Muy buena mano

lunes, 21 noviembre 2016

La cocinera Catalina Sánchez da clases en su casa 4 veces por semana a diferentes grupos que llegan entusiasmados a aprender en un entorno cálido y cercano. Los comensales disfrutan de sus propias preparaciones y, los que quieren celebrar su cumpleaños de una manera diferente, también son bien recibidos. Aquí los sabores se mezclan con el buen gusto que se encuentra en cada rincón.

Por: Catalina Plaza S. / Fotos: Matías Bonizzoni S. / Producción: Juan Pablo Nazar O.

Por años, esta construcción albergó una tienda de muebles y posteriormente un espacio que ocupa-ban dos artistas, de ahí que, aunque hoy está com-pletamente transformada, sigue siendo conocida por los familiares de sus dueños como “el taller”. Los responsables de la notable transformación fue-ron la cocinera Catalina Sánchez y el artista Matías Vergara, quienes –tras vivir por más de una década en España– vieron todo su potencial y lo convirtie-ron en un espacio lleno de luz y dueño de una per-sonalidad única, gracias a las originales ideas con las que lo han decorado. Una de las gracias de esta casa es que está en constante cambio porque Ma-tías siempre está innovando, moviendo muebles y realizando pequeñas instalaciones. El corazón de la casa es la cocina, aquí tres o cuatro veces por se-mana, Catalina recibe a los grupos a los que enseña a cocinar y también prueba distintas recetas que –una vez por mes– publica en la revista Ya. Su gusto por la buena mesa se hace patente desde que uno llega a su casa, porque incluso antes de entrar, en el jardín, una cuidada y nutrida huerta da la bien-venida. Aunque el primer amor de Catalina fue la 72especial cocinafotografía, la cocina se ha transformado en su gran pasión. Ese fue un amor que se dio a fuego lento, gracias a Cris Brunet, mamá de su entonces pololo y actual marido.

Cris era una de las pocas profeso-ras de cocina de su época y no tardó en invitar a su nuera a que aprendiera con ella. En paralelo, Catali-na estudió fotografía y trabajó por un tiempo en re-vistas. El segundo encuentro con la cocina también fue fortuito.

Luego vino otro salto y, usando el modelo aprendido de su suegra, empezó a enseñar un menú que consideraba entrada, plato de fondo y postre. “Marbella es una ciudad chica y yo era ‘la’ profesora de cocina. Fue un boom, tenía hasta lista de espera. Cuando llevaba cuatro años haciendo clases, convertida casi en una maestra de cocina, decidí estudiar gastronomía en la Escuela Benahavís”, cuenta esta cocinera que por dos ve-ranos realizó prácticas profesionales en distintos restaurantes muy reconocidos.

Catalina mantuvo el grupo al que le hacía clases, pero cambió el formato y empezaron a juntarse los viernes en la tarde. Cuando terminaban de cocinar, llegaban los maridos de las alumnas y todo se transformaba en un grato encuentro. Tras 12 años, Catalina y Matías decidieron volver a Chile y las clases se trasladaron a su actual casa. Hoy, con cuatro grupos a la semana, el modelo es un éxito. La receta: calidez y buena mano, tanto en la cocina como en cada detalle

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