Marcelo Montecino: “La fotografía tiene que tener un poder emotivo”

martes, 27 noviembre 2018

ES UN CONVENCIDO DE QUE CADA REGISTRO GRÁFICO DEBE TENER UNA PERTINENCIA CON EL MOMENTO ACTUAL. QUIZÁ POR ESO, ÉL HA CONSTRUIDO SU OBRA EN EL HILVÁN DE LA HISTORIA, EN EL REGISTRO DEL CONVULSIONADO MUNDO DE LOS AÑOS 70 Y SUS PROCESOS POSTERIORES. “LA MAYORÍA DE MIS FOTOS TIENE UN FACTOR DE SOLEDAD”, AFIRMA.

Por: Claudia Alamo / Retrato: Bárbara San Martín S.

Cada artista tiene un rincón; un lugar desde donde produce, observa, guarda sus obras. El lugar del fotógrafo Marcelo Montecino es un luminoso altillo de su casa en La Reina. Allí, rodeado de cientos de negativos que registran pedazos de la historia política y social de Chile y Latinoamérica, el artista prepara y selecciona una nueva exposición para diciembre de este año. El foco de esa muestra –que será en el Centro Cultural La Moneda– es el barrio Franklin, una obsesión personal que no se ha desteñido con el tiempo. Él no ha dejado de ir al Persa Biobío ni de registrar su gente, sus calles, la vida de ese barrio.

“Siempre tuve conciencia de que había que fotografiar los bordes”, admite Marcelo, quien ha dicho alguna vez que la gente de clase alta tiene quién los retrate, pero no pasa lo mismo con la gente que vive en la periferia. De ahí sus imágenes de rostros anónimos, de mostrar la pobreza, la soledad, la grieta.

En octubre recién pasado, este escritor, traductor y profesor, mostró parte de su obra en una exhibición que organizó la Galería AFA, que contó con la curatoría de Andrea Josch. Se llamó “Apuntes de un largo viaje”.

No es un nombre al azar. No es solo una buena frase. Es el periplo de un hombre que ha sido testigo de diversas etapas de la historia de América Latina. Lo suyo es, sin duda, el despliegue del fotoperiodismo.

Montecino nació en Chile en 1943. A los 11 años se fue a vivir a Estados Unidos con su familia. Allí le regalaron su primera cámara fotográfica. “Era un niño y ya estaba revelando las fotos en la cocina del departamento. No sabría decir si la fotografía me encontró a mí o yo la encontré a ella. Lo que si sé es que hasta 1973 fue una pelea constante porque no pensaba que sería mi oficio. Fue en ese año que me di cuenta de que se podían hacer cosas fantásticas porque las fotos tienen fuerza, mucha potencia”, dice.

Su trabajo tiene tres fases muy marcadas. La primera es la que va del ’62 al ’73 y que él describe como una fotografía íntima, muy personal, de un joven artista desesperado. Un segundo ciclo en su carrera se abrió a partir de 1973 y se extendió hasta 1988. Él la relata así: “Ahí entré a una fotografía más activista, más de denuncia. Fueron años dolorosos”, señala al recordar que buena parte de su trabajo fue el registro de los años duros de la dictadura militar en Chile. Y ya, a partir del año 89, Montecino se empieza a centrar en un trabajo más formal, más contemplativo. “Sin la etapa de la angustia juvenil y de haber aprendido el oficio, no habría podido hacer la segunda ni la tercera etapa de mi carrera. Mirando para atrás, todo tiene mucho sentido”, reflexiona.

Sus primeros pasos como fotógrafo en Chile fueron en 1962. Aún recuerda el impacto que le provocó la pobreza. “La imagen de niños descalzos fue un shock . Yo venía de Estados Unidos, un país rico… Me acuerdo del viaje desde Pudahuel a Santiago por la Alameda… Era terrible. Fue la pobreza la que me sacó a la calle. Y de ese tiempo recuerdo una foto que hice que me impactó profundamente. Era un rayado con tiza que decía: ‘Los obreros no deben tener hijos porque serán pobres fijos’. Nunca había visto una frase más desgarradora que esa”, cuenta Montecino al relatar su afición por recorrer los alrededores de Avenida Matta, Lira y Franklin.

Es un hombre de reconocida trayectoria. Ya en 1981 ganó el concursó de la revista mexicana Proceso por su libro “Con sangre en el ojo”. En el 2012 recibió el premio Altazor de las artes nacionales por su exposición “Irredimible”. También obtuvo el premio a la Trayectoria en Fotografía Antonio Quintana en el 2017. Fue Michelle Bachelet quien le entregó el galardón y en la ceremonia le dijo: “Gracias por entregarnos, a lo largo de más de 50 años, imágenes tan conmovedoras, tan claves en la construcción de nuestra identidad fracturada y dispersa, como esa de Orlando Letelier exiliado y sonriente antes de ser asesinado”, dijo la ex Presidenta.

La obra de Montecino no es una apuesta artística, sino un trabajo sistemático por cubrir procesos políticos y sociales. Una buena parte es en blanco y negro, y con los años van apareciendo fotografías a color. Montecino lo explica así: “Hay fotos que solo funcionan en blanco y negro. Yo creo que el blanco y negro es más como una sonata y el color es más sinfónico, más operático, por lo tanto es mucho más difícil. Para hacer buenas fotos en colores, uno tiene que restringirse y usar una paleta más chica, más recortada”, explica.

–Hiciste fotos en tiempos duros de la historia reciente. ¿La fotografía actual ha perdido lenguaje?

–No lo sé. Sí veo que hay demasiados fotógrafos trabajando con la cabeza no más. Muchos fotógrafos jóvenes se enganchan con el modernismo, con las fotografías de ideas. Para mí, las fotos tienen que tener un poder emotivo.

–Tu registro fotográfico habla de un Chile herido, golpeado, asustado. ¿Qué te pasa cuando miras tu trabajo hoy?

–Es difícil tener perspectiva sobre estas cosas. Muy difícil. A mí me tocó vivir ese tiempo complejo y doloroso. Esa es la razón esencial de mis fotos. Yo siempre tuve conciencia de que reportear para una revista mataba la creatividad. Entonces, siempre trataba de irme por la mía, de fotografiar la periferia, la soledad, los bordes.

–¿Y cómo ves esos bordes hoy? Si tuvieras que salir hoy con tu cámara, ¿qué registrarías?

–Es que siempre vuelvo a los mismos temas. Por ejemplo, para ser bien específico, en diciembre voy a tener una exposición sobre el barrio Franklin. Llevo más de 30 años yendo al Persa Biobío. Es un barrio que me gusta mucho. Y, claro, uno trataba de ir a lugares que no habían sido muy explorados. Y la cámara de 35 milímetros era perfecta. Era muy fácil salir a la calle con una camarita chica y pasar inadvertido.

–En tu fotografía, ¿hay una búsqueda por la intimidad?

–Yo creo que la mayoría de mis fotos tiene un factor de soledad. Pero me importan distintas cosas en distintos momentos. Por ejemplo, durante la UP cuando salía a fotografiar una manifestación, había muy pocos fotógrafos y la gente se alegraba mucho al verte. Te posaban, te hacían morisquetas. Se daba una especie de complicidad. Eso era muy bonito.

–¿Y eso se quebró?

–Sí. La gente ahora es un poco más quisquillosa con que le saquen fotos.

–Pero es curioso. Porque a la par están las redes sociales y la gente se autofotografía más que nunca, ¿no?

–Hay tanta promiscuidad fotográfica… Es lo que más llama la atención. Hoy se fotografía todo. Por ejemplo, ¿quién hubiese pensado en los años 80 o 90 en sacarle fotos a la comida que te vas a comer?

–¿Y qué querrá decir eso?

–Creo que es señalar presencia no más. Es como querer decir: “Yo estuve ahí, yo hice eso, no estoy solo…”. Por ahí va.

–¿Se democratizó la fotografía o se banalizó?

–Mi tentación es decir que se banalizó porque sigue siendo verdad que las fotos tiene que ser, por lo menos, un poco importantes. A veces parece que ya no lo son tanto…

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