Mario Fonseca, reflejo involuntario

miércoles, 22 marzo 2017

Tras una década sin exponer individualmente, el fotógrafo presenta en el MAVI – desde este 18 de marzo hasta el 28 de mayo- una muestra en la que reúne obras de los últimos 25 años y en donde destaca “Next”, serie de 60 imágenes captadas de manera completamente espontánea. 

Por: Catalina Plaza S. / Retrato: Matías Bonizzoni S.

La fotografía, el diseño gráfico y las letras han ocupado la mayor parte de la vida de Mario Fonseca, quien le ha dedicado a cada una de estas actividades, sin orden cronológico ni mayor previsión, la pasión que lo caracteriza. “Mis ideas han quedado en el papel y mis emociones en el arte”, asegura a sus 68 años. Esa dicotomía explica quizá que este mes se cumplan exactamente 10 años de su última muestra en Galería AFA. Hoy vuelve en grande con una exposición que ocupará cuatro pisos del Museo de Artes Visuales, en donde desplegará obras inéditas y varias que han sido reformuladas especialmente. “Reflejo involuntario” reúne 25 años de trabajo y algunas obras anteriores de los ’80 que no se han visto mucho. “En parte las estoy mostrando cómo eran, en parte las estoy rehaciendo… porque como me dijo el laboratorista en la Galería Ecko, podía presentar una exposición arqueológica con las fotos como las hice o bien replantear algunos trabajos, usando los archivos digitales que realicé hace 15 años. Estamos reformulando y eso ha sido muy interesante”, comenta Fonseca, quien a pesare vivir Temuco -desde donde trata de ir lo más posible a su campo en una isla frente a Quellón-, viaja semanalmente a Santiago a dar clases a la Facultad de Comunicación de la Universidad Católica.

El título de la muestra hace alusión a trabajos que Mario desarrolló en la última década sin una conciencia absoluta, ya que se trata de imágenes que surgieron accidentalmente o que incluso tomó la menor de sus hijas sin darse cuenta. Por lo mismo, no se trata de objetos ni paisajes nítidos, sino de imágenes que cautivan por su colorido, luminosidad o por justamente no tener una pista de lo que realmente reflejan. A Mario parecieran gustarle las casualidades, es algo que le atraía de las fotos análogas y esos errores involuntarios que hoy no se asoman en la fotografía digital. Involuntaria también fue la miopía que lo aquejó durante años y que hoy, ya corregida, pareciera desorientarlo y obligarlo a buscar el desenfoque.

Si bien en esta muestra hay algunas obras de los años 80, década en la que su quehacer estuvo marcado por la contingencia, en la actualidad no hay un discurso político asociado a las obras. En esa época, el tema de la identidad acosada fue recurrente y la exposición “Habeas Corpus” (1982, Galería Sur) se transformó en un hito. A pesar que se ha escrito muchas veces que esta muestra fue censurada, Fonseca aclara que si fue censurada, fue por sus pares. “Fue bastante ingrato para mí y para otros más. Como yo diseñaba y era editor y trabajaba para algunas empresas que hacían buenas memorias, las imprentas me recibían felices cuando les pedía imprimir gratis algún catálogo de arte. Los artistas me querían por eso, pero cuando me vieron como artista no les gustó”, cuenta Mario, quien abandonó la carrera de arte antes de terminar y la que quedó en un paréntesis con el nacimiento de su primera hija y su ingresó de lleno al mundo editorial y del diseño gráfico. Desde esa trinchera dirigió la revista Mundo Diners Club (entre 1982 y 1991), editó catálogos y libros de autores y artistas nacionales como Eugenio Dittborn, Raúl Zurita, Arturo Duclos, Juan Dávila, Alfredo Jaar, Paz Errázuriz, Roser Bru y Eugenio Téllez, entre otros; escribió la columna semanal de arte contemporáneo en la revista El Sábado (entre 2002 y 2009) y creó emblemáticos logos como el de la vaca de Colun o el de la empresa Derco. Así, no es fácil dar con un momento en el que Fonseca se haya dedicado cien por ciento al arte propiamente tal…

–¿Cómo te enfrentas a una exposición después de diez años?
–El 2007 presenté la exposición “La última imagen” en Galería AFA. En ella exhibí cuatro cajas de luz en las que se encontraban un retrato, un desnudo, una naturaleza muerta y un paisaje, los cuatro te- mas clásicos de las artes plásticas. Las imágenes se montaron contra la pared, por lo que solo se veía el halo y había una grabación en las que las personas involucradas, la modelo, el que veía el paisaje, el retratado o el que tenía los objetos, comentaba la imagen… Por ejemplo, la modelo contaba que tenía una cicatriz que se veía en la foto o el retratado explicaba que no se había dado cuenta de que tenía una mirada tan triste. Puse la grabación y entonces era mucho más interesante la descripción de las fotos que las fotos mismas… Ahí terminaron mis amores con la imagen, y después solo he venido haciendo esta recopilación de fotos al azar.

–¿Cómo diste el paso desde la fotografía análoga a la digital?
–Honestamente me cambié a lo digital cuando digitalicé mis negativos a color porque se dejaron de copiar profesionalmente. Donde Roberto Edwards me traspasaron los negativos a digital. A ellos les costó porque hubo dos fotos de las que nunca se logró la copia exacta de la análoga.

–¿Te costó emocionalmente?
–Sí, porque he trabajado mucho con el lapso de tiempo que hay entre ver y fotografiar algo y después verlo revelado. De un negativo a color por lo menos pasa un día. A veces quedaban guardados por dos o tres meses y en ese tiempo pasaban cosas. Por otro lado, tecnológicamente me gustaban las fallas y eso no sucede en la fotografía digital a menos que se programe. De hecho, la última obra que tengo, que se llama “Next”, consta de 60 imágenes completamente involuntarias que nacen de un disparo de la cámara, son hasta fotos tomadas por mi hija menor cuando tomaba mi cámara. Todos son objetos iluminados por la luz, o sea “fotografías”, aunque no se entiende mucho lo que son. Están ampliadas a 300dpi, entonces si el archivo da para un formato pequeño queda así. Ahí hay un poco de nihilismo, de algo de distancia con lo digital. Son bellas. De repente poder contar todo eso, escarbar en lo que fue botando la cámara y verlo es bueno para mí. Cuando decidí dejar las ideas y que las imágenes fueran las emociones, empecé con esta línea de fotografía mayormente involuntaria.

–¿Crees que hoy la fotografía es más valorada y vive un auge en el escenario del arte contemporáneo?
–Antes no pasaba, había una deuda compartida porque los galeristas no exhibían fotos porque los fotógrafos llegaban con su trabajo y preguntarles cuántas copias habían hecho o en qué formato, no lo tenían muy claro. Los galeristas no sabían qué vender. Esa informalidad hacía que los galeristas y los posibles compradores no tuvieran clara esa parte más objetiva. Además, la tecnología empezó a hacerse accesible y algunos pensaban que cualquiera podía tomar una buena foto. Hoy esto está cambiando. Hubo varios pioneros, María Gracia Subercaseaux, por ejemplo, empezó a vender sus fotos y empezó a abrir un mercado. Formé con Jorge Brantmayer, Pilar Cruz, Rafael Edwards y Mariana Matthews el grupo 5+ en el cual todos trabajábamos temas muy diferentes y así empezamos a promover la fotografía dando diversas opciones. Expusimos en la Galería Artespacio y en Concreta para orientar y estimular a que las personas empezaran a incorporarla.

–¿Te es lejano el mundo del photoshop?
–Siempre les muestro a mis alumnos la intervención de la imagen, muchas veces editorial, en que hay ejemplos muy evidentes en que las publicidad cambia el tono de la piel de un modelo, dependiendo en qué país se mostrará la campaña. Beyoncé puede aparecer con tres colores de piel diferentes, dependiendo de la revista, o te muestran a Demi Moore espectacular en una pasarela y luego se cuestiona si es un montaje y no es su cuerpo… La foto análoga, al pasar por el laboratorio, también podía sufrir cambios. Los grandes fotógrafos tenían su laboratorista… Cuando empiezo a hablar del photoshop presento a Stalin como su creador, porque en los ’50, las fotos de los desfiles donde estaban todos los jerarcas rusos podían cambiar en un par de meses y mostrar una nueva imagen donde algunos personajes ya no estaban. Caían en desgracia y nunca más se vieron.

–¿Cómo ves el panorama actual en el que la imagen se ha convertido en un medio de expresión mucho más potente a través de las redes sociales y todos pueden tomar una foto?
–En el mundo actual existe una polución de imágenes, las imágenes están en todas partes, la gente se comunica así. El lenguaje visual no se puede apagar, se explota y sobreexplota. Es inevitable. Es entonces a partir de este escenario que los artistas deben aportar discursos que marquen la diferencia, que sumen sobre esta saturación de imágenes.

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