo. En el Hotel Ohla, por ejemplo, hemos preservado la fachada antigua, pero también hemos hecho una contraposición absolutamente rompedora. Para eso hace falta una predisponían positiva de las autoridades. Lo mismo pasó con la plaza de toros de las Arenas de Barcelona cuando dijimos que queríamos preservar la fachada, pero además introducir nuevas cosas que se contrapondrían. Lo bonito es esa contradicción y complejidad de la arquitectura, de que por un lado preservo y, por otro, apuesto por innovar.

–Trabajaste en la rehabilitación de las ex fábricas de Textil Sumar, se sumaron elementos nuevos.

–Ese es uno de los claros ejemplos en que la iniciativa privada, en ese caso la inmobiliaria Patio, apostó por rehabilitar un edificio que tenía un incalculable valor arquitectónico y patrimonial y, sin embargo, darle nuevos usos ponerlo al día. La rehabilitación de un edificio puede ser como una mancha de aceite que se va extendiendo y logra que el barrio se vaya transformando. Hay que perder el miedo a que haya contrastes entre lo nuevo y lo antiguo.

–¿Qué te parece el proyecto de Carlos Quevedo para la torre medieval en Cádiz? Algunos lo han tildado de atentado patrimonial y se convirtió en una gran polémica en los sitios dedicados a la materia.

–Siempre existe esta controversia y es que es muy fácilmente criticable. Si tú rehabilitas miméticamente es fácilmente criticable, si rehabilitas y apuestas por darle un toque de modernidad es fácilmente criticable. Creo que lo importante es que se ha tenido la sensibilidad como para proteger algo históricamente valioso. Recuerdo que cuando comenzamos con el proyecto de Arenas de Barcelona tuvimos críticas fundamentalmente de algunos partidos políticos y periodistas que se preguntaban por qué había que preservar el concepto simbólico de lo que eran los toros. No me gustan tampoco los toros, pero si hay un edificio que lleva más de 100 años ahí, que está anclado en la retina del ciudadano, al margen del tipo de uso, valía la apena apostar por intentar salvarlo.

–¿Cómo se distingue el real patrimonio en un país con solo 200 años de historia?

–Hay que ser lo suficientemente equilibrado para entender que no todo es patrimonio, el poco que hay –dada la poca longevidad de esta sociedad– hay que intentar salvaguardarlo y hay edificios y barrios completos. El barrio Yungay, por ejemplo, es una preciosidad en sí mismo, si me dices que nombre un edificio en concreto. no sabría qué pensar porque creo en el conjunto. Ponerlo al día, podría generar unas plusvalías muy importantes. Santiago tiene zonas muy interesantes porque han sabido conservar la promiscuidad funcional. El gran problema de las ciudades modernas en las últimas décadas es que se copió de una muy mala manera el modelo norteamericano de la ciudad, donde se sectorizó, generando guetos unifuncionales donde trabajo en una esquina del triángulo, me voy a divertir en la siguiente y vivo en la otra. Hemos de intentar conservar partes de la ciudad como Providencia, un sector de Vitacura o Las Condes, donde se permite esa promiscuidad: en el día están los que trabajan en las oficinas, por la noche los que viven en el barrio y todos conviven en perfecta armonía.

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