Tere Moller: Silenciosa y esencial

jueves, 19 julio 2018

ASÍ PODRÍA DESCRIBIRSE LA INTERVENCIÓN QUE LA DESTACADA PAISAJISTA VIENE DESARROLLANDO HACE TRES DÉCADAS EN LOS MÁS VARIADOS PAISAJES DE CHILE Y EL EXTRANJERO, TIEMPO EN EL QUE HA CULTIVADO UN ESTILO MUY PROPIO EN EL QUE LA OBSERVACIÓN DIRECTA Y EL INSTINTO SE CONJUGAN PARA CREAR PROYECTOS COHERENTES CON SU AMBIENTE.

Por: Catalina Plaza S. / Retrato: Bárbara San Martín S

Si estamos tranquilas y conectadas con la naturaleza, podremos oír que nos dice la tierra. Entonces, lo más importante es desarrollar proyectos en que llevemos a las personas a oír y estar atentos al murmullo de la tierra, así puedan encontrarse con ellos mismos y descubrir qué hay en esa tierra para ellos”. Las palabras de Tere Moller en la Conferencia sobre Naturaleza, en Atenas, en 2014, resume, en parte, lo que ha sido su trabajo en los últimos 30 años. Esa filosofía está grabada en los paisajes de Calama, San Pedro de Atacama, Huentelauquén, Punta Pite, Santiago, Casa Blanca y Kawelluco, además de muchos otros en Chile. Fuera del territorio nacional, su huella ha quedado en China, Argentina y Berlín. Esa misma filosofía, tan clara y sensata, es la que le ha dado un gran reconocimiento, lo que ha resultado en invitaciones a exponer sobre su obra en Australia, Atenas, Austria, Dinamarca, Portugal, Estados Unidos y en universidades de la talla de Harvard; y en su nombramiento como jurado de diversos concursos. También explica su participación, por ejemplo, en la Bienal de Arquitectura de Venecia 2016 con la propuesta “Catch the landscape”, una instalación con trozos de mármol travertino, extraídos de una cantera en el norte de Chile, que buscaba proveer de un estar en el paisaje para el público visitante. Esta, finalmente, quedó como parte de la muestra permanente del sector del Arsenale. ¿Como recibe estos reconocimientos? Contesta con la espontaneidad que la caracteriza: “Me sorprende cualquier cantidad. Es increíble que gente de tanto nivel académico te invite. Soy un poco insegura, me da susto y angustia, pero al mismo tiempo creo que ha sido maravilloso para mi carrera”.

–Es bueno que los reconocimientos lleguen en un punto álgido de la carrera y no al final.

–No creas que es tan álgido. En esta carrera pasas por momentos altos y bajos en cualquier momento, porque dependo de clientes, arquitectos y muchas personas. Yo no defino qué proyecto haré, me tienen que invitar.

–Pero te invitan bastante.

–En algunos períodos sí y en otros, no. Ahora está volviendo una demanda de trabajo importante, pero he pasado por momentos bastantes “minimalistas”. Juega un poco en contra que haya una especie de reconocimiento o cierta fama, como que se vuelve en contra y se tiene la idea de que uno cobra carísimo, como que no pudieran ni cotizar. A lo mejor sí soy más cara que muchos nuevos paisajistas que trabajan súper bien y que, por supuesto, tienen otros honorarios porque son más jóvenes.

–Has trabajado con los arquitectos más talentosos del país, ¿cómo ha sido esa experiencia?

–Más que el arquitecto, lo que me importa es el proyecto en sí, el paisaje, el entorno, lo que se puede lograr. Me gustaría mucho poder entrar más en el tema del espacio público, pero es difícil competir. Se dan instancias especiales en mi caso, porque mi trabajo es distinto a lo que se espera para un proyecto público. Tengo como una categoría diferente… basta con ver esta oficina que se aleja de un espacio de trabajo clásico que uno esperaría. Todo es un poco fuera de lo común. Sí tengo que decir que la oficina Elemental ha sido muy importante en mi carrera profesional. Ellos me invitaron a trabajar a China, para Novartis, después a la Bienal de Venecia y luego en el Parque Periurban en Calama. Ellos tiene un sistema de trabajo con lo público que es súper avanzado. Ahora estamos trabajando en un proyecto para Salamanca, para un parque que busca recuperar un cerro, el Cerro Chico. A través de ellos tengo acceso a este tipo de proyectos que me interesan demasiado. Esta misma idea de valorar lo existente, de mantener economías y ser sustentable, de no hacer gastos innecesarios, de no pavimentar todo, todas esas ideas que me motivan.

–¿Por qué en Chile los grandes parques no necesariamente están “firmados” por los grandes paisajistas?

–Creo que en el nivel público estamos muy atrasado porque no hay muchos concursos, creo que se las arreglan un poco entre ellos.

–En una entrevista decías que primero los chilenos imitamos el modelo francés y hoy miramos a Estados Unidos y somos fans del pavimento. ¿Hay espacio para innovar?

–Va a cambiar, pero se demora. No creemos que lo que tenemos es lo mejor.

–¿Somos muy de “modas” los chilenos?

–Demasiado. Todavía hay muy poca cultura, por ejemplo de jardinería y de lo que es el paisaje. Hay poca cultura de la naturaleza a escala más residencial. Si piensas, antes los jardines eran mucho más simples, pero más cercanos, había pasto, un naranjo, un limón, un damasco y una piscina y, si a una señora le gustaban un poco más las flores, las ponía por aquí y por allá. Después se empezó a desarrollar toda esta cosa del diseño de los espacios. Creo que todavía la gente no se atreve, porque cree que tiene que saber cosas muy específicas, pero la naturaleza es para que una la tenga cerca.

–¿Cómo describirías tus jardines?

–Son una sorpresa. Trabajo mucho a través de la intuición y cada uno es muy distinto del otro y por eso digo que son una sorpresa. Tomo como punto de partida el lugar y pienso en qué quisiera entregarle como referencia a otras personas, qué me gustaría rescatar de ese lugar que está como escondido, entonces diría que siempre cada proyecto es muy único. Hay algunos factores comunes, siempre hay alguna geometría que aparece. Siempre digo que la línea sostiene el caos, porque si ves un potrero silvestre no sabes por dónde caminar, pero si tienes una línea puedes ingresar y no quedas como perdida. Esa línea conversa muy bien con lo natural, porque entrega contraste y se produce una comunicación que permite que el hombre aparezca en el contexto.

–Se requiere carácter para imponer un estilo y enfrentarse a cierto proyectos.

–Hay que tener mucho carácter. Más de alguna vez me quedé sin clientes porque quizá he sido algo ingenua esperando que me entiendan. He tratado de transar lo más que puedo, pero no me resulta tanto, porque tengo mucho fundamento y estoy muy convencida del regalo que es la naturaleza en sí misma. Acabo de ser jurado en un concurso internacional de manera virtual y me tocó discutir sobre un proyecto que estaba muy bien en su geometría, pero controlaba demasiado la naturaleza. Era una gran casa con un jardín lleno de líneas geométricas, con mucho pasto cortado como alfombra. “Si retiran el jardinero por dos meses, le doy el premio”, les decía a los otros jurados. Es lo menos sustentable que existe estar cortando el pasto para que parezca quién sabe qué. La belleza está en el movimiento, en que vengan los insectos, en que pasen otras cosas. No se requieren esas canchas de golf gigantescas. ¡Pasarse la vida cortando pasto! Ya no están los tiempos para eso y menos para regarlo. Mientras conversamos, me doy cuenta de que es maravilloso que me llame gente que entiende lo que propongo y cada día me pasa más. Qué ganas de que la gente se abra a darse cuenta de que lo que tenemos es espectacular, hasta un espino que vemos en todas las carreteras cercanas es un árbol de lujo, es un sobreviviente, tiene una estructura muy fina y delicada, y toda su floración y su perfume… tiene una elegancia que no tienen casi los árboles.

–¿Cuándo y cómo surge tu amor por la naturaleza y el paisaje?

–Desde desde chica y tiene que ver mi papá, con quien hacíamos muchos paseos a la cordillera y al mar. Él era muy apasionado, subía las montañas más altas, todo era así de extremo cuando se trataba de la naturaleza. De ahí viene mucho sobre la conciencia de la existencia de la naturaleza. También vivía fuera de Santiago y teníamos una casa con la cordillera encima, vivíamos bastante alejados de la ciudad. Vivía debajo de los nogales. Nunca sospeché que me dedicaría a algo así. Fue una sorpresa de mi vida darme cuenta de que quería y podía trabajar en la naturaleza. Entré a estudiar paisajismo por “default”, porque no me había resultado lo que quería. Yo siempre había querido estudiar medicina, pero entré a enfermería. Estudiábamos mucho, pero sabía que jamás nos iban a dejar tomar una decisión porque el doctor estaba encima; después estudié kinesiología porque iba poder tener más autonomía, pero me afectó demasiado el trabajo con personas tan enfermas. Pensaba que no servía para nada. Pololeaba con un agrónomo en esa época y me dijo: “Ándate a estudiar las florcitas, creo que ahí nadie te va a retar”. Llegué como castigada al Incasea a Paisajismo y ahí me hizo clases Juan Grimm, quien me tiró para arriba, me empecé a sacar súper buenas notas, y así partió todo.

–¿Nunca pensaste en estudiar arquitectura?

–Siempre he estado muy cera de la arquitectura y creo que me ha enseñado mucho. La miro como observadora, yo solo podría hacer el primer gesto, nada más. Me declaro analfabeta general, no soy arquitecta del paisaje de la universidad tanto tanto. En el Incasea ni siquiera fui a dar las últimas pruebas. Siempre tengo arquitectos trabajando conmigo. Doy la partida y dirijo.

–¿Tienes algún proyecto soñado?

–Muchos. Me encantaría lograr que las autoridades entiendan y valoricen la naturaleza, pero no de una forma abstracta, sino que simplemente entiendan que plantar árboles en las zonas urbanas es el mejor de los proyectos de paisaje que pueden hacer, que eso es mucho mejor que esas infraestructuras millonarias. Me gustaría que entendieran que en vez de tener obras que requieren de un gasto gigante, la naturaleza es mucho más económica. Si la valorizáramos y cuidáramos sería un bien público gigantesco. Como por ejemplo en Berlín, donde todas las veredas y espacios públicos se dejan en su estado natural. No se corta, no se riega, nada. Se limpia y se cuida. El trabajo debería ser cuidar y limpiar. Cómo explicarle a la gente que no necesitan todos esos juegos de plástico… las autoridades debería entender que el gasto está mal dirigido. Cuando trabajamos con Elemental en Calama propuse plantar 8 mil árboles y nada más, pero en el municipio me decían: “Es que queremos un parque… esos son puros árboles”. La municipalidad ve que es un parque cuando tiene “infraestructura”, cuando gastas en fierro, en pavimento. Yo me pregunto si no es posible andar en bicicleta en el maicillo y así plantar 5 mil árboles más. No hay cultura.

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