ZAHA: “CADA ‘NO’ COMO UN SIGUE ADELANTE”

lunes, 18 abril 2016

CUANDO HACE DOS SEMANAS MURIÓ SORPRESIVAMENTE, EL MUNDO NO TARDÓ EN COMENZAR A RENDIRLE TRIBUTO, ES QUE LA IRANÍ DE 65 AÑOS MARCÓ UN HITO EN LA HISTORIA DE LA MUJER Y LA ARQUITECTURA, Y DEJÓ COMO LEGADO OBRAS QUE DESCONOCEN LOS LÍMITES DE LA CREATIVIDAD Y QUE ESTÁN DIBUJADAS EN DIVERSOS TERRITORIOS DEL MUNDO.

Por: Catalina Plaza S.  / Fotos: Cortesía de Zaha Hadid Architects

La combinación entre ser una mujer inmigrante, árabe, autosuficiente y que hacía cosas raras no me facilitó nada las cosas”. Las palabras de la arquitecta Zaha Hadid demuestran que, aunque en las últimas dos décadas alcanzó el reconocimiento internacional tras ser la primera mujer en recibir reconocimientos tan trascendentales como el Premio Pritzker (2004) o recientemente la Medalla de Oro 2016 del Real Instituto de Arquitectos Británico, no le fue fácil probar que su imaginario tenía cabida. Tanto es así que aunque se graduó en 1977, construyó su primera obra a los 43 años, cuando en 1993 el empresario alemán Rolf Fehlbaum le encargó la Estación de Bomberos Vitra en Weil am Rhein, Alemania. El primer proyecto realizado llegó tarde, pero, aun así, Zaha Hadid había hecho mucho.

UN PLANETA EN SU PROPIA ÓRBITA

Admiradora de Óscar Niemeyer, Le Corbusier y Mies van der Rohe, Zaha Hadid nació y vivió en Bagdad hasta los 16 años. Saddam Hussein había tomado el poder y los tiempos cambiaban rápidamente. Tras un año en Suiza y otro en Beirut, en el que estudió matemáticas en la Universidad Americana, aterrizó en Londres directamente en la Architectural Association.

“Mi padre había estudiado en Londres. Por eso lo natural fue que mis hermanos estudiaran en Cambridge. En Irak, yo fui a un colegio de monjas. Tan importante era el valor de la educación que mis padres, que eran musulmanes aunque no practicaban, me llevaron a un colegio católico, porque era el mejor de la ciudad. La madre superiora era extraordinaria. Creía en la educación y en la excelencia. Presionaba a las estudiantes, pero de una manera positiva. Yo también soy así: creo que la exigencia empieza por uno mismo”, recordaba Hadid en una entrevista concedida al diario El País.

Así, autoexigente, fue parte como estudiante de una pequeña rebelión contra el espíritu que prevalecía a principios de los años 70 en la enseñanza de la arquitectura: muchos estudiantes realmente no dibujaban o diseñaban, pero hablaban de los sistemas y procesos megaestructurales, estilos de vida alternativos y así sucesivamente.

A Hadid le interesaba en el dibujo las posibilidades de expresión gráfica como motor de nuevos descubrimientos. Esos trazos la hicieron conocida y muchos pensaron que debía dedicarse a la moda, porque, además, se cuenta que confeccionaba mucha de su ropa. Pero ese universo no era algo que la aislara, muy por el contrario, fue lo que le abrió importantes puertas.

Ya graduada como arquitecta, Rem Koolhaas la describió como “un planeta en su propia e inimitable órbita” y quizá por lo mismo, la invitó a trabajar a su estudio.

Uno de los momentos más complicados de su carrera se produjo en 1995, cuando cancelaron el proyecto para la ópera de Cardiff, aun cuando había ganado un concurso para su construcción. En ese entonces, la falta de apoyo de sus colegas la golpeó. “Nunca seré como ellos. No navego, soy musulmana y soy mujer”. Solo Richard Rogers inició una protesta pública. En AD España, diría muchos años después: “Creo que los no que vas recibiendo te hacen más perseverante. Yo podría haber tirado la toalla, pero no lo hice porque sabía que había mucho por desenterrar, por descubrir. Interpreté cada no como un sigue adelante, un desafío”.

Hadid no se detuvo y en el 2002 llegó un encargo que finalmente le dio la importancia que merecía. El trampolín para esquiadores en Innsbruck, Austria se transformó en una admirada obra gracias a sus líneas suaves y llenas de movimiento. Ese es el sello de muchas obras de la arquitecta. Topografía y paisaje son palabras claves, pero el factor diferenciador es que jamás se trató de una traducción literal de las formas naturales. Prueba de ello son sus trabajos en el Reino Unido, España, China, Alemania, Qatar y Azerbaiyán. En este último país proyectó el Centro Heydar Aliyev de Bakú, un edificio impresionante que desdibuja los límites entre el edificio y el paisaje que lo circunda a través de una espectacular envolvente.

Otro emblema de esta manera de concebir las formas es la casa de la ópera de Guangzhou, en China. Y hay más, el Centro Acuático de Londres, diseñado para los Juegos Olímpicos de 2012, en el que el techo reproduce una ola que se hunde y sube por encima de las piletas de carreras y salto.

Las Olimpiadas de 2020 también iban a tener a Zaha Hadid de protagonista, pero desgraciadamente  -especialmente ahora tras su muerte-, su proyecto para el Estadio Olímpico de Tokio fue cancelado en julio pasado por temas presupuestarios y también por la polémica y controversia que provocó un diseño que, a juicio de algunos, era desmesurado. Incluso el arquitecto japonés Arata Isozaki llegó a decir que de construirse sería “una desgracia para las próximas generaciones”.

¿Buscaba espectacularidad, probar que era una “starchitect”, cruzar todo límite? Zaha Hadid buscaba algo que, aunque cuestionable, hablaba de pasión y consistencia. “No me gusta imponer, sino liberar. Mire, a la gente le gustan los paisajes más extremos. Suben montañas, caminan en desiertos, bucean y encuentran maravillas. Se esfuerzan y vuelven con el espíritu elevado. Y eso es lo que yo busco hacer con la arquitectura, que engrandezca, que aporte experiencias a los usuarios. Trato de capturar una experiencia única en un espacio público, porque no todo el mundo puede pagarse una estadía en los hoteles más caros del mundo. Me interesa ofrecer esa vivencia en salas de concierto, en bibliotecas, en museos”, comentaba en el 2008 en la mencionada entrevista a El País.

Por todo esto y más, el mundo extrañará a Zaha.

01. Heydar Aliyev Center, Baku_photo by Hufton+Crow

03. London Aquatics Centre_photo Hufton+Crow

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Guangzhou Oprea House, Guangzhou_photo Virgile Simon Bertrand

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