Manena Pomeroy y Pablo Wilson: Recarga de energía

martes, 9 octubre 2018

LA PRODUCTORA DE MODAS Y EL FOTÓGRAFO RELATAN SU ÚLTIMO VIAJE A TRAVÉS DE UNA ENTRETENIDA CRÓNICA Y FOTOS QUE LOGRAN TRASLADARNOS A LO MEJOR DE ESTE RECORRIDO, QUE LOS LLEVÓ DESDE MARRUECOS HASTA FRANCIA. SUENA BIEN, PERO MUCHO MEJOR CUANDO ENTRE AMBOS DESTINOS VISITARON CAPADOCCIA, DUBROVNIK, ZURICH, BRUSELAS, BRUJAS, EL FAMOSO CONJUNTO MEGALÍTICO DE STONEHENGE PARA TERMINAR DE CHATEAU EN CHATEAU…

Nuestro viaje de 2018 partió en un disco pare, porque no solo paré unos segundos, sino una eternidad… ¡Me quedé dormida! Fue entonces cuando dijimos: “Ok, pare, stop, stoppen, arrêter. Necesitamos vacaciones urgentes”. La idea era irnos un mes entero, en paz, a algún lado donde nos gustara la comida y varios paseos cerca… En fin, un lugar romántico y tranquilo. ¡Normandía! Obvio, los dos de acuerdo. La última vez que fuimos fue muy corto. Hasta aquí todo iba bien. Entonces empecé yo, sí yo, esa misma que estaba agotada de tanta producción de moda, de jornadas eternas de publicidad, etc. La naturaleza humana es tremenda, autoboicoteé mi relajo. Traicioné el pacto de vacaciones relax, amenacé nuestro romanticismo. Nada que hacer, es mi esencia. Soy tremendamente inquieta, curiosa, activa, hiperquinética. Todos esos cursos de filosofía y libros devorados para aprender a vivir el aquí y el ahora efectivamente me transformaron; siempre creo que va a ser mi última vez en Europa. Llevo dos décadas diciendo lo mismo: “Pero si ya vamos a estar allá, ¿por qué no recorremos un poquito más?”. Logré convencerlo, pero no fue nada de fácil, junté miles de fotos, testimonios de primera fuente y videos de Lonely Planet de esos otros ‘poquitos’ lugares a los que quería ir. Finalmente, Pablo se rindió y cedió la mitad del tiempo.

Yo partí unos días antes con mi hija Fran a España y Marruecos. Desde ahí al reencuentro en Estambul. ¿Por qué Estambul? Estuve antes y me pareció que tenía tan linda luz para sus fotos, que estaban todos esos personajes místicos por todos lados. Descubrir las particularidades de los musulmanes y los años, pero años y años de ventaja que nos llevan en su arquitectura. La mezquita Hagia Sophia, por ejemplo, partió su construcción en el año 537 aC, 900 años antes de que América fuera descubierta… ¡Cancha tiro y lado! No logramos esta vez el misticismo, ni siquiera en un paseo por el Bósforo donde nos pusieron a Luis Fonsi con su hit Despacito. Además, te venden de todo en todos lados, tener que regatear hasta una botella de agua es mucho. De descanso nada, pero de aquí partimos a Capadoccia donde yo, desde siempre, soñaba con estar arriba de mi globo mirando estos paisajes tan particulares. Era como sobrevolar la luna, miles de esculturas hechas por la naturaleza, la lluvia y el viento, especies de chimeneas y luego las cuevas donde vivían los trogloditas. Iglesias a 100 metros de profundidad. Sí, eso dije, iglesias a 100 metros de profundidad.

No se puede creer, nos quedamos en un pueblo que se llama Göreme, del porte de Pucón. “Es una monada”, dicen del museo a cielo abierto. Son unos 10 km de diámetro patrimonio de la humanidad. El vuelo en globo, imperdible. Son miles de compañías y es al amanecer. Los hoteles todos parecen cuevas, es dormir como un ser prehistórico. De un patrimonio a otro patrimonio, parecíamos representantes de la Unesco. Desde aquí nos fuimos a Dubrovnik. Este también fue un lugar que tenía pendiente desde que fui con mi mamá y mi hijo a Split, otra ciudad croata. Esa vez no alcanzamos a llegar a una de las ciudades más lindas del mundo. De verdad que así es, también conquistó a otro chileno, Davor Luksic, que no solo se quedó en Croacia, sino que construyó un hotel increíble, el Excelsior. Ahí nos quedamos, de pura casualidad nos enteramos de quiénes son los dueños. Estábamos tomando desayuno en esa terraza enorme encima del mar (se mueren el desayuno rico) y el mozo nos pregunta: “Where are you from?”. ¡Fue lo mejor que nos pudo pasar! Cuando le contestamos que éramos chilenos (además de ponernos al tanto de los propietarios del hotel) pasó algún tipo de clave a todos los que trabajaban ahí porque se pueden morir como nos atendieron. La pieza que nos dieron, antes de que se enteraran que éramos compatriotas del dueño, era impresionante. Con living aparte, dos baños y una terraza XL encima del mar y las olas. Fue tan, pero tan agradable la experiencia (a una cuadra de la ciudad amurallada) que, patuda como soy, le escribí a él, al mismísimo.

Terminamos amigos de Instagram. Nos sentíamos chochos que un chileno nos deje tan bien parados (recordemosque durante nuestro viaje –junio y julio–, chilenos robaron una joyería en Barcelona y asaltaron el Hotel Ritz en París) así que nuestra reputación era algo dudosa por esos meses. Volvamos a Dubrovnik. El casco antiguo de la ciudad es de cuento, la llaman la perla del Adriático, las escaleritas y el paseo por el muro completo, que dura unos 90 minutos, es alucinante. Desde ahí se puede ver cómo protegieron este pueblo que ha sido atacado mil veces. Para la gente que vive ahí, la guerra de los noventa, que para nosotros es un capítulo en un libro de historia o de las películas de Netflix, es algo reciente y lleno de experiencias terribles. Hay varios museos de fotos dedicados a esto. Honestamente vale la pena. Nos encantó, chapoteamos en el Adriático sin parar, comimos muy rico y Pablo estaba chocho porque no había dónde hacer shopping. Ahora a Zurich. Para resumirlo bien les diría que, si hablara alemán, viviría aquí. La primera vez que vine tenía 17 y me enamoré de los Alpes y de esta ciudad no caótica, tal vez extremadamente ordenada.

Varios años después me reenamoré, me encantan sus rincones, además es fácil, agradable, tiene un súper buen viviry el mejor supermercado al que he ido en mi vida. Ojo que como buena cocinera ese es un gran tema y, por lo mismo, me traje un bolso lleno de cosas ricas para cocinar. Todo funciona a la perfección. Es carísimo, pero vale la pena si todo anda. No me quería ir de la perfección, pero nos esperaba la ciudad de Brujas. La plaza más linda que he visto es la de Bruselas, me tocó una exposición de tulipanes y no exagero al decir que lloré de emoción. Pero este reducto medieval, también en Bélgica, con sus callecitas de adoquines y flores muy bien cuidadas destronó a la Grote Markt. Lo más increíble, es lo mismo que destaqué antes, mantienen “la línea editorial”. La línea de construcción, no solo en el centro, en todo el pueblo preserva el lenguaje e identidad arquitectónica. Algo que los chilenos deberíamos aprender. Todas las casas, todos los rincones, los puentecitos, nadie descuida sus jardines… simplemente un ejemplo.

A estas alturas ya andábamos en auto, cual carpa gitana, donde teníamos de todo. Camino a Normandía, a esta alma inquieta, espontánea hasta la médula y consentida desde que abrió sus ojitos, se le antojó un nuevo plan. No lo pude resistir. Estábamos en el borde mismo del Canal de la Mancha, donde divisaba la costa inglesa y veía los ferrys cruzando uno tras otro. Cómo estar en Europa y no pisar mi Inglaterra querida, donde tengo más seres sanguíneos que en ningún lugar del mundo y donde venden todas las cosas que me gusta comer. He ahí mi mirada de súplica y el ticket del ferry pagado para cruzar a UK. Convencí a Pablo diciéndole que fuéramos a Stonehenge, estábamos ahí mismo, a unas horas del conjunto megalítico al que siempre quiso ir. Cuando llegamos, yo, en media hora ya había sacado todas las fotos de cada ángulo que ustedes se puedan llegar a imaginar y Pablo a-no-na-da-do. Transportado cual Claire de Outlander (serie de Netflix imperdible). Menos mal no lo perdí. Siguió por horas contemplando este grupo de piedras enigmáticas. Luego, al supermercado donde compré las cosas que se cocinaban en mi casa toda la vida, no solo en mí gravy favorito, mi Bovril, la sal Maldon, sino que también mis chocolates preferidos del mundo. Me aprovisioné a lo menos por un año, ya tendré excusas para volver a mi querida Inglaterra. El pueblito donde nos quedamos se llama Salisbury. Lo más rescatable es la catedral y los pubs de pueblo alrededor de la plaza. No se pierdan el viaje en ferry y los White Cliffs of Dover que los aviadores ingleses veían iluminados por la luna cuando volvían de las misiones sobre Alemania en la Segunda Guerra Mundial. La manera en que la naturaleza les decía “you are home”. La travesía en ferry es un agrado, qué ganas de mostrarles a nuestro vecino, un inglés en un Rolls Royce de los años 20 con todas sus partes y piezas originales. Él, vestido de impecable tweed en composé con su auto y sus maletas antiguas en perfecto estado. Su acento también tenía relación con el whole picture, fue un placer. Así llegamos a Francia, camino a nuestra Normandía querida, a la mitad tranquila del viaje. Nos movíamos de chateau en chateau. Recomiendo, en los pueblos franceses, quedarse en estos castillos de siglos pasados restaurados y administrados usualmente por una generación que comprende el nivel de exigencia hotelera de hoy. Generalmente acompañado de una gastronomía a la altura. Para mí, un hotel como el primero donde nos quedamos, La Cheneviere, es un perfecto ejemplo de esto. Revistas de todo el mundo le hacen reportajes, junto con nosotros estaba un periodista de “The Times” y otro de Condé Nast (para mí los que dan los mejores datos de viaje). Desde el desayuno partimos bien. Yo tengo una adicción a la cocina francesa, desde lo muy refinado al típico crêpe. Bueno, me los hacían al desayuno. La comida era de tiempos. El primer plato era una crema de espinaca con una espuma de naranja. El segundo, espárragos con reducción de avellana y manzana verde …y no quiero seguir para no maltratarlos, pero sí terminar con el “Ballon de citron”. El postre de limón era un acto de magia… no sé cómo lo pudieron hacer. Me habría comido diez. Solo traté de comportarme a la altura de todas las francesas talla 34 de mi alrededor. Aún no descubro con quién es el pacto que tienen. A pesar de tener bastante sangre francesa que pasa por mis venas, no me comparten el dato. El pan, extraordinario, la comida insuperable, la pastelería se pasó y no engorda. No entiendo.

Desde aquí pueden ir a Honfleur (yo tengo 3 pueblos favoritos, este es el número 1) luego Deauville, si les gusta el gambling, este es el lugar, con una playa de kilómetros de largo, la favorita de Peter Lindbergh, donde retrata a todas las famosillas de Hollywood. Las tienditas están en un lugar muy lindo. También pueden ir a Arromanches, un pueblo que aún respira la batalla de Normandía y el desembarco. Lleno de monumentos, banderas de los aliados por todas partes. Desde aquí partimos a Le Pre des Colombiers, cerca de Lisieux. Un Don Francisco francés que se cansó de todas las luces y la TV y decidió parar este hotelito de muy pocas cabañas donde no se imaginan el silencio y la paz. No TV, no signal, no nothing! Solo los grillos y uno que otro relinchar de caballos. Alrededor de Lisieux hay muchos pueblos, ninguno para el descarte. Mi favorito de esta tanda, Houlgate, el número 2. La arquitectura, preciosa; las casas, bastante menos rurales. Increíble caminar por sus callecitas. Fuimos al Chateau de Boutemont, con un parque de varias hectáreas perfectamente mantenidas y jardines de abetos y bojs dibujados al podarlos.

Seguimos nuestra travesía y llegamos al Chateau d’Audrieu, muy cerca de Bayeux, otra ciudad linda, donde está el cementerio inglés del desembarco. También pueden ir a Villers-sur-mer y mi tercer pueblo favorito, Beuvron-en-Auge. Fanática de Francia y sus colonias, he tenido la suerte de ir a Tahiti tres veces y cada vez que volvía, decía “es el único lugar donde las fotos no logran transmitir la realidad”. No se si falta la parte sensorial, el perfume a Thiare por todas partes, los peces de 3 cm de todos los colores que nadan al lado tuyo, pero Tahiti es mil veces mejor que las fotos. Convengamos que los fotógrafos son bien mentirosos, jajaja @pablowilsonphoto incluido, que el zoom, el gran angular, el retoque, etc. son cómplices de sus mentiras. A pesar de que este pueblo no tiene nada que ver con la naturaleza indómita de Tahiti, les juro que estuvimos horas tratando de que la cámara captara su magia y su ternura. Mea culpa, no lo logramos… Ni el seco de mi fotógrafo personal. No pueden dejar de ir a ver las miles de tienditas de decoración y anticuarios. Cada domingo que estoy en Francia parto a mis brocantes (ferias de las pulgas) hay un sitio web www.vide-greniers.org donde sale toda la información necesaria. Con este dato me deben una muy grande… Ahora, cómo traerse todo lo que compran… no sé. Cada día las líneas aéreas reducen los kilos. Yo me volví como ekeko. Cada plato, cada cuchara, cada busto antiguo (no es broma) que está en mi jardín como si llevara siglos me hace olvidar los 3 días de dolor de espalda post aeropuerto.

Nuestra última parada en Normandía fue el chateau de un auténtico conde. Quedarse en el Chateau de Bouceel y no conversar una rica comida con el conde Regis de Roquefeuil es lo mismo que no ir. Ustedes no saben la cantidad de historias que tiene, es un hombre encantador. No nos queríamos mover escuchando todas las historias de la guerra en primera persona, cada cuadro del castillo es su mamá o su prima hermana. Tanto que una productora francesa está haciendo una película sobre su familia. Para dejarlo descansar nos fuimos a pasear a Dinard. Atención zapallarinos de tomo y lomo. Si se jactan de ser tales, no pueden dejar de ir a Dinard, se van a acordar de mí. La primera casa que se construyó en Zapallar y el emplazamiento en que se hizo está inspirado en este pueblo. El paseo a la orilla de las rocas, tanto en Zapallar como Cachagua son una copia de este. Son horas de caminata, las casas añosas, pero muy bien mantenidas. También está Dinan, es que uno no se cansa de ver tanto pueblito lindo. Este es como sacado de un cuento, lleno de restaurantes chicos y tienditas entretenidas. Sumamente fotografiable. Si son fanáticos de las plantas como yo, que entro en cada vivero que encuentro y saco fotos y fotos de flores que nunca podré llevar a Chile, se van a volver locos. Se que solo las podré tener cuando viva acá si es que cumplo mi sueño. Fuimos a un castillo con un jardín de 25 hectáreas. Se llama Parc Floral de Haute Bretagne le Châtellier con un laberinto de abetos que casi nos ganó. Last, but not least, el famoso Mont Saint Michel. Recomendación, madrugar. Las hordas y hordas de turistas hacen imposible disfrutar y conectarse con el pasado espiritual propio de una abadía. Yo sufrí. No le hago a la multitud interracial, maleducada y que pareciera estar en los juegos del hambre de la vida real. Si no toman la foto serán eliminados brutalmente. Lo mismo hice en París, madrugaba para recorrer los lugares típicos. Luego tenía una alta dosis a la vena de shopping y volvía a salir al exterior, cuando el calor y los turistas habían desaparecido. Una semana en París donde básicamente tomé clases de cocina, me perdía por calles que casi no salen en los mapas y fui a mis rincones favoritos. Les comparto algunos de mis datos. Dónde compro mis velas en Le Marais, Cire Trvdon, las mismas que usaba Napoleón. Mis adornos en Le Bon Marche. Mis revistas de moda de todo el mundo en BHV Marais. Mis botones en La Merciere Parisienne a una cuadra de Place des Vosges y no perdono tomar té en el Ritz, el queque marmoleado sacó el premio al mejor del mundo. Las mejores pastas en el Borgo delle Tovaglie.

Y de vuelta, no sé si recargados de energía o energía agotada, pero sí como dijo una amiga viajera igual que yo: “Viajar es cambiar la piel del alma”.

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