Mark Rothko

martes, 13 septiembre 2016

25 de septiembre de 1903 / 25 de febrero de 1970

Es considerado uno de los más grandes expresionistas del mundo, sus enormes obras -que parecen ser de un solo tono, pero que en realidad esconden miles de pigmentos-, buscaban transmitir una experiencia mística a quien las contemplaba. El artista no buscaba una respuesta pusilánime, muy por el contrario pretendía movilizar. “Si alguien llora al ver mis cuadros significa que he hecho bien mi trabajo”, solía decir Rothko.

Por: María José Mora D.

Un alma compleja, atormentada, perfeccionista y profundamente romántica, sí romántica porque Mark Rothko, quien llegó siendo un niño a Estados Unidos, escapando de los nazis, buscaba a través de sus pinturas lo sagrado en un mundo profano. Él quería entregar una experiencia: “Pinto cuadros muy grandes, me doy cuenta de que históricamente la función de pintar grandes cuadros es algo muy ostentoso y pomposo. La razón por la que los pinto, no obstante, es precisamente que quiero ser íntimo y humano. Pintar un cuadro pequeño implica colocarse fuera de la experiencia, considerar una experiencia como una vista estereoscópica, o con un vidrio reductor. Sin embargo, si pintas un cuadro más grande, estás dentro de él”, afirmaba. El interés de Rothko por la narrativa del espacio se origina en las exposiciones que realizó a lo largo de los años cincuenta en las galerías de Betty Parsons y Sidney Janis. A raíz de éstas, Rothko propuso una noción de proporción y medida que se adecuó a la necesidad de crear un ambiente “íntimo” y “humano”; no dependiendo únicamente de la escala monumental de los lienzos, sino que también en una cuestión de distancias. Uno de sus principales objetivos consistía en evitar que el espectador retrocediera, alejándose física y anímicamente, para una contemplación pasiva. Todos estos detalles sumados a la obra en sí, hacen que ver en vivo y en directo uno de sus trabajos sea una experiencia como pocas.

Mark Rothko
Mark Rothko estudió en la Art Students de New York, aunque siempre se refirió a si mismo como un autodidacta. Sus obras partieron siendo bastante figurativas, pero a finales de los años 40, el pintor cambió drásticamente de giro y dió a luz sus cuadros más reconocidos, los que se basan en colores puros y figuras totalmente abstractas, donde suelen existir algunas franjas que rompen con el espacio monocromo. Con el paso de los años, la mayoría de sus composiciones tomaron la forma de dos rectángulos confrontados y con bordes desdibujados por veladuras. En una primera etapa predominaban los colores brillantes, los que conseguían envolver al espectador en una suerte de meditación y contemplación emotiva. El color era muy importante para Rothko, ya que el consideraba que éste actuaba directamente sobre el alma de las personas permitiéndole producir emociones profundas en el espectador.
Si bien este sello místico siguió al pintor durante toda su carrera, a principios de los ’60 las tonalidades fueron cambiando, volviéndose más oscuras y tristes, coincidiendo de esta manera con el estado de ánimo del artista. Rothko fue un alcohólico declarado, dueño de una personalidad depresiva que salía cada tanto, lo que si bien no era bueno para él se transformó en un empujón para su obra, la que con estos tonos logró volverse aún más misteriosa y sobrecogedora. Rothko desplegó su idea de arte como un modo de comunicación con el mundo, mundo que lo convirtió, muy a su pesar, en uno de los artistas más cotizados de la época, quien se mantuvo siempre combativo y escéptico; “no soy un místico. Tal vez soy un profeta, pero no profetizo las desgracias que están por venir, sino las que ya están aquí”, decía.

Tras sufrir un aneurisma en 1968 el artista se vio obligado a abandonar el gran formato a favor de la pequeña escala. Aquí predominaron los colores negros, grises y cafés, los que se transformaron en una especie de profecía, ya que justo un año de comenzar a usar estos colores Mark Rothko se suicidó cortándose las venas. Muchos dicen que este estado se vio agravado por su divorcio con su segunda mujer y una profunda insatisfacción del rumbo que tomaba el arte. Rothko era un apasionado y obsesivo, que varias veces se negó a vender una obra si creía que está caería en malas manos.
Una de sus óperas primas es la capilla Rothko de la familia De Menil, ubicada en Houston, Estados Unidos, aquí 14 obras en gran formato rodean un espacio octogonal dedicado a la meditación. Finalmente este pintor siempre le dio una característica espiritual a sus obras, cada vez que pintaba vivía una experiencia religiosa y es eso justamente lo que buscaba hacer sentir a los amantes de su obra.

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