Pedro Montes: “Hay que retomar el humor en el arte”

viernes, 19 enero 2018

El dueño de la galería y editorial D 21, admirador especialmente del arte y poesía de los ’70 y ’80, analiza la escena actual y subraya el exceso de discurso y la falta de espontaneidad que caracteriza a muchos artistas contemporáneos.

Por: Catalina Plaza S. / Retrato: Bárbara San Martín S.

Sueña con una gran retrospectiva de Eugenio Dittborn, Carlos Leppe o de las Yeguas del Apocalipsis en Chile o en el extranjero. Está convencido que los discursos de muchos artistas están sobre academizados y que a los chilenos, en general, les falta sofisticación a la hora de comprar arte. Así de diversa es la conversación con este abogado de 48 años que ha dedicado gran parte de los últimos nueve a la gestión cultural a través de la galería y editorial D 21 y muchos más al coleccionismo. Lo suyo es el arte y la poesía de los ’70 y los ’80, esas obras que se gestaron en el Chile de la dictadura, el trabajo de esos artistas y poetas que pertenecían a un circuito donde también se escuchaba la voz de los filósofos, sociólogos e intelectuales de diversas áreas. De ahí su admiración por el período, la misma que lo llevó a establecer una estrecha relación con muchos de sus protagonistas. Hoy, por ejemplo, se hace cargo de la difusión de la obra del artista Carlos Leppe, quien murió hace dos años; el 2015 estuvo detrás de la llegada de la fotografía “Las dos Fridas” del colectivo Las Yeguas de la Apocalipsis al Museo Reina Sofía de Madrid, y durante años se ha propuesto recuperar el archivo del colectivo formado por Pedro Lemebel y Francisco Casas. Todos estos nombres, además de Juan Downey, Gonzalo Díaz, Paz Errázuriz y Juan Pablo Langlois, entre otros, están presentes en su colección.

Pero algo pareciera estar cambiando, hay nombres nuevos que lo están seduciendo y ampliando sus intereses. El 2017, por ejemplo, fueron las mujeres las que se tomaron el calendario de la galería con exposiciones de Inés Paulino, Carla Garlaschi, Ingrid Wildi Merino, Francisca Aninat y Carolina Yrarrázaval; y el 2018 el calendario de D21 arranca con la muestra de Claudia Donoso.

–Acostumbrado a trabajar con artistas de gran trayectoria, ¿cómo te sientes con los artistas más jóvenes?

–Estoy reencantándome. Viene una nueva generación de veintitantos que me parece más sensata y reposada…

–Debe haber un contraste enorme entre el trabajo en conjunto con artistas como Pedro Lemebel y lo que te sucede con los artistas contemporáneos.

–Lemebel trabajaba de manera similar a como lo hacen los jóvenes que a mí me interesan hoy día. Era súper espontáneo, muy craneado, pero sin ningún discurso producido ni relamido. Sin citas a nadie… era Pedro Lemebel haciendo sus obras. En una de sus últimas performances, “Desnudo bajando la escalera” (en homenaje Marcel Duchamp), actuaba como un cabro de veintitantos… afectado por el cáncer, calvo y sin voz, se desnudó en público, y se lanzó por las escalinatas del MAC dentro de un saco marinero encendido en llamas. Estaba jugando y, al mismo tiempo, estaba haciendo un statement estético y político relevante.

“Eso es lo que los jóvenes tienen que tomar prestado. Es algo espontáneo, muy introspectivo, pero de mucho peso específico también. En el arte contemporáneo si vas a hacer un chiste, tiene que ser muy bueno. También hay que retomar el humor en el arte. En Brasil y Colombia, por ejemplo, el arte trae mucho humor, además de una carga conceptual, estética, pero está el humor y eso se ha perdido. Piensa en la imagen de Joseph Beuys paseándose con una liebre muerta en sus brazos, en 1965. Si lo hubieras visto en esa época te matabas de la risa, cincuenta años después ves la imagen y te das cuenta que es potente, icónica y además referente de nuevas generaciones. El tiempo es el que le da el peso a la obra de arte. El tiempo es, sin duda, el mejor curador de arte”.

–¿Cómo evalúas estos casi 10 años dedicados a la gestión cultural?

–Muy bien. Todo ha ido cambiando, porque cuando empecé estaba todo medio oculto, era un nicho muy específico que se ha ido ampliando. Hoy hay más conocimiento, aunque creo que falta una enorme cantidad de cosas que hacer en investigación, en gestión de espacios expositivos, en galerías comerciales que se fortalezcan y que no solo vayan probando y desapareciendo.

–¿Por qué cuesta tanto hacer galerismo?

–Cuesta porque la gente no está acostumbrada a comprar arte y así como un tipo que tiene mucha plata se compra un buen auto, debería comprarse una buena obra de arte y pensar en esa obra de la misma forma en que lo hace cuando invierte, por ejemplo, en finanzas. Se necesitan compradores más informados. Tampoco hay mucha sofisticación. Hay muy poca gente que así como tiene un convertible apuesta por tener una obra de un artista chileno o extranjero que no se conoce y se atreve a defender su elección.

–O que no está de moda…

–Hay modas y flojera también.

–Pasó quizá con el arte cinético hace algunos años cuando todos quisieron tener un Matilde Pérez.

–Y antes la moda del grabado de Matta… Luego se acabaron los Matilde Pérez y empezamos con Víctor Vasarely, Carlos Cruz-Diez, Jesús Soto. Sigue también la cosa de ensalzar el grabado como una gran obra y la gente no lo reconoce como una obra seriada. A veces son diez copias, pero hay que apostar por la obra única. Esa es la sofisticación de la que hablábamos.

–¿Se educa entonces a través de la gestión en la galería?

–Las galerías y los museos ayudan, y la prensa debería ayudar más, pero la prensa es muy conservadora.

–Has hecho referencia a que la elite económica compra malas obras, ¿crees que eso está cambiando en la medida que hoy esa elite también ha evolucionado?

–Esa elite económica más joven ya existe y efectivamente es más viajada, ha vivido afuera y ha visitado importantes museos de arte contemporáneo. Tienen la necesidad de cambiar y de no tener en el living lo mismo que vieron colgado en casa de sus padres. Tienen amigos en el medio del arte, observan y leen más, se han informado y eso se ha notado.

–Quizá ahí está el semillero de coleccionistas que, se dice, Chile tanto necesita para incentivar el mercado del arte contemporáneo.

–Hay que incentivar un nuevo coleccionismo que, de alguna manera, tenga una mirada más puntuda, que ese comprador pueda decir: “Esto me gusta a mí y si al resto no le gusta, lo encuentran feo o no lo entienden, me importa un carajo”. El tipo que se quiere poner zapatos rojos, que se ponga zapatos rojos… Tienes a Juan Yarur que se viste y se peina como quiere, necesitamos ese tipo de personas, personas que se atrevan. Están apareciendo tímidamente. Lo importante es que sean informados, porque si no vuelven a comprar el Matta de 2 por 3 metros y se gastan medio millón de dólares.

–¿Qué piensas de iniciativas como Ch.ACO o la creación de la marca sectorial SISMICA para el arte chileno?

–Ch.ACO tiene un efecto bastante local, porque aunque siempre hay invitados de afuera no se genera un impacto internacional aún. Debería ser una feria más expansiva. Las galerías chilenas llevan obras para el público chileno, un poquito para los peruanos, argentinos y colombianos. No son obras que después uno las va a ver expuestas en Art Basel o en Documenta Kassel. Estamos lejos de esa realidad.

–El período del arte chileno que a ti te interesa pareciera tener mucha más valoración internacional que nacional.

–En Radical Woman, que se hizo ahora en Los Angeles, estuvo Cecilia Vicuña, Paz Errázuriz y Lotty Rosenfeld. Allá se preocupan de llevar unas obras exquisitas de artistas chilenas junto con los nombres más importantes del arte mundial. La valoración responde también a lo que uno ha visto de niño, por ejemplo paseando por el Bellas Artes o por el MAC. A uno se le quedan las imágenes. Si hubieras visto a Juan Downey a los 12 años y te hubieran explicado lo que hacía este tipo en Nueva York, para ti hoy sería un héroe, pero nos perdimos ese proceso con toda esa generación de artistas que no estaba debidamente “representada”. Si vimos a un Rugendas, al Mulato Gil, quizá a Camilo Mori o a Nemesio Antúnez y eso es lo que te va quedando en el disco duro.

–¿Cómo ves a las nuevas generaciones de artistas respecto a las de los ’70 y ’80?

–Lo valioso de toda esa época es que, a pesar de toda la contingencia política, había mucha colaboración, compartían libros, discutían, escribían, publicaban, organizaban muestras, participaban en concursos, había una riqueza abierta a las distintas disciplinas, del amigo sociólogo, o del poeta, del músico, todo combinado, más allá de las rivalidades naturales. En cambio, hasta hace poco parecía que, cada uno andaba por su propia cuenta, pero recién creo que se están empezando a mirar de nuevo. Siento que la gente joven está volviendo a la cosa introspectiva a trabajar en temáticas más íntimas, a la colaboración con sus pares e incluso a retomar el tema de lo chistoso o lo lúdico en el arte. Si hasta hace poco tiempo, una obra chistosa que no tuviera contenido político-ideológico era mal vista.

–Los discursos comenzaron a ser muy elaborados.

–Sobre elaborados, sobre academizados y ya les interesaba solo al compañero de curso, o al profesor y no a los críticos o al público, porque se transformaba en un estudio antropológico, filosófico, sociológico político… Quizá en los ’70 y los ’80 era válido, pero después de eso, los artistas de mediana carrera se transformaron en una generación sobre academizada. Todos han tenido a estos grandes maestros, todos han pasado por la escuela de arte, todos han sido ayudantes y, probablemente profesores. Todos se relacionan en base a ese mismo discurso. Uno ya está harto de las citas y referencias a los grandes intelectuales europeos de moda. Hay algunos que están volviendo a la “normalidad”, a lo propio, lo casero y un poco a la vida bucólica en compañía de sus pares.

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