Mónica Bengoa: “Ha sido intenso ver la historia de la vida personal mezclada con la historia del trabajo”

viernes, 20 abril 2018

LA ARTISTA CELEBRA 25 AÑOS DE CARRERA CON LA RETROSPECTIVA “TENTATIVA DE INVENTARIO”, EN EL MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES. LA MUESTRA, QUE ESTARÁ ABIERTA HASTA EL 13 DE MAYO Y QUE YA HA SIDO VISITADA POR MÁS DE 25 MIL PERSONAS, LOGRA UN DIÁLOGO ENTRE LAS DISTINTAS ETAPAS DE SU CARRERA, GENERANDO NUEVAS RELACIONES ENTRE LAS OBRAS Y LOS PROCESOS QUE HAN CARACTERIZADO SU QUEHACER.

Por: Catalina Plaza S. / Retrato: Pablo Araneda

Las técnicas y procesos detrás de las obras de Mónica Bengoa delatan un oficio en el que la artista trabaja con un compromiso absoluto, casi sin descanso, con un minucioso hacer que resulta casi inverosímil. El bordado, el tejido, el calado a mano en fieltro, los murales con más de nueve mil flores de cardo teñidas una a una o compuestos por miles de servilletas de papel pintadas con lápices de colores… mucha fragilidad, mucha potencia. Eso y más, porque durante los últimos 25 años, el trabajo manual ha cruzado su quehacer artístico llevándola a experimentar con procesos artesanales y con otros que ella misma ha ido desarrollando para llevar a cabo sus trabajos. Pero así como se hace presente lo manual, lo fotográfico también es inherente a la obra de la artista de la Universidad Católica que en un comienzo utilizó directamente este medio con imágenes impresas en papel fotográfico. La obra “203 fotografías” (Instalación de 203 fotografías analógicas blanco/negro, color y monocromas de dimensiones variables), de 1998, muestra la vida cotidiana de Bengoa, desde sus cicatrices hasta esas horas de una tarde cualquiera en su casa. Una suerte de atlas de lo corporal para relacionar la geografía terrestre con la corporal. Luego, “En vigilia 4” –registro sistemático por más de seis meses de sus hijos lavándose los dientes– se desplazó a las miles de flores de cardos teñidas que presentaba la imagen del lavamanos en un baño familiar en un muro de 54 m2. “Sobrevigilancia” (2001), marcaba así, un importante punto de quiebre. Con “Ejercicios de Resistencia: Absorción” (2002), en tanto, vendrían los enormes murales con servilletas de papel pintadas a mano, para en 2009 comenzar a trabajar con el fieltro calado a mano y la pérdida de información de la imagen de referencia. De ahí en adelante, un cruce aún más evidente entre su obra y su profundo interés por la literatura; y la incorporación del texto como problema central en la imagen. 25 años de trabajo que hoy se reúnen en el Museo Nacional de Bellas Artes, una retrospectiva que se suma a importantes muestras tanto en Chile como en el extranjero y entre las que destacan: “Ejercicios de Estilo” en el Frost Art Museum, Miami, Estados Unidos (2015) y en Galería Isabel Aninat, (2015), y “Einige Beobachtungen über Inserten und Wildblumen o Algunas consideraciones sobre los insectos y las flores silvestres”, en el Museo de Artes Visuales MAVI en 2012.
–¿Cuándo nace tu afinidad con lo artesanal y con el “hacer”?
–Desde bien chica me gustó mucho el dibujo y la pintura, tuve clases como a los 9 años. Como a los 14 empecé a tejer de manera bien autodidacta. Nunca había bordado hasta el 2002. Había hecho una residencia un año antes en Bolivia y no quedé feliz con la experiencia, porque finalmente estuve todo el tiempo trabajando con flores, pero consideré que había sido mucho trabajo en solitario y las residencias sirven, justamente, para tener contacto con otra gente. La siguiente residencia fui al norte de Nueva York con la idea de hacer algo que fuera “portátil” y así me puse como pie forzado buscar una técnica que pudiera llevar conmigo para poder instalarme en el taller de otros artistas para aprovechar esa otra dimensión de la experiencia. Así empecé a bordar.
–Lo del pie forzado es algo que cruza gran parte de tu trabajo y que se vincula con tu admiración por Georges Perec y el grupo OuLiPo.
–Creo que fue en el año 2000 cuando un amigo artista me regaló para mi cumpleaños “Especies de espacios”, mi primer libro de Georges Perec. La literatura había estado presente desde siempre, porque cuando estaba en la escuela leía mucho a la Diamela Eltit, Raúl Zurita y Agota Kristof, que todavía está presente; y muchas veces usé la literatura como motivación para elegir imágenes o materiales. Siempre fui más cercana a la literatura que a la teoría, porque me parece que provoca imágenes muy potentes. Las restricciones han estado presentes desde la metodología de trabajo de Eduardo Vilches con el ramo de Color I. Eso me marcó mucho. Me hizo sentido esto de no trabajar con el gusto, tanto que la primera paleta de color me la impuse cuando salí de la escuela y empecé a trabajar con mi Atlas y su carta climática que tenía 21 colores que representaban cada uno de los climas. De alguna manera me había hecho sentido la idea de trabajar obligándome a hacer algo que desde la comodidad de lo que uno sabe jamás habría hecho. Cuando te sacan de la zona de confort vas a esforzarte en buscar algo nuevo. Ahí esta la verdadera creatividad. Primero llegó la afinidad con Perec, por las cosas en las que se fijaba, por estas observaciones cotidianas; luego por esta cosa increíble de escribir un libro entero sin usar la letra e (La disparition) y luego, investigando más, me di cuenta de que había todo un grupo (OuLiPo ) que trabajaba bajo ciertas restricciones. Encontré que había mucha afinidad metodológica.
–Durante la vista guiada comentabas que fue muy fuerte encontrarte con ciertas obras después de varios años sin verlas, puntualmente mostrabas “Ejercicios de fortalecimiento del cuerpo: distensión”, donde se te ve arrodillada limpiando una tina. ¿Cómo ha sido revisar estos 25 años de trayectoria?
–En esta muestra hay dos obras que también fueron una revisión de lo hecho hasta ese momento: “203 fotografías” (1998) y “Transmobile” (2005). Ambos proyectos, en su momento, se plantearon como una posibilidad de vaciamiento en espera de renovar la mirada, deseando siempre volver a sorprenderme. Este fue un ejercicio mucho más extremo, porque se trata de ver todas las obras juntas. En todo caso, no lo veo como la llegada a ningún lugar seguro, sino creo que da la posibilidad de volver a cambiar y volver a hacer otras cosas. En ese sentido, ha sido como dar un salto al vacío para ver qué viene. El montaje tardó casi un mes y lo hice casi todo sola, entonces ese proceso de encontrarme con estos trabajos, que en muchos casos no veía hace 15 años, fue muy fuerte. Desde el montaje para adelante fue empezar a ver con otros ojos los trabajos. He visto relaciones nuevas en las obras que antes no veía. Cuando estaba instalando el mural de servilletas “Enero, 7:25” y avanzaba por bloques, de repente empecé a pensar en que cada uno de esos papeles desplegados finalmente era algo así como un libro y como una página detrás de otra muestra eso que sucede cuando solo te leíste el libro completo, aunque cada página por separado también contiene otra cosa. De alguna manera, fueron pequeñas imágenes que fueron surgiendo con las obras. Ya tenía bastante presente que la literatura, la escritura y la lectura son muy importantes, pero se está haciendo cada vez más real y concreto. No es que ahora me vaya a pegar una vuelta de timón gigantesca, pero creo que los énfasis están por ahí. Estoy mirando la imagen fotográfica desde otro lugar porque, si bien ha sido parte central de mi investigación, ahora siento que la literatura produce otro tipo de imágenes que si bien no están ahí presentes son igualmente potentes.
–La preparación de esta retrospectiva implica un proceso, que va más allá de lo artístico, porque también hay mucho de tu vida personal en las obras.
–He sido bastante reservada con mi vida personal a pesar de que en algunas obras estaban mis hijos y mi casa. En ese sentido he sido bien cuidadosa, pero igual fue bien intenso porque durante varios meses del año pasado Martina (25) me ayudó restaurando las servilletas en el taller y, durante el montaje, Javier (22) estuvo casi todo el tiempo montando conmigo. Si bien durante una época estuvieron muy presentes como imagen, ahora estaban concretamente ayudándome. Surgieron muchas conversaciones, sobre los lugares en los que estábamos en tal o cual foto. Ha sido intenso ver la historia de la vida personal, mezclada con la historia del trabajo.
–En la muestra se puede ver como en los comienzos mostraste mucho más de tu intimidad, como las cicatrices de tu cuerpo, el cotidiano de tus hijos y con el tiempo te fuiste alejando de esa temática. ¿Te dio pudor?
–No me dio pudor, sino que me pareció que, en general, en Chile la aproximación de los teóricos y de los críticos hacia las obras es temática. Cuando hablan de tu trabajo, hablan de los temas que tratas y no de los procedimientos o procesos y esas otras cosas que están debajo. Se estaba hablando siempre de los hijos de Mónica Bengoa, la casa de… eso no daba espacio para que se reflexionara sobre esas otras cosas. Lentamente fui bajándole el volumen a eso y traté de hacer un movimiento.
–Lo paradójico es que hoy es tan normal mostrar todo el cotidiano, las redes sociales están llenas de fotos de los momentos más íntimos y privados de las personas.
–Hay una sobreexposición constante. Hoy estamos llenos de miles de fotos, a cada rato hay que vaciar el celular o el computador porque no cabe más. En esa época había que esperar el revelado, era muy distinta la relación con la imagen. Se está haciendo un estudio del público que asiste a la exposición y la gente está tan acostumbrada a ver esas fotos en la actualidad que no las ve como una “obra” cuando ve la muestra. Cuando les explican que estas imágenes son de 1991, cuando no existía el celular, cambia la percepción. Igual todavía pasan cosas especiales y hay gente que se ha sentido muy agredida con los ombligos, porque hay ombligos peludos y encuentran que eso puede ser obsceno.
–En uno de los textos que acompañan la muestra afirmas que inevitablemente hay un ejercicio frustrado en esto de ser curadora y artista al mismo tiempo. ¿Cómo evalúas el proceso a tres meses de la inauguración?
–No me refería a que lo frustrante fuera el ejercicio curatorial en sí mismo, sino más bien a que nunca vas a poder incluir todo lo que quisieras, de ahí el título “Tentativa de Inventario”. Siempre, además, hay algo que falla, te puede faltar el espacio o alguien no te prestó la obra o la obra ya no existe… Es imposible que sea perfecto, pero es parte del desafío. Con respecto a la curatoría, creo que el trabajo en el arte es muy reflexivo y quizá no todos se lo toman con la misma densidad. He sido bien cuidadosa y entusiasta al escribir, porque me parece que no hay que dejarle todo el poder al curador. Es vestirse con el nombre o vestir y darle poder a otro para que hable de mi trabajo. Creo que hay muchos artistas que piensan que si no tienen un curador al lado, su trabajo no tiene tanto peso. Si yo no supiera lo que quiero mostrar quizá sería distinto, pero tenía muy claro lo que buscaba.
–¿Qué hitos han marcado estos 25 años de carrera?
–Curricularmente la Bienal de Venecia (2007) fue muy importante y el mismo año también la exposición en el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles (MOCA). Después estuve en la Fundación Merz en Turín, Italia. De todas maneras, en general, esas cosas no son las que más me importan. Cuando expuse en la Bienal de Venecia me entrevistaron mucho, salí en muchas revistas y todos llegaban a preguntarme ¿y ahora qué?… Ahora nada… se sigue trabajando y no pasa mucho más, nosotros vivimos muy lejos de los circuitos de primera línea y sobre todo para alguien que optó por no irse. Uno sabe que la cosa es con techo y que acá no existe el mercado y el sistema del arte para hacer una diferencia importante. Yo tuve hijos muy joven, no me podía ir a los 26 años con dos hijos. Opté por salir desde acá y he salido harto, más de la mitad de mis exposiciones son fuera de Chile, pero no es lo mismo cuando vives afuera. El trabajo de gestión toma mucha energía y tiempo que con obras tan trabajosas como las mías, llega un momento en que el tiempo no da. Los 40 y 50 son los años de mayor madurez en la producción artística y yo no quiero pasarme horas de horas en el tema de gestión. Al final de mi carrera quiero pensar que siempre el mayor esfuerzo lo hice por hacer los mejores trabajos y no que ese esfuerzo fue para llegar a exponer a tal lugar con un trabajo mediocre.
L
“Ha sido intenso ver la historia de la vida personal mezclada con la historia del trabajo”
mónica bengoa
Detalle de The color of the garden,instalación de 528 servilletas de papel coloreadas a mano, 2004.
Detalle de Algunas consideraciones sobre las flores silvestres: Orquídea Abeja y Tablero de Damas.
Fieltro de lana calado a mano, 2011.
En vigilia 4. Fotografía analógica color, 2001.
A un costado, Enero, 7:25, 2004. Luego, Transmobile, instalación de 30 fotografías, 2005. Al fondo, Algunas observaciones de mediodía, fieltro de lana calado a mano, 2012.
203 fotografías, 1998.
One hundred and sixty three shades of yellow, green, orange, red, purple, brown, grey and blue (so far), 2005.Ejercicios de fortalecimiento del cuerpo, 2002.

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